Durante más de treinta años, Mario Fitz Maurice atendió pacientes con arritmias, realizó procedimientos de alta complejidad y trabajó en la prevención de la muerte súbita. Es cardiólogo, electrofisiólogo, jefe del Servicio de Cardiología del Hospital Bernardino Rivadavia y director médico del Instituto Nacional de Arritmias. También es docente, autor y uno de los principales promotores de la capacitación en reanimación cardiopulmonar y el acceso público a desfibriladores en la Argentina.
En El otro lado del corazón. Historias que podrían ser tuyas, reúne episodios que marcaron su formación y su práctica profesional. El recorrido comienza con el primer paciente que atendió como estudiante y avanza por la residencia, las guardias, el desarrollo de la electrofisiología, los diagnósticos difíciles y las personas que dejaron una huella más allá del consultorio. Son 48 capítulos breves en los que conviven el aprendizaje clínico, el humor hospitalario, las decisiones tomadas bajo presión y las consecuencias que puede tener una palabra dicha a tiempo.
Fitz Maurice escribe con un registro directo y cercano. Las explicaciones médicas permiten que lectores con distinta formación comprendan el trasfondo clínico de cada historia, sin apartarse de las personas que les dan sentido. Una gaseosa entregada como agradecimiento, una carta conservada durante años, la descripción particular de un síntoma o el silencio previo a una mala noticia revelan aspectos de la medicina que rara vez aparecen en una historia clínica.
El conocimiento frente a la pérdida
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La lectura adquiere otra dimensión a partir de El dolor menos esperado. Hasta entonces, Fitz Maurice había narrado desde una posición conocida: la del profesional que observa, interpreta y decide. La enfermedad de Marcela, su esposa, lo coloca frente a una experiencia para la cual no existen protocolos suficientes. El especialista capaz de comprender estudios, clasificar un tumor y anticipar su evolución es también el marido que espera, el padre que debe hablar con sus hijos y el hombre que intenta continuar trabajando mientras su vida familiar se transforma.
En Los cuatro Marios, uno de los capítulos más personales del libro, el autor reconoce esas identidades superpuestas: el médico, el marido, el padre y el “actor” encargado de sostener la vida cotidiana. Esa distinción expresa con claridad una tensión que acompaña todo el relato: el conocimiento puede orientar las decisiones y, al mismo tiempo, hacer más difícil soportar la incertidumbre cuando la persona enferma es alguien a quien se ama.
Los capítulos finales se adentran en la comunicación del pronóstico, la preservación de la esperanza, el trabajo de los equipos de salud y la experiencia del duelo. Fitz Maurice narra esas situaciones desde la intimidad y recupera gestos que adquirieron un significado especial: elegir entre una ventana y un pasillo, sostener una mano, acompañar un tratamiento o encontrar las palabras para hablar con los hijos. El libro muestra que la atención también se construye con presencias, silencios y formas concretas de permanecer cerca.
Esa experiencia modifica su mirada sobre la medicina. Después de haber ocupado durante décadas el lugar de quien explica y toma decisiones, el autor conoce la espera, la vulnerabilidad y la dependencia de otros profesionales. El cambio de perspectiva atraviesa el tramo más emotivo del libro y permite comprender por qué acompañar puede ser tan importante como intervenir.
El relato concluye con su regreso al consultorio. Frente a una mujer que espera con miedo, Fitz Maurice vuelve a formular la pregunta que inicia toda consulta: “Contame qué te pasa”. Es el mismo gesto de siempre, realizado por un médico que ahora conoce ambos lados del corazón.
¿Qué te llevó a escribir El otro lado del corazón y a reunir en un mismo libro historias de más de tres décadas de profesión?
El libro nació de una mañana que no esperaba. Había hecho una propuesta en Twitter (ahora X) invitando a todos los pacientes con diagnóstico de arritmia que necesitaran consulta a que me esperaran el lunes 3 de enero a las 7:30 de la mañana en el servicio de electrofisiología del Hospital Rivadavia. Una semana después, el director me llamó: "¿Organizaste un evento?" No lo había vinculado. Pensé que me hablaba de otra cosa. Le dije que no. "Pero acá hay 50 personas esperando que vinieron porque vos lo dijiste." Ese, y ahí mismo fue el primer golpe de realidad. Ese día, junto con mis colegas, atendimos a más de 80 pacientes desde las ocho de la mañana hasta las cuatro de la tarde. Y lo que descubrí ahí fue de donde en surgió la idea del libro: el 80% de esa gente tenía un diagnóstico correcto. Estaba bien diagnosticada. En muchos casos, además, estaba bien tratada. Pero nadie , nadie, se había sentado a explicarle qué tenía. nadie les había hecho un dibujo, Nadie les había dado tiempo. Nadie les había puesto la mano en la espalda. Nadie les había transmitido esa tranquilidad que solo la voz de un médico puede dar.
Ahí entendí que había que escribir de medicina de otra manera. En un tono simple, ameno, cercano. Que la gente pudiera leer sin intermediarios científicos. Que alguien con una arritmia pudiera abrir una página y encontrar su historia, explicada de modo que la comprendiera. Pero el libro es más que eso. Después de 30 años viendo arritmias, salvando vidas, ablacionando, me di cuenta de que lo que realmente aprendí no estaba en los papers. Estaba en los pacientes que recuerdo por su nombre. En las familias en la sala de espera. En losque me pidieron ayuda casi sin palabras. Detrás de cada caso clínico, de cada ablación, de cada decisión hay una historia humana. No una anécdota. Una decisión sobre la vida, sobre el costo, sobre qué significa acompañar gente en su momento más frágil. Pensé: si no lo digo ahora, se muere conmigo. Hay cosas que solo se entienden desde adentro. Desde haber estado ahí. El libro es eso: el otro lado. El que mira la medicina desde la vulnerabilidad, no desde el poder de diagnosticar.
Solés presentarte con una frase breve: “Soy de Martelli”. ¿Qué conservás de ese origen en tu forma de ejercer la medicina y de relacionarte con los pacientes?
Martelli fue mi escuela de algo que no se enseña en facultad: que un pobre y un millonario enferman igual. Que la dignidad no se compra. Que vos podés tener el mejor título del mundo, pero si el paciente no confía, no pasa nada. Ese barrio me enseñó a hablar claro. A escuchar más que a hablar. Cuando llega un campesino, o alguien de La Matanza o un jubilado sin obra social, o alguien que duerme en la calle, a mi consultorio, sigue siendo mi paciente igual que un embajador. Es lo que conservo: la idea de que la medicina es una responsabilidad, no un privilegio. Y la honestidad brutal. En Martelli no había lugar para el verso. Con los pacientes sigo igual: digo lo necesario y lo explico simple y Si no tengo respuesta, lo digo.
Escribís que la medicina no es lo que hacés, sino lo que sos, aunque también recordás cumpleaños, cenas y momentos familiares que quedaron en el camino. ¿Cómo evaluás hoy lo que la profesión te dio y lo que te exigió?
"La medicina no es lo que hacés, sino lo que sos" Eso es verdad y es una macana también. Pero pme dio: propósito. Significado. Miles de personas que siguen vivas porque metí mis manos y catéteres en su corazón. Una comunidad de colegas que me respeta . Reconocimiento. El amor de mis hijas, que vieron a su padre elegir los principios sobre el dinero. Lo que me exigió: tiempo con Marcela que no recupero. Cenas que no hubo. Cumpleaños que pasé desconectado quizás pensando en un paciente . La culpa de que mis hijos crecieron sin sin todo el tiempo que hubiera querido darles . La angustia de perder pacientes a pesar de haberme partido el lomo. Y lo peor: cuando Marcela enfermó y me tocó estar del otro lado, ahí entendí lo que significaba realmente el costo. ¿Cómo lo evalúo? Con rabia y con paz. Rabia porque el precio fue alto. Paz porque lo haría de nuevo. Pero no le mentiría a un médico joven: hay un precio real, y no es solo emocional.
Elegiste la electrofisiología cuando la especialidad todavía daba sus primeros pasos en la Argentina. ¿Qué te atrajo de ese campo y cómo cambió tu trabajo desde aquellas primeras ablaciones?
Me cautivó el electrocardiograma, esas formas misteriosas que tanto dicen, y la precisión de la información que puede aportar. La posibilidad de curar y no solo tratar una arritmia. Ablacionar significa en la mayoría de los casos,que ese paciente no vuelve. No vuelve al hospital, no vuelve a necesitar pastillas, vuelve a vivir. La electrofisiología invasiva era una frontera. En los 80 y 90 había poca gente que la ejercía y solo eran estudia diagnósticos, no de tratamiento. Y en muchos casos todo avanzaba tan rápido que para aprender había que estar cerca de los que ya lo hacían acá , viajar, estudiar literatura que casi no existía en español. Ese desafío me sedujo. Y la verdad es que cambió todo. Las primeras ablaciones eran largas sin tanta tecnología, era mucho de ARTE. Ahora tenemos mapeadores, 3D, navegación. Ahora hacemos cosas que parecían ciencia ficción. Pero lo que no cambió es lo fundamental: la responsabilidad de que esa persona confía en que sí le vamos a SACAR LA ARRITMIA.
La enseñanza de RCP y el acceso a desfibriladores ocupan una parte importante de tu trayectoria. ¿Cuándo dejaron de ser una actividad profesional para convertirse en una causa personal y qué falta todavía por hacer en la Argentina?
Eso pasó el día que reanime a mi viejo y a la semana vi a alguien morir en la calle porque no había un DEA. Y pasó también cuando empecé a comprender que en Argentina morimos de lo que no sabemos. Se convirtió en causa cuando fundamos INADEA y entendí que cardioproteger un espacio público no es solo poner un aparato. Es educar, es capacitar, es cambiar la cultura de que "eso no me va a pasar a mí" por "yo puedo salvar esa vida". ¿Qué falta? Todo. Falta DEA en casi todos los lugares de riesgo. Falta RCP obligatoria y que se CUMPLA en secundarias. Falta que cualquier empleado de farmacia sepa reanimar. Falta que dejes de ser un espectador si ves a alguien caer. Eso es lo que nos propusimos en INADEA y es lo que estamos logrando.
Cuando te tocó acompañar a un familiar enfermo, ¿qué comprendiste sobre la espera y el trato de los equipos de salud que antes no habías advertido como médico?
Y ahí aprendí que la espera es lo más largo que existe. Como médico, vos pensás que casi lo sabes todo. Que podés controlar. Cuando sos el que espera, entendés que no controlás nada. Que cada resultado es un abismo. Que necesitás que alguien te mire a los ojos y te diga la verdad sin soberbia. Sin prisa. Sin tratarte como si fuera un caso clínico más. Comprendí también la importancia de que el equipo te escuche. Que preguntes. Que el paciente no sea un número. Y la rabia que dan los médicos que ven pero no ven, que están físicamente pero no están. Ese tiempo junto a Marcela me cambió la práctica. Ahora cuando un familiar pregunta, se que está preguntando desde el miedo más primitivo. Y no tengo prisa.
¿Con qué idea te gustaría que se quede quien termine de leer el libro, especialmente si trabaja en salud?
Una sola: que la medicina es un acto de amor. No de ciencia pura, no de tecnología. Amor. Porque implica darte a alguien que sufre, implica estar cuando no hay protocolo que sirva, implica mirar a los ojos. Y para los que trabajamos en salud: que el costo existe y está bien reconocerlo. Que no somos héroes por sacrificarnos hasta la autodestrucción. Que se puede ser buen médico y pedir que respeten tu tiempo, tu familia, tu cordura y tu salario. Pero principalmente esto: cada paciente que tocás es alguien a quien le importa vivir. Y Eso, eso no es menor.

Si desea adquirir El otro lado del corazón, del Dr. Mario Fitz Maurice, haga clic aquí
Publicado el 26 de septiembre de 2026
Vocación y vulnerabilidad
Cuando el médico quedó del otro lado
Mario Fitz Maurice recorre tres décadas de cardiología y la experiencia que transformó su manera de escuchar, comunicar y acompañar. Su más reciente libro reúne historias de pacientes y episodios decisivos de su vida profesional y familiar.
Fuente: Dr. Esteban Crosio
Durante más de treinta años, Mario Fitz Maurice atendió pacientes con arritmias, realizó procedimientos de alta complejidad y trabajó en la prevención de la muerte súbita. Es cardiólogo, electrofisiólogo, jefe del Servicio de Cardiología del Hospital Bernardino Rivadavia y director médico del Instituto Nacional de Arritmias. También es docente, autor y uno de los principales promotores de la capacitación en reanimación cardiopulmonar y el acceso público a desfibriladores en la Argentina.
En El otro lado del corazón. Historias que podrían ser tuyas, reúne episodios que marcaron su formación y su práctica profesional. El recorrido comienza con el primer paciente que atendió como estudiante y avanza por la residencia, las guardias, el desarrollo de la electrofisiología, los diagnósticos difíciles y las personas que dejaron una huella más allá del consultorio. Son 48 capítulos breves en los que conviven el aprendizaje clínico, el humor hospitalario, las decisiones tomadas bajo presión y las consecuencias que puede tener una palabra dicha a tiempo.
Fitz Maurice escribe con un registro directo y cercano. Las explicaciones médicas permiten que lectores con distinta formación comprendan el trasfondo clínico de cada historia, sin apartarse de las personas que les dan sentido. Una gaseosa entregada como agradecimiento, una carta conservada durante años, la descripción particular de un síntoma o el silencio previo a una mala noticia revelan aspectos de la medicina que rara vez aparecen en una historia clínica.
El conocimiento frente a la pérdida
La lectura adquiere otra dimensión a partir de El dolor menos esperado. Hasta entonces, Fitz Maurice había narrado desde una posición conocida: la del profesional que observa, interpreta y decide. La enfermedad de Marcela, su esposa, lo coloca frente a una experiencia para la cual no existen protocolos suficientes. El especialista capaz de comprender estudios, clasificar un tumor y anticipar su evolución es también el marido que espera, el padre que debe hablar con sus hijos y el hombre que intenta continuar trabajando mientras su vida familiar se transforma.
En Los cuatro Marios, uno de los capítulos más personales del libro, el autor reconoce esas identidades superpuestas: el médico, el marido, el padre y el “actor” encargado de sostener la vida cotidiana. Esa distinción expresa con claridad una tensión que acompaña todo el relato: el conocimiento puede orientar las decisiones y, al mismo tiempo, hacer más difícil soportar la incertidumbre cuando la persona enferma es alguien a quien se ama.
Los capítulos finales se adentran en la comunicación del pronóstico, la preservación de la esperanza, el trabajo de los equipos de salud y la experiencia del duelo. Fitz Maurice narra esas situaciones desde la intimidad y recupera gestos que adquirieron un significado especial: elegir entre una ventana y un pasillo, sostener una mano, acompañar un tratamiento o encontrar las palabras para hablar con los hijos. El libro muestra que la atención también se construye con presencias, silencios y formas concretas de permanecer cerca.
Esa experiencia modifica su mirada sobre la medicina. Después de haber ocupado durante décadas el lugar de quien explica y toma decisiones, el autor conoce la espera, la vulnerabilidad y la dependencia de otros profesionales. El cambio de perspectiva atraviesa el tramo más emotivo del libro y permite comprender por qué acompañar puede ser tan importante como intervenir.
El relato concluye con su regreso al consultorio. Frente a una mujer que espera con miedo, Fitz Maurice vuelve a formular la pregunta que inicia toda consulta: “Contame qué te pasa”. Es el mismo gesto de siempre, realizado por un médico que ahora conoce ambos lados del corazón.
Entrevista
¿Qué te llevó a escribir El otro lado del corazón y a reunir en un mismo libro historias de más de tres décadas de profesión?
El libro nació de una mañana que no esperaba. Había hecho una propuesta en Twitter (ahora X) invitando a todos los pacientes con diagnóstico de arritmia que necesitaran consulta a que me esperaran el lunes 3 de enero a las 7:30 de la mañana en el servicio de electrofisiología del Hospital Rivadavia. Una semana después, el director me llamó: "¿Organizaste un evento?" No lo había vinculado. Pensé que me hablaba de otra cosa. Le dije que no. "Pero acá hay 50 personas esperando que vinieron porque vos lo dijiste." Ese, y ahí mismo fue el primer golpe de realidad. Ese día, junto con mis colegas, atendimos a más de 80 pacientes desde las ocho de la mañana hasta las cuatro de la tarde. Y lo que descubrí ahí fue de donde en surgió la idea del libro: el 80% de esa gente tenía un diagnóstico correcto. Estaba bien diagnosticada. En muchos casos, además, estaba bien tratada. Pero nadie , nadie, se había sentado a explicarle qué tenía. nadie les había hecho un dibujo, Nadie les había dado tiempo. Nadie les había puesto la mano en la espalda. Nadie les había transmitido esa tranquilidad que solo la voz de un médico puede dar.
Ahí entendí que había que escribir de medicina de otra manera. En un tono simple, ameno, cercano. Que la gente pudiera leer sin intermediarios científicos. Que alguien con una arritmia pudiera abrir una página y encontrar su historia, explicada de modo que la comprendiera. Pero el libro es más que eso. Después de 30 años viendo arritmias, salvando vidas, ablacionando, me di cuenta de que lo que realmente aprendí no estaba en los papers. Estaba en los pacientes que recuerdo por su nombre. En las familias en la sala de espera. En losque me pidieron ayuda casi sin palabras. Detrás de cada caso clínico, de cada ablación, de cada decisión hay una historia humana. No una anécdota. Una decisión sobre la vida, sobre el costo, sobre qué significa acompañar gente en su momento más frágil. Pensé: si no lo digo ahora, se muere conmigo. Hay cosas que solo se entienden desde adentro. Desde haber estado ahí. El libro es eso: el otro lado. El que mira la medicina desde la vulnerabilidad, no desde el poder de diagnosticar.
Solés presentarte con una frase breve: “Soy de Martelli”. ¿Qué conservás de ese origen en tu forma de ejercer la medicina y de relacionarte con los pacientes?
Martelli fue mi escuela de algo que no se enseña en facultad: que un pobre y un millonario enferman igual. Que la dignidad no se compra. Que vos podés tener el mejor título del mundo, pero si el paciente no confía, no pasa nada. Ese barrio me enseñó a hablar claro. A escuchar más que a hablar. Cuando llega un campesino, o alguien de La Matanza o un jubilado sin obra social, o alguien que duerme en la calle, a mi consultorio, sigue siendo mi paciente igual que un embajador. Es lo que conservo: la idea de que la medicina es una responsabilidad, no un privilegio. Y la honestidad brutal. En Martelli no había lugar para el verso. Con los pacientes sigo igual: digo lo necesario y lo explico simple y Si no tengo respuesta, lo digo.
Escribís que la medicina no es lo que hacés, sino lo que sos, aunque también recordás cumpleaños, cenas y momentos familiares que quedaron en el camino. ¿Cómo evaluás hoy lo que la profesión te dio y lo que te exigió?
"La medicina no es lo que hacés, sino lo que sos" Eso es verdad y es una macana también. Pero pme dio: propósito. Significado. Miles de personas que siguen vivas porque metí mis manos y catéteres en su corazón. Una comunidad de colegas que me respeta . Reconocimiento. El amor de mis hijas, que vieron a su padre elegir los principios sobre el dinero. Lo que me exigió: tiempo con Marcela que no recupero. Cenas que no hubo. Cumpleaños que pasé desconectado quizás pensando en un paciente . La culpa de que mis hijos crecieron sin sin todo el tiempo que hubiera querido darles . La angustia de perder pacientes a pesar de haberme partido el lomo. Y lo peor: cuando Marcela enfermó y me tocó estar del otro lado, ahí entendí lo que significaba realmente el costo. ¿Cómo lo evalúo? Con rabia y con paz. Rabia porque el precio fue alto. Paz porque lo haría de nuevo. Pero no le mentiría a un médico joven: hay un precio real, y no es solo emocional.
Elegiste la electrofisiología cuando la especialidad todavía daba sus primeros pasos en la Argentina. ¿Qué te atrajo de ese campo y cómo cambió tu trabajo desde aquellas primeras ablaciones?
Me cautivó el electrocardiograma, esas formas misteriosas que tanto dicen, y la precisión de la información que puede aportar. La posibilidad de curar y no solo tratar una arritmia. Ablacionar significa en la mayoría de los casos,que ese paciente no vuelve. No vuelve al hospital, no vuelve a necesitar pastillas, vuelve a vivir. La electrofisiología invasiva era una frontera. En los 80 y 90 había poca gente que la ejercía y solo eran estudia diagnósticos, no de tratamiento. Y en muchos casos todo avanzaba tan rápido que para aprender había que estar cerca de los que ya lo hacían acá , viajar, estudiar literatura que casi no existía en español. Ese desafío me sedujo. Y la verdad es que cambió todo. Las primeras ablaciones eran largas sin tanta tecnología, era mucho de ARTE. Ahora tenemos mapeadores, 3D, navegación. Ahora hacemos cosas que parecían ciencia ficción. Pero lo que no cambió es lo fundamental: la responsabilidad de que esa persona confía en que sí le vamos a SACAR LA ARRITMIA.
La enseñanza de RCP y el acceso a desfibriladores ocupan una parte importante de tu trayectoria. ¿Cuándo dejaron de ser una actividad profesional para convertirse en una causa personal y qué falta todavía por hacer en la Argentina?
Eso pasó el día que reanime a mi viejo y a la semana vi a alguien morir en la calle porque no había un DEA. Y pasó también cuando empecé a comprender que en Argentina morimos de lo que no sabemos. Se convirtió en causa cuando fundamos INADEA y entendí que cardioproteger un espacio público no es solo poner un aparato. Es educar, es capacitar, es cambiar la cultura de que "eso no me va a pasar a mí" por "yo puedo salvar esa vida". ¿Qué falta? Todo. Falta DEA en casi todos los lugares de riesgo. Falta RCP obligatoria y que se CUMPLA en secundarias. Falta que cualquier empleado de farmacia sepa reanimar. Falta que dejes de ser un espectador si ves a alguien caer. Eso es lo que nos propusimos en INADEA y es lo que estamos logrando.
Cuando te tocó acompañar a un familiar enfermo, ¿qué comprendiste sobre la espera y el trato de los equipos de salud que antes no habías advertido como médico?
Y ahí aprendí que la espera es lo más largo que existe. Como médico, vos pensás que casi lo sabes todo. Que podés controlar. Cuando sos el que espera, entendés que no controlás nada. Que cada resultado es un abismo. Que necesitás que alguien te mire a los ojos y te diga la verdad sin soberbia. Sin prisa. Sin tratarte como si fuera un caso clínico más. Comprendí también la importancia de que el equipo te escuche. Que preguntes. Que el paciente no sea un número. Y la rabia que dan los médicos que ven pero no ven, que están físicamente pero no están. Ese tiempo junto a Marcela me cambió la práctica. Ahora cuando un familiar pregunta, se que está preguntando desde el miedo más primitivo. Y no tengo prisa.
¿Con qué idea te gustaría que se quede quien termine de leer el libro, especialmente si trabaja en salud?
Una sola: que la medicina es un acto de amor. No de ciencia pura, no de tecnología. Amor. Porque implica darte a alguien que sufre, implica estar cuando no hay protocolo que sirva, implica mirar a los ojos. Y para los que trabajamos en salud: que el costo existe y está bien reconocerlo. Que no somos héroes por sacrificarnos hasta la autodestrucción. Que se puede ser buen médico y pedir que respeten tu tiempo, tu familia, tu cordura y tu salario. Pero principalmente esto: cada paciente que tocás es alguien a quien le importa vivir. Y Eso, eso no es menor.
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