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Julia Elena Scocco

14 de mayo de 2026

Con el paso del tiempo, la visión cambia.
Pero el impacto no siempre aparece primero en el examen oftalmológico.

A veces empieza de forma más silenciosa.

Pacientes que dejan de manejar de noche.
Que leen menos.
Que empiezan a evitar salir solos.
Que necesitan más luz para actividades cotidianas o pierden seguridad en espacios conocidos.

Y muchas veces, esos cambios se naturalizan: “es por la edad”.

Sin embargo, no todo deterioro visual forma parte del envejecimiento normal.
Muchas enfermedades frecuentes en adultos mayores pueden avanzar lentamente y con pocos síntomas en etapas iniciales.

Pero además, en esta etapa de la vida, la salud visual rara vez depende solo del ojo.

Influyen también: enfermedades sistémicas, medicación, nutrición, calidad del sueño, estado cognitivo, hábitos y entorno cotidiano.

Por eso, evaluar la visión en adultos mayores no es solamente medir agudeza visual o detectar patología ocular.

También es entender cuánto está afectando la autonomía, la seguridad y la calidad de vida de esa persona.

Porque muchas veces, cuidar la visión es también ayudar a preservar independencia.

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La actualización 2026 de European Association for the Study of Obesity representa uno de los cambios conceptuales más importantes en medicina de la obesidad de los últimos años. El documento propone abandonar un enfoque centrado exclusivamente en IMC o magnitud de pérdida ponderal, para migrar hacia un modelo fisiopatológico orientado por complicaciones y desenlaces clínicamente relevantes. El nuevo framework diferencia dos dominios principales: - Adiposidad mecánica Relacionada con alteraciones biomecánicas y carga tisular, incluyendo apnea obstructiva del sueño y osteoartrosis. - Adiposidad metabólica Caracterizada por disfunción endocrina, inflamación crónica de bajo grado, lipotoxicidad y alteraciones inmunometabólicas asociadas con prediabetes, diabetes tipo 2, enfermedad cardiovascular, insuficiencia cardiaca y MASLD/MASH. Uno de los aspectos más relevantes es que el objetivo terapéutico deja de ser únicamente la reducción de peso corporal y pasa a enfocarse en reversión de disfunción orgánica específica. Por ello, la guía prioriza desenlaces como: A. remisión de diabetes tipo 2 B. restauración de normoglucemia C. reducción de MACE D. disminución de hospitalización por insuficiencia cardiaca E. resolución histológica de MASH F. mejoría de fibrosis hepática En este contexto, semaglutida y tirzepatida emergen como terapias con el mayor nivel de evidencia transversal en múltiples fenotipos clínicos de obesidad y enfermedad cardiometabólica.

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