Cuando se habla de una cirugía cardíaca compleja, hay una pregunta elemental que suele pasarse por alto: ¿cómo hacen los médicos para operar el órgano que nos mantiene vivos? La respuesta parece desafiar la lógica porque, detrás de muchas de las intervenciones más sofisticadas de la medicina, existe una paradoja fascinante: para operar el corazón, primero hay que detenerlo. Y, aun así, la vida continúa. Esto es posible gracias a una tecnología tan imprescindible para la cirugía cardíaca como desconocida fuera de los quirófanos: la bomba de circulación extracorpórea. Gracias a este sistema, los equipos médicos pueden mantener la circulación y la oxigenación de la sangre mientras intervienen el corazón parado.
“Cuando trabajamos sobre cualquiera de las cuatro válvulas del corazón, reparamos la aorta, hacemos un trasplante o corregimos la enorme mayoría de las cardiopatías congénitas, necesitamos sí o sí la circulación extracorpórea. Es indispensable”, señala el Dr. Guillermo Vaccarino, jefe del Servicio de Cirugía Cardiovascular y Trasplante Cardíaco del Hospital Universitario Austral, sobre los tantos usos de este ingenioso sistema que asume temporalmente las funciones del corazón y los pulmones.

Un desvío temporal |
En condiciones normales, la sangre vuelve al corazón a través de las venas, pasa por los pulmones para cargarse de oxígeno y luego regresa nuevamente al corazón, que la impulsa hacia todo el organismo. Durante ciertas cirugías, ese recorrido cambia. Los médicos colocan dos cánulas: una desvía la sangre hacia la bomba de circulación extracorpórea y otra la devuelve al cuerpo una vez oxigenada.
“Le damos al paciente una medicación que se llama cardioplejía y su corazón se detiene. Como queda aislado, podemos trabajar dentro del órgano”, explica el especialista. Para lograrlo, los cirujanos colocan además un clamp —suerte de pinza quirúrgica— en la aorta, la principal arteria del organismo. Así, la sangre deja de atravesar el corazón y los pulmones y pasa temporalmente por la bomba, que se encarga de mantener la circulación y la oxigenación del resto del cuerpo. Gracias a este sistema, los especialistas pueden operar dentro del corazón o incluso reemplazarlo durante un trasplante.
Tecnología que cada vez “imita” mejor al cuerpo humano |
Aunque la circulación extracorpórea existe desde hace décadas, la tecnología no ha dejado de evolucionar. El objetivo ha sido siempre el mismo: reproducir de la manera más fiel posible el funcionamiento natural del organismo y ofrecer cada vez más información al equipo médico.
Según el doctor Vaccarino, las bombas de última generación generan un flujo pulsátil, es decir, impulsan la sangre de forma rítmica, imitando mejor el bombeo natural del corazón.
A ello se suma un monitoreo mucho más sofisticado, capaz de seguir en tiempo real variables críticas como “la presión, la oxigenación de la sangre, el hematocrito, la glucemia o el equilibrio ácido-base, además de ajustar con precisión el flujo que recibe cada paciente según su peso y características particulares”.
De este modo, durante la intervención, el equipo chequea de manera permanente esos parámetros y puede administrar medicamentos, aportar nutrientes, corregir desequilibrios metabólicos e incorporar sistemas de filtrado cuando el cuadro lo requiere. "En el momento de la cirugía estamos sosteniendo prácticamente toda la circulación del cuerpo. Podemos dar medicación, nutrientes y corregir parámetros fisiológicos", señala el especialista, que asimismo expresa cómo, en línea con los últimos avances, el Hospital Universitario Austral incorporó recientemente una nueva bomba de circulación extracorpórea, el sistema Essenz de la firma global líder LivaNova, diseñado para brindar una mejor perfusión y ampliar las capacidades de monitoreo.
Más seguridad para el paciente |
Para el paciente, las ventajas de estas tecnologías no pasan por una cirugía más rápida, sino por una cirugía más segura. Según el Dr. Vaccarino, cuando los procedimientos se prolongan durante varias horas, una circulación extracorpórea más precisa puede ayudar a disminuir el impacto fisiológico de las intervenciones. “Antes, cuando las cirugías eran muy largas, el paciente podía tener una respuesta inflamatoria mayor y un posoperatorio más complejo. Hoy contamos con herramientas que nos permiten controlar mejor cada variable y trabajar con un respaldo mucho mayor”, detalla. La diferencia se refleja en el posoperatorio: menos complicaciones, menor necesidad de soporte adicional y una recuperación más favorable.
Así, detrás de muchas de las cirugías cardíacas más complejas, como reemplazar una válvula o reparar la aorta, hay una tecnología que rara vez ocupa los titulares, pero que hace posible lo impensado: detener temporalmente el órgano que sostiene la vida sin que la vida se detenga.
