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Publicado el 14 de octubre de 2026

Riesgo de cronificación

Del dolor agudo al dolor persistente: la importancia de intervenir tempranamente

La intensidad inicial, la sensibilización central y el deterioro funcional pueden anticipar una evolución clínica desfavorable.

Un proceso con potencial de continuidad

El dolor agudo constituye una respuesta fisiológica de corta duración ante una lesión, un traumatismo, una intervención quirúrgica o una enfermedad de aparición reciente. Su función inicial es protectora: advierte sobre el daño y favorece conductas destinadas a limitar la exposición al estímulo nocivo. Sin embargo, cuando la nocicepción se mantiene o la recuperación no sigue el curso esperado, esa respuesta puede prolongarse y adquirir características diferentes de las del episodio inicial.1

La distinción temporal entre dolor agudo y crónico no implica que se trate de procesos completamente independientes. La persistencia durante meses o la continuidad de la experiencia dolorosa cuando la causa inicial ya no la explica, refleja una transición en la que intervienen mecanismos periféricos y centrales, además de factores clínicos y psicosociales.2,3

En el ámbito posquirúrgico, esta evolución constituye una complicación relevante. Se ha descrito dolor persistente después del episodio posoperatorio agudo en una proporción variable de pacientes según el procedimiento. Revisiones contemporáneas sitúan la incidencia media de dolor crónico entre los 6 y 12 meses posteriores a la cirugía alrededor del 20 % al 30 %.2,3

Sensibilización y plasticidad neuronal

El daño tisular induce la liberación de mediadores inflamatorios y sustancias algógenas que activan nociceptores periféricos. Los impulsos resultantes alcanzan la médula espinal y ascienden hacia estructuras superiores, donde se integra la percepción dolorosa. Cuando el estímulo es breve y la lesión se resuelve, la actividad nociceptiva puede normalizarse.4,5

Si la entrada nociceptiva es intensa o sostenida, pueden desarrollarse fenómenos de sensibilización periférica y central. La sensibilización central comprende cambios plásticos en el sistema nervioso central asociados con una mayor respuesta frente a los estímulos nociceptivos. Estas modificaciones pueden favorecer hipersensibilidad y persistencia del dolor y participar en la transición hacia formas crónicas.5

La modulación descendente y la participación de estructuras vinculadas con componentes emocionales también influyen sobre la experiencia dolorosa. Esta interacción ayuda a explicar por qué personas expuestas a lesiones comparables pueden presentar trayectorias diferentes y por qué la magnitud del daño tisular no determina por sí sola la evolución posterior.5

La intensidad inicial como señal pronóstica

La intensidad durante las fases iniciales aporta información pronóstica. Un control insuficiente se asocia con recuperación más lenta, deterioro de la función física y mayor riesgo de desarrollo de dolor crónico.6 Una mayor intensidad también se ha relacionado con menor capacidad para caminar, retraso de la deambulación, dificultades para participar en fisioterapia y estancias hospitalarias más prolongadas.6

Su valoración requiere mediciones sistemáticas y repetidas. Las escalas numéricas, descriptivas y visuales permiten cuantificar la experiencia, pero la evaluación clínica debe incorporar además duración, patrón, localización, factores que modifican los síntomas y repercusión sobre las actividades, el estado de ánimo, la cognición y el sueño.7

En el período posoperatorio, la evaluación funcional complementa la medición de intensidad. Observar la repercusión durante el movimiento y la recuperación permite identificar factores de riesgo y seguir variables que pueden influir en la evolución hacia formas crónicas.8

Factores asociados con mayor riesgo

La progresión hacia la persistencia es multifactorial. En un análisis internacional de 50 005 adultos sometidos a cirugía se identificaron factores asociados con peores resultados de dolor agudo posoperatorio; entre ellos, menor edad, sexo femenino, dolor crónico preoperatorio en el sitio quirúrgico, duración de la cirugía superior a 90 minutos, consumo preoperatorio de opioides, ansiedad y sensación de catastrofismo.9

Los factores psicológicos pueden interactuar con la intensidad y la duración. La ansiedad y la depresión se han relacionado con una mayor percepción dolorosa, mientras que el miedo y la ansiedad vinculados con el dolor están implicados en la progresión desde formas agudas hacia crónicas.10

Estos factores no determinan de manera individual la cronificación. Su identificación conjunta permite reconocer pacientes con mayor riesgo, mediante la integración de antecedentes, características del episodio agudo, evolución funcional y mediciones sucesivas.

Carga funcional y oportunidad preventiva

El dolor persistente puede afectar dimensiones físicas, psicológicas y sociales. Se asocia con mal estado de salud general, discapacidad, depresión y aislamiento social.11 En pacientes con dolor posquirúrgico crónico, la interferencia con las actividades cotidianas se ha observado entre el 18 % y el 31 % de los casos tras diferentes cirugías.6

La identificación precoz de una evolución desfavorable requiere valorar factores de riesgo, evaluar sistemáticamente la intensidad y la función, y realizar un seguimiento de la recuperación para reconocer variables que podrían influir en la evolución del dolor agudo posoperatorio hacia formas crónicas.8

Las guías sobre dolor posoperatorio también destacan la evaluación sistemática, tanto en reposo como durante el movimiento, y la necesidad de seguimiento continuado.12

El episodio agudo aporta información pronóstica. La intensidad inicial, la persistencia de la nocicepción, la repercusión funcional y determinadas características individuales pueden anticipar una evolución compleja. Su identificación temprana puede contribuir a reducir la progresión hacia la cronificación y sus consecuencias.