Arte & Cultura

Publicado el 5 de septiembre de 2026

Entre cúpulas y rencores

El talento no justifica los atropellos

La historia de dos gigantes del barroco revela que el reconocimiento artístico no siempre convive con la grandeza humana y que el éxito ajeno puede despertar las peores miserias.

Finalmente essendomi ricordato che avevo la spada qui in camera a capo al letto et appesa a queste candele benedette, essendomi anche accresciuta l’impazienza di non avere il lume, disperato ho preso la detta spada, quale avendola sfoderata, il manico di essa l’ho appuntato nel letto e la punta nel mio fianco e poi mi sono buttato sopra di essa spada dalla quale con la forza che ho fatta acciò che entrasse nel mio corpo sono stato passato da una parte all’altra e nel buttarmi sopra la spada sono caduto con essa spada col corpo quaggiù nel mattonato e feritomi come sopra ho cominciato a strillare et allora è corso qua il detto Francesco et ha aperto la finestra che già si vedeva lume me ha trovato colco in questo mattonato che da lui e certi altri che lui ha chiamati mi è stata levata la spada dal fianco e poi mi sono stato rimesso a letto et in questa conformità è successo il caso della mia ferita". [1]

Francesco Borromini

 

En la Via del Quirinale 23, pleno centro histórico de Roma, está emplazada la iglesia de San Carlo alle Quattro Fontane, que los lugareños denominan San Carlino por sus reducidas dimensiones. Ocupa la superficie de uno de los cuatro pilares que sostienen la cúpula de la Basílica de San Pedro, pero, aun así, resulta magnífica, habida cuenta de su estructura, formas y luminosidad. Un auténtico capolavoro del barroco, situado a poca distancia del Palacio del Quirinal y de la Piazza Barberini, que debe su nombre a las cuatro fuentes situadas en las esquinas de la intersección. Fue construida en el siglo XVII por Francesco Borromini (FB) y está dedicada a Carlos Borromeo, arzobispo de Milán a mediados de la centuria precedente.

 

El maestro consiguió reivindicar un exiguo espacio en la cumbre de una colina, donde, a partir de la nada, hizo surgir una conjunción de embelesos. Adentrarse en la iglesia da la clara sensación de un espacio en expansión en todos los ámbitos perceptibles.

 

Un examen de los aportes de FB, mayormente en la ciudad eterna, permite evaluar, por una parte, la extraordinaria amplitud de su perspectiva y, por otra, la profundidad de su visión. FB hacía suyo el legado de predecesores tales como Miguel Ángel, con algunos rasgos tipológicos bastante cercanos, a la par del acervo renacentista, manierista y protobarroco, amalgamado en su particular genio creativo, que le posibilitó enfrentar desafíos mayúsculos. Supo abrevar en lo antiguo para lograr un redescubrimiento fidedigno, no desmedido ni redundante, cual experimentado orfebre. Dotado, como un verdadero elegido, fue capaz de llevar a la unidad formas arquitectónicas complejas, con un manejo perfecto del contenido.

 

Nuestro Francesco (1599-1667) había nacido en Bissone a orillas del lago de Lugano, en el cantón del Tesino. En realidad, su apellido era Castelli, pero al llegar a Roma lo cambió por Borromini, quizás por su devoción a San Carlos Borromeo. El mentado era sobrino de Carlo Maderno, otro célebre arquitecto nacido en Melide, próximo a Bissone. Con solo 9 años se trasladó a Milán, donde aprendió a tallar piedra y mármol, a la par de trabajar en la construcción del célebre Duomo. Este aprendizaje fue muy enriquecedor y a la vez facilitador de las obras que materializaría ulteriormente.

 

Rondando los veinte años, llegó a Roma, donde trabajó durante poco tiempo para Leone Gravo, familiar y excelente maestro cantero, quien falleció accidentalmente, por lo que pasó a colaborar con su tío Maderno, un distinguido arquitecto muy respetado por Pablo V Borghese. Francesco desbordaba talento y rápidamente pasó a ser maestro de obras, a punto de suceder a su tío Carlo, afectado en su capacidad visual, en una serie de encargos, como algunas obras en la Basílica de San Pedro y Palazzo Barberini.

 

Según los relatos de sus contemporáneos, era de bella apariencia, contextura robusta,  firmes principios y con una vida muy ordenada. No así su psiquis, atravesada por estados melancólicos y rasgos hipocondríacos, que se fueron exacerbando con el transcurso de los años. Por suerte no le faltaron algunos amigos fieles y comprensivos, como el padre Virgilio Spada y el marqués de Castel Rodríguez.

 

Aquel Borromini solitario, huraño, cuyo carácter no lo facultó para establecer relaciones y fuertes vínculos con la élite romana, tuvo en sus antípodas a Gian Lorenzo Bernini, hombre decidido, capaz y muy seguro de sí mismo. Esta especie de fantasma Berniniano hizo las veces de un padecimiento casi cotidiano. El antagonismo de FB con su colega y, a la vez, polifacético artista tuvo ribetes verdaderamente dramáticos. Gian Lorenzo fue uno de los mayores protagonistas del Barroco Europeo y conoció a FB cuando estaba diseñando una tremenda escalera de caracol en el palacio del cardenal Barberini. Bernini era toda una celebridad y muy favorecido por el Papa Urbano VIII. En el otro ángulo del ring, un Borromini férreo e introvertido, pero con una sólida formación en arquitectura e ingeniería, fruto de un largo y trabajoso recorrido. Va de suyo que la rivalidad entre ambos también tenía una veta extra-artística. Bernini gozaba de fama, prosperidad económica y poder, con un hábil manejo en los círculos culturales, en tanto que Borromini era de origen humilde y, como fuera anticipado, retraído.

 

A la muerte de su tío Carlo Maderno en 1629, Bernini pasó a ser su continuador, por lo que Borromini debió trabajar bajo las órdenes de Gian Lorenzo, que, por su parte, había asumido la dirección de la Fabbrica di San Pietro, con todas las loas y bolsillos ultrarrepletos.

 

Al trabajar juntos en el baldaquino de la basílica, la incompatibilidad y la tirria recíproca eclosionaron tiempo después, derivando en una enemistad definitiva. Cada uno tomó su propio atajo, entre denigraciones mutuas, rencores y esas maldades que nunca faltan. Por fuera del derrotero extremadamente exitoso de Bernini, Borromini no se quedó atrás. Volvemos a insistir en que su legado es sustantivo y sigue provocando una merecida admiración. Las esculturas, fachadas, fuentes, campanarios, cúpulas llevan su marca distintiva. Como bien solía decir, nunca se convertiría en un copista.

 

Para muestra, un botón: corría el año 1646 cuando el Papa Inocencio X se preparaba para el Jubileo de 1650, con cierta inquietud a raíz del mal estado de la Archibasílica de San Juan de Letrán, debido a incendios, derrumbes y robos. Se le encomendó a Borromini la obra de restauración, quien, con gran dedicación, logró terminarla en 1649. Superó exitosamente todas las dificultades, dejando a sus adversarios particularmente atónitos. El Papa Inocencio X le confirió así las insignias de la Orden de Cristo el 26 de julio de 1652.  

 

Algunos historiadores sugieren que el talento de Francesco, en los tiempos en que se desempeñó como asistente de Bernini, hizo sonar la alarma en el ya consagrado Gian Lorenzo. Nihil novum sub sole.

 

La historia del arte está llena de disputas entre sus protagonistas. Comparado con el enfrentamiento entre Miguel Ángel, Leonardo y Rafael, resulta claro que el choque entre los dos arquitectos del Barroco romano fue mucho más tormentoso y escabroso. Las recordadas disputas entre Callistas y Tebaldistas constituyen, por su parte, un cuento de hadas a la luz de las fricciones entre Bernini y Borromini.

 

La competencia, de hecho, implica una situación en la que el logro de un objetivo por parte de uno de los contendientes deriva en una sensación de fracaso en el otro. Casi inexorablemente, la rivalidad va acompañada de la envidia (de invidere, mirar con hostilidad). Un estado de ánimo dominado por el deseo de poseer algo que el otro tiene, o que al menos lo pierda. Con distintos grados de intensidad, esta omnipresente lacra determina que la alegría de Fulano se vuelva motivo de amargura para Mengano. Entremezclados con la envidia, también podemos encontrar sentimientos de inferioridad, y el consabido odio hacia aquel que podría desplazarnos.

 

Hay razones para suponer que Bernini envidiaba al joven Borromini, en quien percibía un gran talento, pero le costaba admitirlo. Temeroso de ser eclipsado, el operativo descrédito se hizo sentir. Con la elección de Alejandro VII en 1665, el nuevo papado centró toda su preferencia en Bernini. La humillación para el artista llegó al punto de lo insoportable y la tragedia tuvo lugar. El 2 de agosto de 1667 a las 20 h, a la edad de 68 años, atravesado por una zaga de contratiempos y presa de una profunda melancolía, se arrojó sobre una espada e hirió gravemente, aunque no murió de inmediato. Durante la agonía, fue asistido por un sacerdote, un médico y su ayudante de cámara, que le permitió relatar el episodio (resumido en el acápite), dictar su testamento y recibir los sacramentos. Falleció al día siguiente y está sepultado en la Basílica de San Giovanni Battista dei Fiorentini, junto a su querido tío Carlo Maderno, como había sido su deseo.

 

La naturaleza violenta del acto no era inusual para la época; de hecho, herirse con la espada era una forma acostumbrada entre los desesperados. Sin embargo, en la conducta de Borromini no existían actos violentos, sino su carácter huraño, el autoencierro y las notables dificultades para relacionarse con los demás. Trastornos que se fueron acrecentando con el paso del tiempo, tornándolo aún más vulnerable. Lidiar con personalidades dominantes y beligerantes nunca ha sido sencillo y cuando los recursos para atemperar el daño escatiman los desenlaces son siempre lúgubres. No sorprendería que algunos prosélitos del “clan berniniano” hayan vivenciado una suerte de victoria. Los triunfalismos y su arraigada cuota de insensateces no son exclusivos del deporte.

 

Nada que ver con proscribir esa saludable euforia. El ímpetu Contrarreformista fue clave para enaltecer el espacio arquitectónico de Roma, enlazar los sitios sagrados, que el arte y el culto recibieron con beneplácito. Pero por encima de las cuestiones estético-religiosas, lo medular reside en la “Buena Nueva” y su énfasis en la piedad cristiana traducida en consideración y misericordia para con el prójimo.

 

Cuando los árboles de la vanagloria se apoderan del escenario, avistar el bosque se vuelve dificultoso.



[1] Finalmente, habiendo recordado que tenía la espada aquí en la habitación a la cabecera de la cama y colgando de estas benditas velas, y habiendo aumentado también mi impaciencia por no tener luz, tomé desesperadamente dicha espada, la cual, habiéndola desenvainado, clavé la empuñadura a la cama y la punta a mi costado y luego me lancé sobre dicha espada por la cual con la fuerza que usé para hacerla entrar en mi cuerpo pasé de un lado a otro y al lanzarme sobre la espada caí con la espada con mi cuerpo aquí abajo sobre la mampostería y me herí como arriba comencé a gritar y entonces dicho Francesco corrió aquí y abrió la ventana que ya era visible luz y me encontró tirado en esta mampostería y por él y ciertos otros que él llamó la espada fue quitada de mi costado y luego me volvieron a poner en la cama y en esta conformidad ocurrió el caso de mi herida.

 

 Autor: Dr. Oscar Bottasso. 

Médico, investigador superior del CONICET y del Consejo de  Investigaciones de la Universidad Nacional de Rosario, Argentina.