En el campito de Balcarce y Río de Janeiro, partido de 4 de Junio -suburbios al sur de Avellaneda, en el gran Buenos Aires- un grupo de pibes juega al futbol con una pelota de tientos, sin saber que años más tarde en esa misma esquina habría muchos nacimientos, uno particularmente destacado…
El reloj central del Hospital marca las 8.00 del domingo 18 de Diciembre de 2022; desde hace unos días está armado el árbol de Navidad. Es el momento del pase de guardia en el Servicio de Obstetricia, como todos los días. Hay domingos de guardia como este, en los que a la tensión del trabajo, se agrega un permanente cosquilleo en el pecho.
Todavía falta bastante tiempo para las 12 del mediodía, la hora en que comienza el partido. Viviré hoy por segunda vez la situación de estar de guardia, mientras Argentina juega una final del mundo. La anterior fue hace 8 años, contra Alemania, en el mundial de Brasil.
Es imposible escapar a un pensamiento recurrente mientras avanza la rutina: ¿Qué pasará hoy en la guardia? ¿Cuántos nacimientos normales y urgencias tendremos? ¿Qué pasará en el partido? ¿Alcanzará para salir campeones esta vez? Entre la angustia y la esperanza, elegimos creer.
La capilla interna del Hospital se ubica justo frente a la sala de internación de embarazadas. Es imposible no elevar un rezo al paso, pidiéndole al Supremo una ayudita. Hoy todas las oraciones tienen un agregado futbolero obligado: salir campeones. Ansiedad compartida entre adentro y afuera. Atender a los pacientes siguiendo el partido, y si se puede, escucharlo o mejor: verlo.
En la recorrida de sala por la mañana, todas las habitaciones se encuentras adornadas, y al pie de cada cama cuelgan banderas argentinas, gorros, camisetas de la selección. La liturgia futbolera se hace presente en el ambiente hospitalario. Hacia el mediodía nos arreglamos para atender pacientes mientras seguimos el partido, por radio, televisión, o como se pueda.
Comienza el partido. El primer grito de ¡Gooool! retumba en los silenciosos y oscuros pasillos, en un estruendo que no se apaga, por el 1-0 de penal, logrado por Messi. Nuevamente, irrumpe otro estremecedor grito al unísono de pacientes, familiares y todo el personal que reverbera ante el 2-0 convertido por el “fideo” Di María. Un clima de euforia nos invade a todos y con esa emoción terminamos de ver el primer tiempo. El partido parecía liquidado.
En el segundo tiempo, un silencio aterrador se instala entre nosotros durante el “terremoto Mbappeé”, el cual es quebrado inesperadamente por un grito desgarrador:
- Doctor, doctor, sálvelos ¡por favor!, ¡por favor! Una embarazada desvanecida es ingresada a la sala de urgencias en un charco de sangre, con desprendimiento de placenta, un cuadro grave donde ambas vidas corren riesgo. En cuestión de minutos, preparamos el quirófano y realizamos una cesárea de urgencia; por unos instantes, y en medio de un silencio tenso y expectante, se nos paraliza el corazón hasta escuchar el llanto vigoroso del bebé nacido. Nos devuelve la vida y nos reanima la esperanza. Luego de la cesárea, la madre recibe varias transfusiones de sangre y es trasladada a terapia intensiva. La intervención fue exitosa, ahora hay que esperar la evolución, que aparenta con buen pronóstico para ambos. Esta gambeta a la adversidad, acaso sea un guiño del destino, una señal, un antídoto que le impida al pesimismo ir cobrando cuerpo.
Al regresar del quirófano luego de la urgencia, nos enteramos el resultado del segundo tiempo: aún empatados. Vamos al alargue y aprovechamos a verlo. El tiempo suplementario también culmina en empate y ahora vienen los penales. El síntoma general reinante es la taquicardia. Tensión máxima. Está por comenzar la tanda de ejecuciones. Siento que es necesario bancar con más fuerza, hacer algo, pero hacer ¿qué?
Tengo entonces una corazonada. Desde una sala de partos, la mirada está puesta en el comienzo de la vida, en la esperanza, en los inicios. A través de la ventana, alcanzo a leer: «Nació acá, ¡carajo!», un cartel que algún hincha puso en las rejas de la entrada principal de este querido Hospital Evita de Lanús, aquí donde Diego vino a este mundo en la primavera de 1960. Siento entonces una necesidad vital, la de de ir a buscar y ver el “libro sagrado”.
- ¿A dónde vas, Carlos? Mirá que ya empiezan los penales, ¡te los vas a perder!
- Ya vengo, es un segundo nada más. Casi sin que nadie lo advierta, al pasar tomo del tablero el manojo de llaves.
Voy corriendo hacia el archivo y una conocida voz emerge desde la oscuridad.
- ¡Dotor! ¿Qué hace por acá? ¿No va a ver los penales? ¿Necesita algo, dotor?
- Luisito, ¿y vos que hacés acá?
- Me parece que hago lo mismo que usté dotor. Le vine a rezar al libro, el Diego siempre le cumple, ¡se lo digo yo!
Luisito es un integrante del “staff oficial” que distintas circunstancias de la vida, hicieron que el hospital sea su vivienda permanente. Siempre murmura cosas, muchas veces parecen incoherentes, pero qué sé yo… finalmente… siempre se cumplen.
- Dale Luisito, entremos al archivo.
Entre grandes libros empolvados buscamos el registro del nacimiento del “niño d10s” para hacer fuerza desde allí con ese momento ante nuestros ojos, y nuestro corazón. No fue difícil encontrarlo, ya que dentro del libro fueron guardados los dibujos que los niños internados le regalaron a Diego. Silenciosamente, alguien los depositó allí. Con lágrimas en los ojos, seguimos los renglones –algo ya borroneados por el tiempo- y alcanzamos a leer: 30 de octubre de 1960, a la hora 7.05, parto natural de 3400 gramos, registrado como Diego Armando, hijo de Dalma Salvadora Franco de Maradona. Quedamos inmóviles, pensando en el Diego bebé, recién nacido en un hospital público, de barrio. También pensamos en todos nosotros, en nuestro propio nacimiento, en Messi y en los jugadores que patearán los penales.
¡Messi es el mejor!, pienso, pero ¡Diego es el más grande, Diego es el pueblo!
Luisito, emocionado y sin decir nada, saca de entre sus ropas una camiseta de Boca Juniors firmada por Diego y la extiende sobre el libro, susurrando con voz muy tenue:
- Esta me la regaló Diego, en la mano, me pidió que siempre la guardara.
Decidimos, entonces, permanecer allí con los ojos cerrados, haciendo un conjuro y concentrándonos en aquel instante remoto; haciendo fuerza para que el sueño se haga realidad. Desde el silencio del archivo, apretando fuertemente aquel libro de partos, la camiseta de Boca y los dibujos de los chicos, vamos escuchando lejanamente el resonar de los gritos ante cada tiro penal.
- ¡La pelota, ahí pasó la pelota!, ¿la vio dotor, la vio? Ya está, vamos, qúedese tranquilo que el más grande ya está jugando, ya está pateando.
La verdad, yo no había visto nada, pero para no desanimarlo le dije que sí. En ese instante, escuchamos y percibimos el rebote de un fuerte pelotazo que nos sacude, y desde afuera nos invade el alboroto cúlmine por el gol de Montiel en el último de los penales. ¡Campeones del Mundo! en la final más épica de la historia.
Salimos abrazados del archivo, gritando con la voz entrecortada ¡¡¡Gooool!!! ¡Gracias Diego! ¡dondequiera que estés!
Todos rompimos en llanto: pacientes, familiares y personal de salud, abrazados y hermanados por el futbol. Acá nació Diego; también la esperanza, la tenacidad, el trabajo en equipo.
Luisito me toma fuerte del brazo y me mira fijo con los ojos humedecidos:
- Dotor, el Diego nos cumplió, ahora nos toca a nosotros; estamos en deuda, sobre todo con los pibes….
- Tenés razón Luisito, sí, estamos en deuda…
Desde las calles, ya comienzan a escucharse los festejos y las estrofas del canto popular...
“…Muchachos, ahora nos volvimos a ilusionar, quiero ganar la tercera, quiero ser campeón mundial…
…y al Diego, desde el cielo lo podemos ver, con Don Diego y La Tota,
alentándolo a Lionel, y ¡ser campeones otra vez, y ser campeones otra vez!...”
* Dr. Edgardo Ciro Pianigiani. Médico. Docente Adscripto de la Universidad de Buenos Aires. Periodista médico y comunicador en salud (Sociedad Argentina de Periodismo Médico).