Dormimos menos, ¿también vemos peor?
El sueño suele asociarse con la salud cardiovascular, metabólica o cognitiva. Sin embargo, en los últimos años también ha cobrado relevancia en oftalmología.
Durante el sueño se producen procesos esenciales para la homeostasis ocular: renovación epitelial, estabilidad de la película lagrimal, regulación inmunológica y control del estrés oxidativo. La alteración de los ritmos circadianos y la privación crónica de sueño favorecen un estado proinflamatorio que puede repercutir sobre la superficie ocular.
Diversos estudios han asociado la mala calidad del sueño con mayor prevalencia y severidad de ojo seco, disfunción de las glándulas de Meibomio e inestabilidad lagrimal. Además, la melatonina —principal reguladora del ciclo sueño-vigilia— posee propiedades antioxidantes y antiinflamatorias, y su papel en la fisiología ocular continúa siendo objeto de investigación.
Aunque aún quedan muchas preguntas por responder, el sueño comienza a perfilarse como un determinante más de la salud visual.
Tal vez, cuando un paciente consulta por ardor, irritación o visión fluctuante, además de evaluar la superficie ocular, también valga la pena preguntar cómo está durmiendo.
Porque, en ocasiones, los ojos son el primer lugar donde se manifiesta un desequilibrio que empezó mucho antes.