Entre finales del siglo XVIII y la primera mitad del XIX, durante el romanticismo, la tuberculosis se convirtió en una paradoja cultural. Mientras condenaba a morir a millones de personas, los románticos la celebraban como signo de belleza y sensibilidad.
La palidez, los ojos brillantes, las mejillas sonrosadas y los labios rojos consecuencia de la fiebre y la anemia, coincidían con el canon estético de la época, y el aspecto consumido de los pacientes se transformaba en un ideal que exaltaba la fragilidad y la inspiración artística.
Se pensaba que, a medida que el cuerpo se consumía, la mente se entregaba a estallidos de inspiración en una lucha contra la mortalidad inminente. Tal es así, que se la llamaba la enfermedad de los artistas.
Lord Byron decía: “quiero morir de tuberculosis, creo, así las mujeres dirán: qué interesante se ve Byron muriendo”.
En tanto, Charlotte Brontë la calificaba como una dolencia halagadora. Y para Schopenhauer, la tisis era un estado auténtico y verdadero de la vida: “Es cierto, debilita la voluntad, pero fortalece y estimula el pensamiento”. Poetas y escritores crearon heroínas tísicas que soportaban con estoicismo su destino fatal; deslumbraban por su belleza, mientras se consumían lentamente.
Alejandro Dumas (hijo) inmortalizó a Marguerite Gautier en La dama de las camelias. Una joven que muere de tuberculosis a los 23 años después de haber sido la cortesana predilecta de la aristocracia parisina. Esta novela, basada en la vida real, conmovió tanto a Giuseppe Verdi, que compuso La traviata, llevando al escenario la figura de la mujer que, aún en su agonía, seguía siendo admirable y hermosa.
El ideal era tan poderoso, que muchas mujeres sanas buscaban imitar su estética, recurrían a corsets que afinaban la cintura, escotes que dejaban ver clavículas y omóplatos, y maquillajes peligrosos con arsénico, mercurio, plomo y belladona, para lograr palidez, resaltar mejillas y labios y dilatar las pupilas.
La fascinación se sostuvo hasta que la ciencia develó el misterio. En esa época no se conocía todavía la causa bacteriana de la enfermedad; se creía que solo afectaba a algunos “elegidos”. Pero con el desarrollo de la teoría germinal se entendió que ciertas enfermedades eran causadas por microorganismos; en 1882, Robert Koch demostró que un bacilo era el responsable de la tuberculosis.
Además, con el hacinamiento que trajo la revolución industrial, ya que muchos campesinos se mudaban a las grandes ciudades, el contagio aumentó entre los obreros de las fábricas y sus familias. Así, la plaga blanca, la enfermedad de los poetas y los artistas, perdió su prestigio cultural y pasó a considerarse una enfermedad de pobres producida por una bacteria. El tratamiento antibiótico llegó casi un siglo después: estreptomicina en 1944, isoniacida en 1952 y rifampicina en los años 60.
La historia de la tuberculosis tiene milenios y llega hasta la actualidad, pasa por muchos descubrimientos médicos de diagnóstico y tratamiento, con capítulos nuevos de multirresistencia y asociada a otras enfermedades. Sigue produciendo muchas muertes evitables cada año y por eso, cada 24 de marzo, levantamos la cruz de Lorena o de Anjou para concientizar sobre esta patología.
Pero, a pesar de ser una enfermedad milenaria que se cobró millones de vidas, durante el romanticismo fue ideal de belleza e inspiración artística.
* Dr. Guillermo Moschino. Vicepresidente de la Sociedad Argentina de Periodismo Médico.