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Publicado el 10 de septiembre de 2026

Ortopedia basada en evidencia

Hallux valgus: cuándo intervenir y cómo elegir la técnica

Una deformidad frecuente que no siempre requiere cirugía. Su impacto sobre la vida cotidiana y la evolución luego de las medidas conservadoras permiten definir una conducta individualizada, con expectativas realistas y acordadas junto al paciente.

Autor/a: Sarah Ettinger, Fabian T Spindler, Ursula Marschall, et al.

Fuente: Dtsch Arztebl Int 2025 May 30;122(11):308-314 Hallux Valgus: Prevalence and Treatment Options

Evaluación centrada en los síntomas

El hallux valgus es una deformidad progresiva caracterizada por la desviación lateral del dedo gordo y medial del primer metatarsiano. Su origen suele ser multifactorial: pueden intervenir la predisposición familiar, la disfunción muscular y la debilidad de las estructuras capsuloligamentarias. También existen formas secundarias asociadas con traumatismos, artrosis o enfermedades neuropáticas.

La presencia visible de un juanete no basta para indicar estudios ni tratamiento. Si el paciente está asintomático, no exige estudios de rutina. Cuando hay dolor, limitación funcional o dificultad con el calzado, la evaluación debe integrar los síntomas, el examen físico y las imágenes.

La exploración incluye el estado de la piel y los tejidos blandos sobre la prominencia medial, la alineación de los dedos menores, la movilidad de la primera articulación metatarsofalángica y de las articulaciones vecinas, además de la perfusión, la sensibilidad y la función motora. El calzado puede revelar puntos de presión o desgaste medial. Las radiografías con carga en al menos dos proyecciones permiten valorar la deformidad en condiciones funcionales.

Una clasificación más simple

La clasificación tradicional divide el hallux valgus en leve, moderado o grave mediante el ángulo intermetatarsiano y el ángulo de hallux valgus. Sin embargo, los umbrales cambian entre estudios y una misma medición puede recibir categorías distintas. Además, el sistema no siempre incorpora factores relevantes, como el metatarso aducto, la rotación del dedo gordo o la inestabilidad de la primera articulación tarsometatarsiana.

Una propuesta actual simplifica la gravedad en dos categorías, moderada y grave, y suma moduladores anatómicos que pueden cambiar la elección quirúrgica. La clasificación deja así de ser una etiqueta aislada y funciona como apoyo para una decisión que también debe considerar síntomas, artrosis, estabilidad y expectativas.

Del tratamiento conservador a la cirugía

El abordaje inicial suele ser conservador durante aproximadamente tres meses. Incluye educación, analgesia según la necesidad clínica, calzado de talla adecuada con puntera amplia y material blando, fisioterapia, plantillas, férulas o adaptaciones ortopédicas. Estas medidas pueden aliviar el dolor y reducir la presión, pero no corrigen la deformidad ni detienen de manera comprobada su progresión.

La cirugía se considera cuando persisten el dolor significativo, la limitación funcional, el deterioro de la calidad de vida o las lesiones cutáneas recurrentes pese a un tratamiento conservador adecuado. La indicación no debe basarse en la apariencia. Requiere una decisión compartida que contraste beneficios, riesgos y tiempo de recuperación con las prioridades del paciente.

Claves para orientar la conducta

 

Situación

Qué evaluar

Conducta orientativa

Sin síntomas

Hallazgo clínico sin dolor ni limitación

Observación y educación; sin imágenes rutinarias

Síntomas iniciales

Dolor, calzado, piel, movilidad y función

Medidas conservadoras y reevaluación

Persistencia

Impacto funcional y respuesta al tratamiento

Conversar sobre cirugía si la carga clínica lo justifica

Plan quirúrgico

Gravedad, artrosis, estabilidad y anatomía asociada

Elegir el procedimiento junto con el paciente

 

Qué cambia entre las técnicas

Se han descrito más de cien técnicas. En términos generales, se agrupan en procedimientos que preservan la articulación, mediante osteotomías abiertas o mínimamente invasivas, y procedimientos de fusión articular. Durante años, la gravedad radiográfica determinó casi de forma automática el tipo de operación.

La evidencia comparativa pone ese esquema en perspectiva. Las técnicas más utilizadas muestran un potencial de corrección ósea semejante y no se identificaron diferencias consistentes en los resultados subjetivos. Esto no significa que sean intercambiables: la artrosis metatarsofalángica, la inestabilidad tarsometatarsiana, el eje del retropié, la torsión del primer metatarsiano y otros rasgos anatómicos pueden modificar la elección.

El objetivo es seleccionar el procedimiento adecuado para la anatomía y las necesidades de cada persona, sin asumir que una técnica más nueva o mínimamente invasiva será necesariamente superior. Los datos disponibles tampoco permiten afirmar que el abordaje abierto o el mínimamente invasivo tengan tasas globales de complicaciones diferentes.

Recuperación y seguimiento

La evaluación del resultado debe priorizar el dolor, la función y la satisfacción, además de la corrección radiográfica. Los puntajes disponibles sugieren una mejoría clínica después de la cirugía, aunque algunos instrumentos combinan la valoración del paciente con la del profesional y asignan un peso considerable al dolor. La heterogeneidad de los estudios también impide comparar con precisión todas las técnicas.

Entre las complicaciones descritas se encuentran metatarsalgia, recurrencia, rigidez de la primera articulación metatarsofalángica, problemas de cicatrización y hallux varus. Con menor frecuencia pueden aparecer necrosis avascular, seudoartrosis, síndrome de dolor regional complejo o necesidad de revisión. El riesgo depende del procedimiento, los factores individuales y el seguimiento posoperatorio.

La cicatrización primaria suele requerir entre ocho y doce semanas. En las primeras dos semanas se recomienda mantener el pie elevado y ajustar la carga según el procedimiento; con frecuencia se utiliza calzado posquirúrgico durante unas seis semanas. La inflamación y la reducción de la movilidad pueden persistir más tiempo, y el regreso al trabajo depende del traslado y de la exigencia física de la actividad.

Por eso, la recuperación suele subestimarse. Una explicación preoperatoria clara sobre plazos, restricciones y posibles contratiempos es parte del tratamiento. En el hallux valgus sintomático, la mejor decisión no surge de un ángulo aislado, sino de integrar clínica, imágenes, anatomía y objetivos acordados con el paciente.