Puntos de vista

/ Publicado el 9 de septiembre de 2001

Hacia una evolución equilibrada

Envejecer, ¿para qué?

Ante la innegable prolongación de la expectativa de vida, el autor propone definir sus alcances y consecuencias en relación a las pautas sociales vigentes.

Autor/a: Dr. Luis J. Rijavec*

Indice
1. Introducción
2. Un cambio necesario.
3. Aportes a una solución posible

La práctica asistencial cotidiana nos descubre un lento pero uniforme incremento etario entre los pacientes que, internados o ambulatorios, requieren nuestra atención especializada.
Pacientes que superan con holgura la séptima década de su vida, concurren con la idea de someterse a intervenciones cuya envergadura, hasta no hace muchos años, constituía un obstáculo que sólo por excepción lograba vencer la reticencia del cirujano ortopedista. La progresiva conservación clínica del asistido y el perfeccionamiento técnico y quirúrgico, han ido desplazando paulatinamente nuestro criterio evaluativo desde el tradicional prejuicio cronológico hacia una priorización de las condiciones generales a despecho de los límites arbitrarios determinados por la edad.

Las consecuencias derivadas de este cambio de mentalidad médica y los buenos resultados generalmente obtenidos, nos ha llevado a plantearnos la pregunta del título, no en el sentido escéptico que parece desprenderse de su enunciación, sino como una inquietud prospectiva que el concepto genera en la confrontación con la realidad social que nos rodea. El entusiasmo con que reconstruimos la funcionalidad de sus articulaciones, nos hace preocuparnos por la "durabilidad" de los implantes, fundamentando en esta condición mecánica, la calidad de vida  del operado. Es más, sentiríamos menoscabada nuestra condición de aplicadores del progreso médico, si tal afirmación fuera cuestionada. Nadie puede poner en duda el trascendente papel que, en sus diferentes campos de acción, le cabe al médico en la prolongación cronológica de la vida. Pero, esta mayor expectativa vital, ¿se correlaciona con una calidad de vida equivalente? Este anciano, a quien  nosotros "reequipamos" biológicamente, ¿puede instrumentar adecuadamente estos recursos, orientándolos hacia una realización plena? La respuesta, lejos de satisfacernos, nos deja el sabor amargo de una verdad incontrastable: a pesar de sus "nuevas" condiciones, en nuestra sociedad actual, carece de la posibilidad de protagonizar con dignidad su propia historia y con dolorosa perplejidad, gracias a la Ciencia, se ve enfrentado a transitar un período "extra" casi invariablemente cargado de incertidumbres y frustraciones.
¿Significa esto que la apuesta médica  por la vida es insensata o cuanto menos, imprudente?.
Consideramos que lo verdaderamente insensato e imprudente es nuestra falta de cuestionamiento frente al desafío que nos presenta esta creciente realidad al exigirnos una  urgente revisión de la estratificación social vigente.

Actuamos en un medio que cercena despiadadamente las posibilidades de desarrollo de un individuo por el solo hecho de haber accedido a un límite de edad arbitrariamente establecido, prescindiendo del análisis de las condiciones particulares del afectado, de su historia personal y del potencial valor social implícito en su capacidad laboral y condenándolo, con nuestra involuntaria colaboración, a un lapso cada vez más prolongado, signado por el ocio forzoso, la subocupación degradante, la inseguridad económica y coronado por la subestimación propia y ajena que deriva en un circuito depresivo que acelera su declinación mental y física.
Este gradiente evolutivo, cuyos efectos, en sus diversas manifestaciones, nos ocupan profesionalmente, deberían motivarnos a revisar nuestros esquemas de pensamiento tanto en el plano personal como en el grupal.