A comienzos de los años ochenta, cuando iniciaba su recorrido como neurólogo en Medellín, Francisco Lopera atendió a un paciente de 47 años con deterioro cognitivo. La edad llamaba la atención. También los antecedentes: su padre y su abuelo habían presentado un cuadro similar. En una época en la que el Alzheimer se asociaba principalmente con edades avanzadas, aquel caso no encajaba del todo con lo que los manuales permitían esperar.
El paciente provenía de Belmira, una localidad del norte colombiano que con el tiempo quedaría asociada a una de las investigaciones más singulares sobre demencias hereditarias. Al principio no había una explicación genética disponible ni una gran hipótesis internacional en marcha. Había relatos familiares, edades de inicio demasiado tempranas y una repetición que merecía ser escuchada con más atención de la habitual.
Lopera había nacido en 1951 en Santa Rosa de Osos y se formó como médico en la Universidad de Antioquia. En 1987 viajó a Bélgica para profundizar estudios en neuropediatría y neuropsicología, pero el centro de gravedad de su trabajo permaneció en Medellín. Desde allí, en 1992, impulsó la creación del Grupo de Neurociencias de Antioquia, que se convertiría en una referencia para el estudio del Alzheimer hereditario.
Su interés por la memoria no nació únicamente de la curiosidad científica. En entrevistas y perfiles biográficos se recordó el impacto que tuvo en él la enfermedad de una de sus abuelas. Esa experiencia aparece con frecuencia en los relatos sobre su trayectoria y ayuda a entender por qué el deterioro cognitivo nunca fue para él un tema exclusivamente académico. La enfermedad modificaba la vida de una familia mucho antes de convertirse en un diagnóstico.
A mediados de los años ochenta comenzó una etapa decisiva junto a Lucía Madrigal Zapata, su coinvestigadora durante buena parte del trabajo de campo. Visitaron municipios, hablaron con familias, revisaron registros y reconstruyeron genealogías que se extendían a través de varias generaciones. La tarea requería tiempo, confianza y una forma de escucha poco frecuente en la medicina apresurada: no bastaba con preguntar por síntomas, había que entender quién era hijo de quién, qué edad tenía cada persona cuando empezó a olvidar y cómo se repetía el cuadro dentro de una misma red familiar.
Con los años, los casos que parecían dispersos empezaron a formar parte de un mapa común. Personas que vivían en localidades distintas, y que no siempre sabían estar vinculadas entre sí, compartían un origen familiar remoto. La investigación fue creciendo sobre una mezcla de consulta clínica, memoria oral, archivo civil y seguimiento comunitario. En ese proceso, Lopera dejó de mirar pacientes aislados y empezó a observar una continuidad que atravesaba generaciones.

El Dr. Lopera en su oficina en el GNA, durante la prueba clínica API Colombia. Foto: Dirección de Comunicaciones UdeA / Alejandra Uribe F.
Una pregunta repetida durante generaciones
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El punto de inflexión llegó con la identificación de la mutación PSEN1 E280A, conocida popularmente como mutación paisa, asociada a una forma hereditaria de Alzheimer de inicio temprano. El hallazgo permitió explicar por qué tantas personas de una misma familia extendida desarrollaban síntomas a edades inusualmente jóvenes. También transformó el valor científico de la cohorte: seguir a esos participantes permitía observar cambios biológicos antes de que la enfermedad fuera visible en la vida cotidiana.
La colaboración con investigadores de otros países amplió el alcance del proyecto. Entre ellos estuvo Kenneth Kosik, neurólogo y neurocientífico estadounidense, quien trabajó durante años junto al grupo colombiano. Lo que había empezado con consultas en Medellín y viajes por municipios del norte del país comenzó a integrarse en estudios internacionales sobre biomarcadores, prevención y mecanismos de neurodegeneración.
La dimensión científica era enorme, pero la historia no puede contarse solo desde el laboratorio. Miles de personas aceptaron participar en estudios, controles, evaluaciones cognitivas y análisis genéticos. Muchas habían visto enfermar a padres, hermanos, tíos o abuelos a edades parecidas. Algunas conocían con crudeza el destino que podía esperarlas. Su colaboración no siempre prometía un beneficio individual inmediato; muchas veces estaba sostenida por una expectativa más sencilla y más difícil de medir: que hijos, nietos o generaciones futuras tuvieran una respuesta mejor.
Esa confianza fue una parte central del trabajo. Lopera y su equipo no estudiaban una población anónima, sino personas con nombres, parentescos y pérdidas acumuladas. En varios casos siguieron a distintas generaciones de una misma familia. La continuidad permitió construir una de las cohortes más importantes para investigar el Alzheimer hereditario, pero también dejó una enseñanza menos técnica: la ciencia clínica de largo plazo depende de relaciones humanas que no se improvisan.
Con el tiempo aparecieron hallazgos que renovaron las preguntas iniciales. Algunos portadores de la mutación desarrollaban síntomas mucho más tarde de lo esperado. El caso de Aliria Rosa Piedrahíta, portadora de la mutación PSEN1 E280A y de una variante protectora APOE3 Christchurch, se convirtió en una referencia internacional. Su evolución ayudó a explorar por qué algunos cerebros podían resistir durante años el avance clínico de una enfermedad que parecía biológicamente anunciada.
En los últimos años, Lopera recibió reconocimientos que confirmaron la relevancia mundial de su trabajo. En 2020 obtuvo el premio Bengt Winblad Lifetime Achievement y en 2024 recibió el Premio Potamkin, una de las distinciones más prestigiosas en investigación sobre enfermedades neurodegenerativas. Murió en Medellín el 10 de septiembre de 2024, a los 73 años, después de una trayectoria marcada por publicaciones, discípulos, colaboraciones y una relación sostenida con las comunidades que hicieron posible su obra.
Más de cuarenta años después de aquel primer paciente de Belmira, los investigadores siguen estudiando a muchas de las mismas familias. Algunas personas que participaron en los primeros trabajos ya no están. Otras continúan vinculadas a nuevos proyectos y a nuevas generaciones de científicos. La historia que Francisco Lopera empezó a escuchar en el norte colombiano todavía no terminó. Hoy se sigue escribiendo en los mismos lugares donde comenzó.
Published on August 29, 2026
La historia del Dr. Francisco Lopera
El hombre que buscó el Alzheimer casa por casa
En el norte de Colombia encontró familias que convivían desde hacía generaciones con una forma temprana de pérdida de memoria. Comprender ese fenómeno ocupó más de cuarenta años de trabajo y llevó una investigación local a la agenda científica mundial.
Fuente: IntraMed
A comienzos de los años ochenta, cuando iniciaba su recorrido como neurólogo en Medellín, Francisco Lopera atendió a un paciente de 47 años con deterioro cognitivo. La edad llamaba la atención. También los antecedentes: su padre y su abuelo habían presentado un cuadro similar. En una época en la que el Alzheimer se asociaba principalmente con edades avanzadas, aquel caso no encajaba del todo con lo que los manuales permitían esperar.
El paciente provenía de Belmira, una localidad del norte colombiano que con el tiempo quedaría asociada a una de las investigaciones más singulares sobre demencias hereditarias. Al principio no había una explicación genética disponible ni una gran hipótesis internacional en marcha. Había relatos familiares, edades de inicio demasiado tempranas y una repetición que merecía ser escuchada con más atención de la habitual.
Lopera había nacido en 1951 en Santa Rosa de Osos y se formó como médico en la Universidad de Antioquia. En 1987 viajó a Bélgica para profundizar estudios en neuropediatría y neuropsicología, pero el centro de gravedad de su trabajo permaneció en Medellín. Desde allí, en 1992, impulsó la creación del Grupo de Neurociencias de Antioquia, que se convertiría en una referencia para el estudio del Alzheimer hereditario.
Su interés por la memoria no nació únicamente de la curiosidad científica. En entrevistas y perfiles biográficos se recordó el impacto que tuvo en él la enfermedad de una de sus abuelas. Esa experiencia aparece con frecuencia en los relatos sobre su trayectoria y ayuda a entender por qué el deterioro cognitivo nunca fue para él un tema exclusivamente académico. La enfermedad modificaba la vida de una familia mucho antes de convertirse en un diagnóstico.
A mediados de los años ochenta comenzó una etapa decisiva junto a Lucía Madrigal Zapata, su coinvestigadora durante buena parte del trabajo de campo. Visitaron municipios, hablaron con familias, revisaron registros y reconstruyeron genealogías que se extendían a través de varias generaciones. La tarea requería tiempo, confianza y una forma de escucha poco frecuente en la medicina apresurada: no bastaba con preguntar por síntomas, había que entender quién era hijo de quién, qué edad tenía cada persona cuando empezó a olvidar y cómo se repetía el cuadro dentro de una misma red familiar.
Con los años, los casos que parecían dispersos empezaron a formar parte de un mapa común. Personas que vivían en localidades distintas, y que no siempre sabían estar vinculadas entre sí, compartían un origen familiar remoto. La investigación fue creciendo sobre una mezcla de consulta clínica, memoria oral, archivo civil y seguimiento comunitario. En ese proceso, Lopera dejó de mirar pacientes aislados y empezó a observar una continuidad que atravesaba generaciones.
El Dr. Lopera en su oficina en el GNA, durante la prueba clínica API Colombia. Foto: Dirección de Comunicaciones UdeA / Alejandra Uribe F.
Una pregunta repetida durante generaciones
El punto de inflexión llegó con la identificación de la mutación PSEN1 E280A, conocida popularmente como mutación paisa, asociada a una forma hereditaria de Alzheimer de inicio temprano. El hallazgo permitió explicar por qué tantas personas de una misma familia extendida desarrollaban síntomas a edades inusualmente jóvenes. También transformó el valor científico de la cohorte: seguir a esos participantes permitía observar cambios biológicos antes de que la enfermedad fuera visible en la vida cotidiana.
La colaboración con investigadores de otros países amplió el alcance del proyecto. Entre ellos estuvo Kenneth Kosik, neurólogo y neurocientífico estadounidense, quien trabajó durante años junto al grupo colombiano. Lo que había empezado con consultas en Medellín y viajes por municipios del norte del país comenzó a integrarse en estudios internacionales sobre biomarcadores, prevención y mecanismos de neurodegeneración.
La dimensión científica era enorme, pero la historia no puede contarse solo desde el laboratorio. Miles de personas aceptaron participar en estudios, controles, evaluaciones cognitivas y análisis genéticos. Muchas habían visto enfermar a padres, hermanos, tíos o abuelos a edades parecidas. Algunas conocían con crudeza el destino que podía esperarlas. Su colaboración no siempre prometía un beneficio individual inmediato; muchas veces estaba sostenida por una expectativa más sencilla y más difícil de medir: que hijos, nietos o generaciones futuras tuvieran una respuesta mejor.
Esa confianza fue una parte central del trabajo. Lopera y su equipo no estudiaban una población anónima, sino personas con nombres, parentescos y pérdidas acumuladas. En varios casos siguieron a distintas generaciones de una misma familia. La continuidad permitió construir una de las cohortes más importantes para investigar el Alzheimer hereditario, pero también dejó una enseñanza menos técnica: la ciencia clínica de largo plazo depende de relaciones humanas que no se improvisan.
Con el tiempo aparecieron hallazgos que renovaron las preguntas iniciales. Algunos portadores de la mutación desarrollaban síntomas mucho más tarde de lo esperado. El caso de Aliria Rosa Piedrahíta, portadora de la mutación PSEN1 E280A y de una variante protectora APOE3 Christchurch, se convirtió en una referencia internacional. Su evolución ayudó a explorar por qué algunos cerebros podían resistir durante años el avance clínico de una enfermedad que parecía biológicamente anunciada.
En los últimos años, Lopera recibió reconocimientos que confirmaron la relevancia mundial de su trabajo. En 2020 obtuvo el premio Bengt Winblad Lifetime Achievement y en 2024 recibió el Premio Potamkin, una de las distinciones más prestigiosas en investigación sobre enfermedades neurodegenerativas. Murió en Medellín el 10 de septiembre de 2024, a los 73 años, después de una trayectoria marcada por publicaciones, discípulos, colaboraciones y una relación sostenida con las comunidades que hicieron posible su obra.
Más de cuarenta años después de aquel primer paciente de Belmira, los investigadores siguen estudiando a muchas de las mismas familias. Algunas personas que participaron en los primeros trabajos ya no están. Otras continúan vinculadas a nuevos proyectos y a nuevas generaciones de científicos. La historia que Francisco Lopera empezó a escuchar en el norte colombiano todavía no terminó. Hoy se sigue escribiendo en los mismos lugares donde comenzó.