La comprensión actual de los fármacos antipsicóticos resulta clave para su manejo integral en la práctica clínica. Es así que, para brindar actualización continua a la comunidad médica, Laboratorios Roemmers presenta las cápsulas de neuropsiquiatría, a cargo del Dr. Diego Sarasola, especialista jerarquizado en psiquiatría y psicología médica.
En esta serie abordamos los antipsicóticos, su clasificación, el uso en el contexto de los trastornos conductuales y psicológicos en demencia, así como las indicaciones frente a situaciones especiales tanto patológicas como no patológicas. Durante el transcurso de esta presentación, el especialista expone de manera concisa y práctica los fundamentos de los antipsicóticos, abordando su clasificación, los mecanismos de acción, las indicaciones y la perspectiva actualizada sobre su uso racional.
Se conoce con el término de antipsicóticos a un grupo de drogas desarrolladas alrededor de la década del 50, que siguen usándose hasta la actualidad. El objetivo de estas drogas empezó siendo coartar los llamados síntomas positivos de la esquizofrenia. Con síntomas positivos nos referimos a alucinaciones, delirios, excitación psicomotriz.
En contraste, la esquizofrenia también tiene síntomas llamados negativos, como apatía, alogia, inhibición psicomotriz. El desarrollo alrededor de la década del 50 buscaba coartar lo más problemático en estos pacientes. Por eso en el inicio buscó estos síntomas.
El target de la medicación fue cumplido y durante mucho tiempo se desarrollaron fármacos que solo buscaban inhibir la excitación del paciente, mejorar los delirios y las alucinaciones.
En rigor de verdad, desde un punto de vista semántico, las drogas no son antipsicóticas, antidepresivas, antiepilépticas. Las drogas son neurofármacos que tienen acción a nivel cerebral, bloqueando o estimulando distintos tipos de receptores.
Esta aclaración es muy importante porque lleva a confusiones en el uso clínico con los pacientes. Es muy común que el paciente refierea al médico clínico: "yo no tengo esquizofrenia, yo no tengo trastorno bipolar", porque justamente ese es el uso aprobado y el uso que uno asocia con el término antipsicóticos.
Si entendemos esto, vamos a tener destrabada la primera dificultad con el paciente, que siempre es semántica. Los pacientes pueden aceptar una droga que esté destinada a que duerman, a que estén tranquilos, pero difícilmente acepten una droga cuyo término sea antipsicótico.
Siguiendo este concepto semántico y más moderno, las drogas se han ido clasificando por distintas generaciones.:
- Las drogas de primera generación son las drogas que clásicamente bloquean el receptor dopaminérgico D2 y, por lo tanto, tienen síntomas extrapiramidales como eventos adversos o hiperpolactinemia.
- Posteriormente en el tiempo, se desarrollaron las llamadas drogas de segunda generación, donde además de un bloqueo D2 más débil, había un agonismo en los receptores serotoninérgicos con leve mejoría en la sintomatología negativa o, al menos, no los empeoraban.
- Posteriormente surgen las drogas de tercera generación, que son las más actuales, con una farmacodinamia mucho más compleja y acciones en cinco, seis o siete receptores, que tienen como efecto la mejoría de los síntomas positivos, pero a su vez no empeoran los síntomas negativos ni el síndrome metabólico asociado, convirtiéndolas en drogas mucho más seguras para el uso del médico clínico.
Por lo tanto, el médico clínico debe comprender que el uso de este grupo de psicofármacos no involucra solamente la patología psiquiátrica pura, sino también otras indicaciones, como el delirium, la excitación psicomotriz en pacientes internados o los trastornos alimentarios.
Este perfil descripto, sobre todo en los antipsicóticos de segunda y tercera generación, lo tornan de elección para el médico clínico.