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Publicado el 14 de mayo de 2002

Caso clínico

Un caso de psicosis alucinatoria crónica tratado con risperidona

Dos psiquiatras franceses justifican este diagnóstico y encuentran en la risperidona un fármaco eficaz para su tratamiento.

Autor/a: Dres. C. Dubertret, P. Gorwood

 P. es una mujer de 71 años de edad. Es su primera internación psiquiátrica. Su hijo la lleva por trastornos del comportamiento que manifiesta desde hace varios meses. Desde hace más de un año vive en una residencia geriátrica. Acosa a la directora con quejas referidas a un joven que le haría la vida imposible desde hace años.
P. es una mujer pequeña, delgada, coqueta y simpática. Su lenguaje es cuidado, refinado.

De origen bretón, ayudaba a sus padres y se ocupaba de sus dos hermanas menores, mucho más jóvenes que ella. Hacia los veinte años de edad, parte en busca de trabajo en la región parisiense. Cría sola a su hijo y permanece soltera por fidelidad hacia el padre de su hijo, fallecido durante la segunda guerra mundial. Su situación de madre soltera la lleva a la ruptura de las relaciones con su familia, en Bretaña. Reparte su vida entre su trabajo de empleada de oficina y su hijo. Sus contactos sociales son limitados: relaciones con vecinos, que se pierden con los años, y una antigua amistad con un hombre de su edad, Paul, que siempre conservó. Al momento de la consulta está jubilada.

Su primer contacto con la psiquiatría fue dos años antes de esta internación. Presentaba un síndrome depresivo teñido de ideas sub-delirantes con tonalidad persecutoria que pusieron en alerta a su reumatólogo cuando debió hospitalizarla por un aplastamiento vertebral debido a la osteosporosis. En ese momento está muy ansiosa, llora con frecuencia y parece muy preocupada por un joven, su vecino, de quien no dice gran cosa. Se queja de insomnio rebelde y presenta abulia, anhedonia, sin expresión de ideas melancólicas. Se la atiende durante algún tiempo ambulatoriamente; un tratamiento con antidepresivos tricíclicos produce una rápida mejoría a nivel tímico. La paciente no vuelve a sumirse en el clima persecutorio.

Su hijo la lleva dos años más tarde al servicio de urgencia por agravamiento de los trastornos de comportamiento: es incesante la querulancia a los responsables del hogar geriátrico municipal. Explica, con soltura y con total convicción, su historia delirante que lleva cinco años de evolución, desde que un joven comenzó a acondicionar el departamento de arriba del que ella ocupaba.

Comienza a sufrir trastornos del sueño que atribuye a vagos "ruidos de taladro" y "de desagüe que provienen de la casa de este nuevo inquilino". Después "escucha palabras, fragmentos de frases que no comprende bien, pasos sobre un piso que cruje" y se asombra de no haber advertido "la falta de aislamiento sonoro de su departamento, que habita desde hace más de cuarenta años". "Pronto comprende que él le reprocha sus ronquidos nocturnos y, al no poder conciliar el sueño, parece que él la observa" y "comenta vida y milagro" acerca de ella. Traslada su dormitorio a otra habitación, aisla la puerta y la ventana de su cuarto pero sin éxito. El "juego" de este vecino pronto prosigue durante el día con "consejos y críticas" acerca de todas sus actividades, previstas o en curso.   

Muy pronto la paciente se torna abúlica, y dentro de este contexto consulta a un psiquiatra. Dice estar muy afectada por "esta intrusión en su vida privada" a la que no encuentra justificación. Decide mudarse después que los vecinos de su mismo piso, con quienes mantenía buenas relaciones desde siempre, "se ponen a golpear las paredes en connivencia con su perseguidor". Por otra parte se inquieta ante la reciente aparición de estornudos y de una tos nocturna que su médico tratante toma por asma, pero que ella atribuye a "maleficencias de su vecino para hacerle el sueño difícil". Se instala en la ciudad vecina y "comprende rápidamente que su joven perseguidor la ha seguido para proseguir sus manipulaciones sobre ella". Explica las afecciones que presenta en las vías respiratorias por la difusión de un polvo irritante amarillo que es "enviado por la tubería de la calefacción central y por el conducto de su chimenea". Le pica todo el cuerpo y se va a dormir con una máscara para calmar, en vano, sus estornudos. "Se siente cada vez más bajo el control de este hombre que ha colocado cámaras y micrófonos en todo el departamento para desenmascarar y burlarse de todos los estratagemas que ella pone en juego para liberarse de su agresor". "Para castigarla, le envía tufos nauseabundos de bombas de olor o de gas. Se vuelve grosero, la acusa de no haber respetado la fidelidad que ella le debía al desaparecido padre de su hijo".

Ante la indolencia de su madre y el desinterés por su nuevo departamento, el hijo le propone alojarse en un geriátrico; ella lo acepta de buen grado al pensar que así las persecuciones cesarán. Después de dos semanas de respiro, la señorita P. otra vez se siente fatigada y "encuentra rastros" de ese polvo amarillo que previamente había confundido con tierra sobre los muebles. "Por la noche escucha al joven dialogar acerca de ella con el viejo de abajo, el Sr. M.". Las "burlas, los comentarios acerca de su físico cuando se ducha, las acusaciones de mantener relaciones sexuales con su antiguo amigo Paul" le hacen pensar que su vecino está celoso y complota con su seguidor en contra de ella. "Otra vez se introdujeron en su casa para poner cámaras y micrófonos que ella no llega a localizar, y se pregunta por qué medio ellos llegan a saber todo sobre ella, a percibir sus pensamientos, a adelantarse a ellos, y a repetirlos de manera idiota"."Siente continuos comezones por todo el cuerpo, un feo gusto salado en la boca al despertar", atribuido a ese polvo "que le entra de noche por la nariz". "Se la persigue incluso cuando sale de vacaciones con su hijo, es por el tejado que destila el polvo, ella los oye bien en el desván". Exhausta por esta intromisión, escribe a su vecino:

"De mi consideracón:
Desearía que si ronco muy fuerte, en lugar de hacer caer las sillas, le sea suficiente con dar tres golpes con su bastón, y yo no dormiré más. Señor, le pido que cese con todas las chanchadas que usted me ha hecho. Termine con sus silbidos, motores y otras cosas las que no sé si son suyas, las bombas de olor, el polvo que me hace toser, todo eso lo he conocido en la calle Arnaud Lépine, los taladros sobre todo, usted sabe de quien hablo. Debemos y podemos ser buenos amigos, Señor M. y cuento con usted puesto que en lo que a mí respecta, haré todo lo posible.
Srta. P."

Envía varias cartas al alcalde "para que se haga justicia", después a la responsable del inmueble, a quien acusa de no elegir bien a sus inquilinos.

* Cita: NERVURE, XII(2):15-17