Puntos de vista

Publicado el 11 de septiembre de 2026

¿Ciencia o ilusión?

Medicina de longevidad: menos promesas, más evidencia

El auge de los suplementos de NAD+ y los péptidos inyectables contrasta con la falta de ensayos que demuestren beneficios relevantes y seguridad en seres humanos.

Un principio central de la investigación sobre el envejecimiento sostiene que existen mecanismos comunes que contribuyen al desarrollo de numerosas enfermedades y afecciones relacionadas con la edad. Son los denominados “sellos distintivos del envejecimiento”.

En consecuencia, los tratamientos dirigidos a retrasar este proceso deberían actuar sobre factores generales como la inflamación, la senescencia celular, la deriva epigenética, la autofagia inadecuada y las mutaciones somáticas. Sin embargo, aunque existen numerosos blancos potenciales para intervenir sobre estos mecanismos, los datos que respaldan los beneficios clínicos de estas terapias en seres humanos siguen siendo escasos.

Por ejemplo, en modelos preclínicos se observó que la nicotinamida adenina dinucleótido (NAD+) podría prolongar los años de vida saludable. Actualmente, esta molécula se promociona ampliamente como suplemento y como tratamiento inyectable. No obstante, los ensayos clínicos que evaluaron sus efectos en seres humanos todavía no demostraron resultados contundentes sobre la evolución de las enfermedades.

La suplementación con NAD+ se propuso como una estrategia para contrarrestar el supuesto descenso de sus concentraciones asociado con la edad. Sin embargo, un estudio reciente encontró que los niveles sanguíneos de NAD+ permanecen estables y no disminuyen con el envejecimiento. Este hallazgo plantea dudas sobre los fundamentos de su administración.

Los riesgos y beneficios de los péptidos inyectables, promocionados por personas influyentes en las redes sociales como una forma de mejorar el bienestar y prolongar la vida, también son objeto de un intenso debate.

Uno de ellos es el TB-500, relacionado con la timosina beta 4, un péptido producido naturalmente al que se le atribuyen propiedades antiinflamatorias y angiogénicas. Estos productos no están aprobados por la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA), pero se comercializan en un mercado poco regulado. Suelen presentarse como sustancias destinadas a la investigación, aunque su procedencia y sus controles de calidad no siempre están claros.

Esta situación podría modificarse próximamente. Un comité asesor de la FDA se reunió los días 23 y 24 de julio de 2026 para analizar si debía permitirse que farmacias especializadas elaboraran siete péptidos diferentes. Esta autorización facilitaría su comercialización por parte de empresas dedicadas al bienestar y prestadores de servicios de telemedicina.

Aunque una medida de este tipo permitiría una mayor supervisión sobre la procedencia y la fabricación de los productos, continúa sin estar claro si existen datos suficientes sobre su seguridad y efectividad. Antes de la reunión, miembros del personal de la FDA habían recomendado actuar con cautela y científicos del organismo señalaron durante las deliberaciones los posibles riesgos de estos péptidos.

Robert F. Kennedy Jr., quien supervisa a la FDA como secretario de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos, expresó, en cambio, su entusiasmo por estos productos. La objetividad del comité de especialistas externos designado por su oficina también fue cuestionada: seis de sus integrantes comercializan péptidos y uno de ellos es farmacéutico especializado en preparaciones magistrales.

En una votación no vinculante, el comité recomendó que seis de los siete péptidos pudieran ser elaborados por farmacias especializadas. La decisión definitiva quedó en manos de la FDA.

Las afirmaciones excesivas sobre los péptidos difundidas en las redes sociales muestran la necesidad de realizar ensayos clínicos rigurosos sobre las intervenciones destinadas a prolongar la vida. Sin embargo, validar clínicamente esta clase de tratamientos no es una tarea sencilla.

Los ensayos pueden evaluar los efectos de una intervención sobre enfermedades relacionadas con la edad durante uno o dos años. En cambio, determinar su influencia sobre los años de vida saludable o la longevidad exige períodos de seguimiento mucho más prolongados, lo que dificulta su realización. Por este motivo, se necesitan indicadores indirectos que permitan evaluar objetivamente el envejecimiento biológico.

Los denominados “relojes del envejecimiento” podrían cumplir esa función, ya que buscan medir la edad de órganos, tejidos y células. Estos instrumentos, construidos mediante técnicas como la proteómica, la metabolómica, la transcriptómica y diferentes métodos de diagnóstico por imágenes, podrían utilizarse para determinar si un cambio en el estilo de vida o una intervención farmacológica modifica el proceso de envejecimiento.

También pueden emplearse pruebas funcionales para medir cómo envejecen diferentes órganos, como las evaluaciones de fuerza física y capacidad para realizar ejercicio.

Aunque un envejecimiento más acelerado según estos biomarcadores se asocia con un mayor riesgo de diversas enfermedades relacionadas con la edad, los estudios que analizan su respuesta a las intervenciones todavía se encuentran en una etapa inicial. Determinar qué relojes o pruebas pueden informar de manera confiable sobre el envejecimiento biológico en diferentes contextos clínicos constituye una prioridad urgente para este campo.

Como primer paso, se necesitan estudios prospectivos que permitan establecer cuáles de estos instrumentos responden adecuadamente a intervenciones que, en principio, deberían reducir el envejecimiento biológico.

Una iniciativa orientada a desarrollar biomarcadores validados es XPRIZE Healthspan, una competencia de siete años dotada con 101 millones de dólares. Inicialmente, el proyecto busca establecer métodos rigurosos y transparentes para medir la función muscular, cognitiva e inmunitaria.

A partir del conocimiento sobre cómo cambian estas mediciones a lo largo de una vida saludable, la iniciativa intentará identificar tratamientos capaces de restaurar, como mínimo, diez años de función muscular, cognitiva e inmunitaria en personas de entre 50 y 80 años.

Las afirmaciones sobre elixires capaces de prolongar la vida se remontan a la antigüedad. En la actualidad, existe un fuerte componente de fantasía en la cultura del bienestar de Estados Unidos, que favorece la promoción de tratamientos para la longevidad que no fueron evaluados adecuadamente.

Frente a este escenario, la investigación sobre el envejecimiento debe mantenerse alerta ante las afirmaciones sin respaldo o exageradas, impulsar la validación de métodos para medir el envejecimiento biológico y exigir evaluaciones rigurosas de las intervenciones dirigidas a modificarlo.