Arte & Cultura

/ Publicado el 23 de mayo de 2026

Curiosidades históricas

Una momia en la sopa

Cuando comer cadáveres se consideraba un tratamiento médico.

Durante siglos, Europa creyó que la muerte podía curar la vida. Entre los siglos XI y XIX, la ingesta de momias —esa práctica que la ciencia bautizó como necroantropofagia o farmacopea humana— fue aceptada y promovida por médicos convencidos de que los cuerpos embalsamados conservaban una "energía vital" capaz de sanar múltiples dolencias.

Decía el italiano Giovanni da Vigo, en el siglo XVI: "La mumia es un medicamento esencial.” Y lo afirmaba con tal convicción que su sentencia se volvió dogma.

Tanta fe inspiraba aquella terapéutica, que Francisco I de Francia llevaba siempre consigo una bolsa con polvo de momia mezclado con ruibarbo, Catalina de Médicis encargaba cadáveres de buena calidad a sus emisarios en Egipto, y Pedro I de Rusia llegó a solicitar trescientas momias.

Sin embargo, todo había nacido de un error. En el mundo islámico medieval, el término mumia designaba un betún natural de procedencia persa, recomendado por Avicena por sus virtudes cicatrizantes. Al traducir los textos árabes al latín, los europeos confundieron el vocablo y lo asociaron con las sustancias extraídas de los cuerpos embalsamados del antiguo Egipto. Así, la mumia vera aegyptia se transformó en un producto terapéutico tan codiciado como inútil.

La demanda creció con tal intensidad, que las momias auténticas comenzaron a escasear. Surgieron entonces los falsificadores, que embalsamaban y vendían cadáveres de esclavos o criminales bajo nombres falsos de faraones inexistentes.

La realeza se comía a la realeza. Carlos II de Inglaterra tomaba las célebres King’s Drops, gotas elaboradas con cráneos humanos, mientras su esposa María II recibía el mismo remedio para aliviar el dolor, según documentó The Lancet.

La lógica médica de la época se sostenía en el principio Similia Similibus Curentur —"lo similar cura lo similar"—. Si la corrupción del cuerpo era la causa de la enfermedad, consumir materia incorrupta debía restaurar la salud. De allí surgieron recetas tan inquietantes como el chocolate de cráneo humano de Thomas Willis (el del polígono homónimo), las gotas del rey hechas con polvo de cráneo o el tapón de usnea, preparado con el líquen que crece en los huesos expuestos de los ahorcados insepultos.

Pero no todos estaban de acuerdo. El cirujano Ambroise Paré advertía: "Nos hacen tragar de forma indiscreta y brutal la carroña hedionda de los ahorcados o de los peores canallas de Egipto, sifilíticos, apestados o leprosos, como si no hubiera otro método de salvar a un hombre que introduciendo en él otro hombre”. Paré denunciaba la ineficacia del remedio y el mercado negro que lo sostenía.

Sir Thomas Browne sentenciaba con ironía: "Las momias que el tiempo o Cambises perdonó, ahora la avaricia las consume. Mizraim cura heridas, y el faraón es vendido como bálsamo”.

Con la Ilustración, la medicina comenzó a considerar estas prácticas como supersticiones bárbaras, moralmente reprobables y nocivas para la salud. Sin embargo, hasta 1909 el laboratorio Merck aún mantenía en su catálogo la mumia aegyptia vera.

A pesar de los detractores, la medicina precientífica seguía reservando espacio para otros productos de procedencia humana: grasa, sangre, huesos, cabello y uñas se emplearon durante siglos.

 Enjundia o mantecas

La grasa humana (axungia hominis), especialmente la obtenida de niños, se consideraba un ungüento con virtudes analgésicas y regenerativas. Se aplicaba sobre la piel para aliviar dolores óseos, tumores y afecciones pulmonares como la tuberculosis.

Durante un tiempo, el miedo al "hombre de la bolsa" o sacamantecas estaba justificado: el secuestro de niños en sacos era una realidad. Los mataban, les extraían la grasa subcutánea y la vendían por encargo.

El médico Francisco Suárez de Rivera, al servicio de Felipe V y Fernando VI, describía cómo preparar una cataplasma amasando la enjundia de un cadáver. Una vez lograda una textura homogénea, se untaba en el pecho y la espalda del paciente.

En Alemania se comercializó el Humanol, un preparado inyectable de grasa humana para tratar cicatrices y heridas infectadas, casi hasta el siglo XX.

Sangre

La sangre humana —en especial la de ejecutados recientes, gladiadores y niños— fue considerada durante siglos un elixir de fuerza y curación.

Plinio el Viejo sostenía: "La sangre del hombre es remedio para la epilepsia, y la médula de sus huesos cura las convulsiones”. Creía que la energía del gladiador persistía en el cuerpo tras la muerte.

Los verdugos aprovecharon la época para hacer negocios. En Alemania, Dinamarca y Suiza vendían los cuerpos de los ajusticiados para momificarlos, cobraban entrada en las ejecuciones y, tras la decapitación, llenaban vasos con la sangre aún tibia del condenado. Otros destilaban grasa humana para ungüentos y cataplasmas, y los más osados trepaban a las horcas para raspar la usnea que crecía en los cráneos expuestos a la intemperie.

Durante siglos, el cuerpo humano abasteció las boticas y el imaginario médico europeo: momias, grasa, sangre, huesos, cabello, uñas, piedras vesicales y renales, orina y leche materna. Se creía que cada parte del cuerpo tenía la capacidad de curar y vencer la enfermedad.

Por eso no sorprende que, en algún momento, hubiera sangre en el vaso y una momia en la sopa.

 


* Dr. Guillermo Moschino, periodista médico, vicepresidente de la Sociedad Argentina de Periodismo Médico.