Arte & Cultura

Publicado el 31 de octubre de 2026

La historia del Dr. Fernando Ortiz Monasterio

El cirujano que fue a buscar a los niños que nadie operaba

En México desarrolló técnicas para tratar malformaciones complejas y organizó brigadas para atender a familias alejadas de los centros especializados. Su trabajo reunió investigación, enseñanza y décadas de atención en hospitales públicos.

La primera jornada fue en Tlaxcala. Los pacientes eran operados en el quirófano de una unidad móvil de la Secretaría de Salud. Fernando Ortiz Monasterio había reunido a un grupo de jóvenes cirujanos para atender a personas con fisuras del labio y el paladar que permanecían sin tratamiento. El proyecto tenía una ambición considerable: dedicar un año a cada estado de la República Mexicana.

En las comunidades había niños y adultos que desconocían las posibilidades de una intervención. A la distancia se sumaban las creencias sobre el origen de las malformaciones y las dificultades para encontrar atención especializada. En algunos recorridos participaron estudiantes de historia, antropología y sociología, que entrevistaban a las familias para conocer cómo vivían y entendían esas condiciones.

Para entonces, Ortiz Monasterio ya había pasado por hospitales estadounidenses y comenzado a formar especialistas en su país. Una parte importante de su actividad transcurriría en pequeños establecimientos y jornadas organizadas fuera de la capital.

Había nacido en Ciudad de México en 1923 y estudiado medicina en la Universidad Nacional Autónoma de México. Su formación quirúrgica continuó en el Hospital General. Después viajó a Estados Unidos: aprendió cirugía plástica con Truman Blocker en Galveston y amplió su preparación en Chicago y San Luis, donde se acercó a la reconstrucción de cabeza y cuello. En 1955 regresó al establecimiento donde había iniciado su entrenamiento.

Allí se ocupó de quemaduras, lesiones de la mano y anomalías congénitas. Los niños con fisuras labiopalatinas requerían una atención prolongada: cerrar el defecto era parte de un tratamiento que también debía considerar el habla, la dentición y el crecimiento facial.

Reunió profesionales para organizar una clínica multidisciplinaria en la que esas necesidades pudieran evaluarse juntas. Se incorporaron odontología, terapia del lenguaje, ortodoncia, genética, psicología y otras disciplinas. Las decisiones involucraban a las familias y exigían controles a lo largo de los años. El equipo fue ampliándose mientras recibía nuevos casos y estudiaba los resultados de los tratamientos.

Las primeras brigadas

La cantidad de personas sin atención llevó al grupo a organizar salidas hacia otras localidades. Ortiz Monasterio aportó recursos propios y convocó colegas para sostenerlas. A partir de 1968, la Secretaría de Salud facilitó instalaciones hospitalarias y personal local para realizar las jornadas en mejores condiciones de seguridad. El trabajo dependía de esa colaboración y de la participación de profesionales dispuestos a desplazarse.

También había preguntas que podían investigarse entre quienes habían crecido sin una operación. Con sus colaboradores estudió adultos con fisuras palatinas no tratadas y publicó observaciones sobre sus características. Examinar esos casos permitía conocer el desarrollo facial sin los efectos de las intervenciones realizadas durante la infancia y aportaba información para discutir las decisiones terapéuticas.

En 1975 publicó en Plastic and Reconstructive Surgery la experiencia de una unidad móvil destinada a detectar y atender anomalías craneofaciales. La organización de la asistencia fuera del hospital se convertía así en un trabajo que otros equipos podían conocer y discutir.

Las campañas continuaron con la participación de numerosos profesionales. En 1985, la Secretaría de Salud adoptó ese modelo mediante el Programa Nacional de Cirugía Extramuros. Una iniciativa que había requerido aportes personales y brigadas pequeñas adquiría una estructura institucional para extender su alcance.

Mientras tanto, en los quirófanos se estaban abriendo posibilidades para tratar malformaciones que comprometían el esqueleto de la cara. Algunas alteraban la posición de las órbitas y los maxilares; podían afectar la protección de los ojos, la respiración o la oclusión. Corregirlas requería trabajar cerca de la base del cráneo y coordinar conocimientos de distintas especialidades.

Fernando Ortiz Monasterio durante una intervención quirúrgica. Fotografía: Nicole Holmes.

Operaciones que exigían aprender juntos

El francés Paul Tessier tuvo un papel decisivo en el desarrollo de ese campo. Ortiz Monasterio reconocía su capacidad para abordar malformaciones graves que parecían inoperables. Viajó a París para trabajar con él y ambos compartieron intervenciones, experiencias y discusiones sobre las técnicas. En México reunió un equipo para desarrollar esa actividad.

Años después recordaría una operación de los setenta que le había llevado unas diez horas, siguiendo las líneas de una fractura Le Fort III para movilizar la parte media de la cara. En 2010 comparaba aquella duración con las tres horas que necesitaban entonces. En el Hospital General “Dr. Manuel Gea González”, donde había desarrollado el servicio de cirugía plástica y reconstructiva, el grupo ya realizaba esas intervenciones regularmente.

Sus aportes quedaron registrados en publicaciones realizadas con distintos colaboradores. En 1978, junto con Antonio Fuente del Campo y otros integrantes del equipo, describió el avance en monobloque: una técnica para desplazar las órbitas y la parte media facial en una pieza, combinada con el reposicionamiento frontal, para corregir alteraciones del síndrome de Crouzon. El procedimiento permitió abordar conjuntamente estructuras óseas que necesitaban desplazarse hacia adelante.

Otra línea de trabajo buscaba alargar mandíbulas insuficientemente desarrolladas. Junto con Fernando Molina, adaptó procedimientos de distracción ósea: después de un corte controlado, un dispositivo separaba gradualmente los segmentos y permitía que se formara hueso nuevo. Los principios procedían de experiencias previas en ortopedia y estaban siendo estudiados por diferentes grupos para su aplicación facial.

En 1995, ambos publicaron una modificación de la técnica mandibular. Su contribución se incorporó a un desarrollo internacional que amplió las alternativas de reconstrucción. Los resultados requerían evaluación clínica y seguimiento; la posibilidad de modificar el esqueleto durante el crecimiento planteaba nuevas decisiones sobre cuándo intervenir y cómo hacerlo.

No todas sus experiencias alcanzaron el objetivo buscado. En una entrevista de 1997 contó que había reparado una fisura labial dentro del útero intentando evitar la cicatriz. Reconoció que no lo había conseguido y que el procedimiento había sido muy riesgoso. Después de esa intervención sostuvo una posición más restrictiva sobre la justificación de operar durante la vida fetal.

Su actividad docente también incluía lecturas y visitas para conocer murales. Le preocupaba que los residentes ampliaran su formación cultural mientras aprendían a resolver problemas clínicos. Él conservaba intereses en la literatura, el arte y la historia, que aparecían con frecuencia en sus conversaciones.

Murió el 31 de octubre de 2012, a los 89 años, después de formar sucesivas generaciones de especialistas y trabajar en el Gea González hasta sus últimos años.

Dos años antes le habían preguntado qué era lo mejor que le había dado la medicina. Eligió hablar de la atención, la investigación y la enseñanza. Su longevidad, explicó, le había permitido “seguir a largo plazo los resultados del trabajo clínico” y “aprender permanentemente”. Después de décadas de operaciones, todavía quería saber cómo les había ido a las personas que había tratado.



Fuentes consultadas:

  • Álvarez Cordero R. Fernando Ortiz Monasterio. Revista de la Facultad de Medicina UNAM. 2010;53(4):30-32. Entrevista.
  • Santamaría Linares E. Dr. Fernando Ortiz Monasterio. Dermatología Cosmética, Médica y Quirúrgica. 2013;11(1):68-69. Semblanza biográfica.
  • Ortiz-Monasterio F. A mobile unit for the detection and care of craniofacial anomalies. Plastic and Reconstructive Surgery. 1975;55(2):186-189. Artículo original.
  • Ortiz-Monasterio F, del Campo AF, Carrillo A. Advancement of the orbits and the midface in one piece, combined with frontal repositioning, for the correction of Crouzon’s deformities. Plastic and Reconstructive Surgery. 1978;61(4):507-516. Artículo original.
  • Molina F, Ortiz Monasterio F. Mandibular elongation and remodeling by distraction: a farewell to major osteotomies. Plastic and Reconstructive Surgery. 1995;96(4):825-840. Artículo original.
  • Colegio Mexicano de Fisuras Labiopalatinas. Historia de la atención multidisciplinaria y las brigadas quirúrgicas en México. Reseña institucional.
  • Gallegos E. Fernando Ortiz Monasterio, cirujano plástico. La Jornada. 21 de diciembre de 1997. Entrevista.