Arte & Cultura

/ Publicado el 18 de abril de 2026

Contrastes

Ideal de belleza y sentencia de muerte

La paradoja de la tuberculosis durante el Romanticismo. ¿Por qué el físico de las mujeres afectadas por la enfermedad era considerado estéticamente bello?

Entre finales del siglo XVIII y la primera mitad del XIX, durante el romanticismo, la tuberculosis se convirtió en una paradoja cultural. Mientras condenaba a morir a millones de personas, los románticos la celebraban como signo de belleza y sensibilidad.

La palidez, los ojos brillantes, las mejillas sonrosadas y los labios rojos consecuencia de la fiebre y la anemia, coincidían con el canon estético de la época, y el aspecto consumido de los pacientes se transformaba en un ideal que exaltaba la fragilidad y la inspiración artística.

Se pensaba que, a medida que el cuerpo se consumía, la mente se entregaba a estallidos de inspiración en una lucha contra la mortalidad inminente. Tal es así, que se la llamaba la enfermedad de los artistas.

Lord Byron decía: “quiero morir de tuberculosis, creo, así las mujeres dirán: qué interesante se ve Byron muriendo”.

En tanto, Charlotte Brontë la calificaba como una dolencia halagadora. Y para Schopenhauer, la tisis era un estado auténtico y verdadero de la vida: “Es cierto, debilita la voluntad, pero fortalece y estimula el pensamiento”. Poetas y escritores crearon heroínas tísicas que soportaban con estoicismo su destino fatal; deslumbraban por su belleza, mientras se consumían lentamente.

Alejandro Dumas (hijo) inmortalizó a Marguerite Gautier en La dama de las camelias. Una joven que muere de tuberculosis a los 23 años después de haber sido la cortesana predilecta de la aristocracia parisina. Esta novela, basada en la vida real, conmovió tanto a Giuseppe Verdi, que compuso La traviata, llevando al escenario la figura de la mujer que, aún en su agonía, seguía siendo admirable y hermosa. 

El ideal era tan poderoso, que muchas mujeres sanas buscaban imitar su estética, recurrían a corsets que afinaban la cintura, escotes que dejaban ver clavículas y omóplatos, y maquillajes peligrosos con arsénico, mercurio, plomo y belladona, para lograr palidez, resaltar mejillas y labios y dilatar las pupilas.

La fascinación se sostuvo hasta que la ciencia develó el misterio. En esa época no se conocía todavía la causa bacteriana de la enfermedad; se creía que solo afectaba a algunos “elegidos”. Pero con el desarrollo de la teoría germinal se entendió que ciertas enfermedades eran causadas por microorganismos; en 1882, Robert Koch demostró que un bacilo era el responsable de la tuberculosis.

Además, con el hacinamiento que trajo la revolución industrial, ya que muchos campesinos se mudaban a las grandes ciudades, el contagio aumentó entre los obreros de las fábricas y sus familias. Así, la plaga blanca, la enfermedad de los poetas y los artistas, perdió su prestigio cultural y pasó a considerarse una enfermedad de pobres producida por una bacteria. El tratamiento antibiótico llegó casi un siglo después: estreptomicina en 1944, isoniacida en 1952 y rifampicina en los años 60.

La historia de la tuberculosis tiene milenios y llega hasta la actualidad, pasa por muchos descubrimientos médicos de diagnóstico y tratamiento, con capítulos nuevos de multirresistencia y asociada a otras enfermedades. Sigue produciendo muchas muertes evitables cada año y por eso, cada 24 de marzo, levantamos la cruz de Lorena o de Anjou para concientizar sobre esta patología.

Pero, a pesar de ser una enfermedad milenaria que se cobró millones de vidas, durante el romanticismo fue ideal de belleza e inspiración artística.

 

 

 


* Dr. Guillermo Moschino. Vicepresidente de la Sociedad Argentina de Periodismo Médico.