"Cuando entré a Brooks Brothers vi todo tal cual la gente lo había dejado en el momento de los atentados, aunque esta vez cubierto de polvo: el sandwich mordido, la taza del café a medio tomar, los maniquíes a medio vestir."
La imagen del horror y la desolación fue evocada por un exhausto Beno Oppenheimer, un médico argentino que participó en las tareas de rescate de víctimas que arrojó el feroz ataque a las Torres Gemelas de Nueva York.
El hospital Bellevue de Nueva York donde Beno está haciendo su especialización había improvisado, en un tiempo récord, tres unidades de terapia intensiva. Los médicos se habían preparado para recibir una avalancha de heridos y las salas de internación estaban vacías, listas para ser desbordadas.
Pero nada. Pasaban las horas de aquel martes negro que sacudió al mundo y al hospital apenas llegó un puñado de bomberos con algunas quemaduras o con problemas respiratorios por la inhalación de humo.
"La señal no podía ser peor. Si no había heridos, significaba que casi no habría sobrevivientes", comentó, en diálogo telefónico, el joven médico de 32 años a LA NACION.
Cuando la espera se hizo exasperante y ya no había tiempo para soñar con milagros, Beno se trasladó junto a otro equipo de médicos al puesto de emergencia que se había levantado en la zona conocida como Ground Zero, al pie de las evaporadas Torres Gemelas.
Fue una noche frenética y, según Beno, casi surrealista. En un escenario fantasmagórico, iluminados por linternas y respirando el olor acre y pegajoso que pesaba en el aire y se colaba entre los huesos, los médicos, subidos al boogie (un autito semejante a un carrito de golf eléctrico) iban de una punta a otra por encima de los escombros, los hierros retorcidos y el cemento pulverizado hasta las siete de la mañana del día siguiente.
A esa hora, los socorristas lograron rescatar con vida, tras nueve horas de transpiración, a un policía del puerto local que había quedado enterrado hasta el torso, atrapado en una masa de acero y cemento.
Durante ese tiempo, los médicos alcanzaron oxígeno, toallas, agua, ropa, gotas para irrigar los ojos y hasta kits para practicar cirugías (en principio, los cirujanos se debatían entre amputar o no las piernas al policía) a la docena de rescatistas que luchaban contra reloj para salvar esa vida.
"Cuando el policía es rescatado, formamos una cadena humana para llevarlo desde la tabla hasta la ambulancia, y todos gritábamos y aplaudíamos", recordó Beno.
Paralelamente, agregó: "Cada vez que aparece un camión con bomberos o voluntarios, todos los vitoreamos...Es como estar en la cancha."
Es que si hay algo que este médico que hace tres años vive en Nueva York rescata del infierno en que se hundió la ciudad es, precisamente, los lazos de solidaridad que se forjaron a fuerza del dolor y la desesperación.
"Desde todos los rincones"
"Es increíble. Llegaban camiones de voluntarios desde todos los rincones de los Estados Unidos. Y todo el que sabe hacer algo, lo que sea, se presentó para ayudar."
Así, el que corta metales cortó metales; el que cura ojos, curó ojos, y el que sabe hacer sandwiches, hizo sandwiches.
"Hasta había kinesiólogos haciendo masajes a los bomberos. Y la gente en Brooks Brothers (la clásica tienda de ropa para hombres) nos entregó medias, sobretodos y todo tipo de ropa para combatir el frío. Es decir, todos salimos a la calle, nadie se quedó en su casa", insistió.
Por eso, subrayó Beno, él es "tan sólo uno más, que también hace lo que sabe hacer".
Por supuesto, también se vivieron momentos inevitables de tensión y nerviosismo.
"Hubo gente que se tomó a trompadas, por ejemplo, un gendarme con un policía que no lo dejó pasar por un puesto. O una mujer que fumaba hasta cuatro cigarrillos a la vez".
Y también momentos de angustia, de dolor punzante. Como cuando uno de los voluntarios encontró una muñeca entre los escombros y, ahí nomás, se puso a llorar.
O cuando un gendarme de no más de 20 años, estremecido por uno de los tantos temblores que sacudían la noche, se tiró contra una pared, aterrorizado, con la cara blanca y temblando como una hoja de papel.
El momento más difícil
Entre los escombros los socorristas encontraron zapatos, carteras y muchísimos papeles ("Hasta una planilla de contaduría con una cifra de nueve ceros", subrayó Beno). La remoción de cuerpos se hacía en forma rápida, expeditiva.
"Los metían en bolsas apenas se los removía, o sea que casi no se los veía. Además, no hay tantos como se cree, porque la mayoría debe haberse pulverizado. Dios sabrá si hay más cuerpos debajo de los escombros", suspiró Beno.
Pero el momento más difícil de todos, según el médico, es llegar ahora cada mañana al hospital y encontrar gente desesperada con fotos de sus familiares desaparecidos.
"Se te prenden del guardapolvo y te reclaman por su gente, rogando que los hayas visto, o que les puedas acercar algún dato, alguna pista". Pero, por ahora, muchas preguntas quedarán sin respuesta.
Teresa Bausili