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Puntos clave: ● La obesidad se asocia con aproximadamente el 10 % de los nuevos diagnósticos de cáncer en Estados Unidos. ● Hasta el 50 % de los casos de cáncer de endometrio y hepatobiliar pueden atribuirse al exceso de peso. ● El tejido adiposo funciona como un órgano metabólicamente activo que favorece la inflamación crónica, alteraciones hormonales y disfunción inmunológica. ● Una pérdida de peso superior al 10 % podría reducir el riesgo de cáncer relacionado con la obesidad. ● Intervenciones como la cirugía bariátrica o los agonistas del receptor de GLP-1 (como la semaglutida) podrían tener un papel creciente en la prevención oncológica. |
Introducción |
El sobrepeso y la obesidad se han convertido en uno de los principales determinantes modificables del cáncer. Tradicionalmente, se han asociado con enfermedades cardiovasculares, diabetes y otras alteraciones metabólicas. Sin embargo, en los últimos años ha quedado claro que su impacto va mucho más allá.
Se estima que aproximadamente el 10 % de los nuevos diagnósticos de cáncer en Estados Unidos están relacionados con el exceso de peso. En algunos tumores, esta proporción es incluso mayor: hasta la mitad de los casos de cáncer de endometrio y hepatobiliar pueden atribuirse al sobrepeso o la obesidad.
Una revisión reciente publicada en el Journal of the American Medical Association por Shen y colaboradores analizó la evidencia actual sobre los mecanismos biológicos que vinculan la obesidad con el desarrollo del cáncer, así como las intervenciones que podrían reducir este riesgo.
Obesidad y riesgo de cáncer |
El aumento global de la obesidad coincide con un incremento en la incidencia de varios cánceres relacionados con el exceso de peso. Este fenómeno resulta especialmente preocupante en adultos jóvenes de 25 a 49 años, donde algunos tumores asociados a la obesidad han mostrado un crecimiento sostenido.
Además de los tumores ya reconocidos —como el cáncer colorrectal, de mama postmenopáusico, endometrio, hígado, riñón y páncreas—, investigaciones recientes sugieren posibles asociaciones con cáncer de próstata, melanoma y algunas neoplasias hematológicas.
Las proyecciones epidemiológicas indican que para 2035, más de 4 mil millones de personas en el mundo podrían presentar sobrepeso u obesidad, lo que plantea un desafío importante para la prevención del cáncer a nivel global.
Obesidad y hepatocarcinoma: una relación que no podemos ignorar |
El hepatocarcinoma ya no es solo una complicación de la cirrosis viral. La obesidad emerge como un promotor activo de cáncer hepático, con evidencia cada vez más contundente. En un estudio retrospectivo que incluyó más de 1,6 millones de pacientes con diabetes tipo 2, el uso de agonistas del receptor de GLP-1 se asoció con una reducción del 53 % en la incidencia de cáncer hepático en comparación con insulina (HR 0,47; IC 95 % 0,36–0,61).
Por su parte, la cirugía bariátrica se asoció con una reducción global del 32 % en la incidencia de cánceres relacionados con la obesidad (HR 0,68; IC 95 % 0,53–0,87). En este escenario, el manejo efectivo del exceso de peso representa hoy una oportunidad concreta —y subestimada— de prevención oncológica en el paciente con enfermedad hepática metabólica.
¿Cómo promueve la obesidad el desarrollo del cáncer? |
Durante mucho tiempo el tejido adiposo fue considerado simplemente un reservorio de energía. Hoy se sabe que funciona como un órgano metabólicamente activo capaz de influir en múltiples procesos biológicos relacionados con la carcinogénesis.
Entre los principales mecanismos propuestos se encuentran:
Disfunción del tejido adiposo. El exceso de grasa corporal favorece un estado de inflamación crónica, incremento del estrés oxidativo y alteraciones hormonales. Esto incluye niveles elevados de estrógenos y leptina, junto con una disminución de la adiponectina, una hormona con efectos protectores.
Alteraciones en la respuesta inmunológica. La obesidad puede debilitar la vigilancia inmunológica frente al cáncer. Se ha observado una reducción en la función de las células T y de las células asesinas naturales (NK), lo que disminuye la capacidad del organismo para detectar y eliminar células tumorales.
Cambios en el metabolismo energético. Las células tumorales pueden interactuar con los adipocitos cercanos y utilizar los ácidos grasos liberados como fuente de energía, favoreciendo su crecimiento y progresión.
Alteraciones del microbioma intestinal. El exceso de peso se asocia con cambios en la composición de la microbiota intestinal. Estas alteraciones pueden aumentar la inflamación sistémica y el estrés oxidativo, factores implicados en la tumorigénesis.
¿Qué estrategias pueden reducir el riesgo? |
Desde el punto de vista clínico, evaluar únicamente el índice de masa corporal no alcanza. Debemos identificar al paciente metabólicamente enfermo —con hipertensión, dislipidemia o resistencia a la insulina—, ya que es el subgrupo con mayor riesgo.
La evidencia sugiere que una pérdida de peso superior al 10 % podría asociarse con una reducción significativa del riesgo de cáncer. Sin embargo, alcanzar y mantener este objetivo suele ser difícil.
Diversas intervenciones han mostrado resultados prometedores:
Cirugía bariátrica. Los pacientes sometidos a este procedimiento presentan una reducción aproximada del 32 % en la incidencia de cánceres relacionados con la obesidad, con un efecto particularmente marcado en el cáncer de endometrio.
Agonistas del receptor de GLP-1. Terapias como la semaglutida han mostrado resultados alentadores en la reducción de peso. Datos recientes sugieren además una posible disminución del riesgo en varios cánceres asociados a la obesidad, incluyendo tumores colorrectales, hepáticos y pancreáticos.
Metformina. En modelos experimentales ha mostrado efectos potenciales en la reparación del daño del ADN y en la modulación del metabolismo tumoral. No obstante, la evidencia clínica sobre su papel en la prevención del cáncer sigue siendo heterogénea y aún no es concluyente.
Implicancias para la práctica clínica |
● El exceso de peso debe considerarse un factor modificable de riesgo oncológico.
● La evaluación del paciente debería incluir marcadores de enfermedad metabólica, además del índice de masa corporal.
● Una pérdida de peso clínicamente significativa puede requerir intervenciones intensivas y sostenidas.
● Estrategias como la cirugía metabólica y las terapias farmacológicas sumadas a los cambios en los estilos de vida podrían tener un papel creciente en la prevención del cáncer.
Conclusión |
La relación entre obesidad y cáncer obliga a replantear la manera en que se aborda el exceso de peso en la práctica clínica. Más allá de sus consecuencias metabólicas o cardiovasculares, la obesidad debe considerarse también un determinante relevante del riesgo oncológico.
En este contexto, las estrategias dirigidas a lograr una reducción de peso efectiva y sostenida podrían convertirse en una de las herramientas más importantes para la prevención primaria del cáncer en las próximas décadas.
*Dr. José Alberto Orozco Niño. Médico clínico, subespecialista en Hepatología. Fellowship en Investigación en Medicina Interna (HIBA).