La actividad física durante la infancia y la adolescencia es uno de los hábitos con mayor impacto sobre la salud presente y futura. Sus beneficios exceden la condición física: alcanza el desarrollo óseo y muscular, el rendimiento cognitivo, la salud mental, el sueño y la adquisición de habilidades sociales.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP) coinciden en un mensaje central: cualquier cantidad de movimiento es mejor que ninguna y, a medida que aumenta la actividad, también lo hacen sus beneficios. El objetivo no es convertir a todos los niños en deportistas, sino garantizar oportunidades cotidianas para jugar, desplazarse y realizar actividades apropiadas para su edad, sus capacidades y sus preferencias.
Una intervención que protege la salud integral
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La práctica regular mejora la capacidad cardiorrespiratoria, la presión arterial, el perfil lipídico y el control glucémico. También contribuye a prevenir el exceso de peso y reduce el riesgo de desarrollar tempranamente factores vinculados con enfermedades cardiovasculares y diabetes tipo 2.
Durante la niñez y la adolescencia, las actividades con carga e impacto —como correr, saltar o trepar— representan una oportunidad decisiva para alcanzar un adecuado pico de masa ósea. Al mismo tiempo, el movimiento mejora la fuerza, la coordinación, el equilibrio y las habilidades motoras necesarias para una vida activa.
Los efectos también alcanzan al cerebro. Los niños y adolescentes físicamente activos muestran mejores indicadores de atención, memoria de trabajo y funciones ejecutivas. La actividad no compite con el aprendizaje escolar: la evidencia disponible indica que puede favorecerlo. Además, se asocia con menos síntomas depresivos y ansiosos, mejor autoestima y mayor calidad del sueño.
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Dominio
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Beneficios principales
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Cardiometabólico
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Mejor capacidad cardiorrespiratoria, presión arterial, perfil lipídico y control glucémico
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Óseo y muscular
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Mayor fuerza, coordinación y desarrollo de la masa ósea
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Cognición
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Mejor atención, memoria de trabajo y funciones ejecutivas
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Salud mental
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Menos síntomas de ansiedad y depresión; mejor autoestima y sueño
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Habilidades sociales
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Cooperación, comunicación, respeto por reglas y tolerancia a la frustración
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Inclusión
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Participación, autonomía y construcción de vínculos entre pares
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¿Cuánto movimiento necesitan?
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En la primera infancia la prioridad es ofrecer múltiples oportunidades de movimiento distribuidas a lo largo del día. El juego en el piso, la exploración, las caminatas, las actividades al aire libre y la interacción con adultos y pares favorecen el desarrollo motor. Deben evitarse los períodos prolongados de inmovilización y procurar que las pantallas no desplacen al juego, el sueño ni el vínculo familiar.
Entre los 5 y los 17 años, la recomendación es acumular un promedio de al menos 60 minutos diarios de actividad física de intensidad moderada a vigorosa a lo largo de la semana, principalmente aeróbica. Tres días por semana deben incorporarse actividades vigorosas y otras que fortalezcan músculos y huesos.
Los 60 minutos no necesitan ser continuos. Pueden sumarse el traslado activo a la escuela, el recreo, la clase de educación física, el juego libre y la práctica deportiva. Una o dos clases escolares semanales resultan insuficientes por sí solas; el movimiento cotidiano y las oportunidades fuera de la escuela completan la recomendación.
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Etapa
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Objetivo principal
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Ejemplos
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Primera infancia
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Juego activo varias veces al día; evitar inmovilización prolongada
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Gatear, correr, saltar, trepar, bailar, jugar al aire libre
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5 a 17 años
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Promedio de 60 minutos diarios de intensidad moderada a vigorosa
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Juegos activos, bicicleta, natación, danza, deportes
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Al menos 3 días por semana
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Actividad vigorosa y fortalecimiento muscular y óseo
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Correr, saltar, escalar, gimnasia, deportes con impacto
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Intensidad, variedad y disfrute
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La intensidad puede estimarse de manera sencilla durante la anamnesis. En una actividad moderada aumentan la respiración y la frecuencia cardíaca, pero el niño todavía puede conversar; caminar a paso ligero, andar en bicicleta en terreno plano o bailar son ejemplos habituales. En una actividad vigorosa resulta difícil decir más que unas pocas palabras seguidas, como ocurre al correr, nadar a buen ritmo o participar intensamente en deportes de equipo.
No existe un deporte universalmente superior. En la infancia conviene priorizar la variedad y el disfrute: alternar actividades permite desarrollar distintas habilidades y aumenta la posibilidad de encontrar una práctica que pueda sostenerse. La especialización intensa antes de la pubertad no ofrece ventajas demostradas a largo plazo y puede incrementar las lesiones por sobreuso, el agotamiento y el abandono.
Antes de los 6 años, el juego libre y variado suele ser más adecuado que la estructuración deportiva formal. Entre los 6 y los 9 años pueden incorporarse deportes organizados simples con énfasis lúdico. Entre los 9 y los 12 años aumenta la capacidad para comprender reglas, roles y estrategias. En la adolescencia, cuando el abandono es más frecuente —en especial entre las mujeres—, respetar las preferencias y preservar el componente social puede resultar decisivo para la continuidad.
El deporte grupal y la construcción de habilidades
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El deporte en equipo amplifica algunos beneficios de la actividad física. Trabajar hacia un objetivo común, asumir un rol, respetar reglas, tolerar una derrota y celebrar logros compartidos son aprendizajes difíciles de reproducir con igual intensidad en otros ámbitos.
La pertenencia a un grupo puede fortalecer la autoestima, ampliar la red social y reducir el aislamiento. También crea oportunidades para desarrollar comunicación, liderazgo, empatía y cooperación. Sin embargo, estos efectos no dependen de competir ni de obtener resultados, sino de participar en un entorno que priorice el aprendizaje, el respeto y el disfrute.
El acompañamiento familiar influye de forma directa. Alentar el esfuerzo, respetar las indicaciones del entrenador y evitar que el resultado defina la experiencia favorecen la adherencia. La presión excesiva, las críticas constantes y los conflictos de los adultos alrededor de la competencia pueden transformar una práctica saludable en una fuente de angustia y abandono.
Un entorno seguro también es parte de la indicación
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Para que el deporte cumpla una función formativa debe desarrollarse en condiciones seguras. Las situaciones de violencia no siempre son evidentes: pueden expresarse mediante humillaciones, gritos, exclusión, ejercicio como castigo, presión para entrenar lesionado, discriminación, negligencia o conductas sexuales inapropiadas.
Una institución saludable cuenta con canales claros para plantear problemas, supervisión adecuada y adultos que promueven la participación de todos. Son señales de alarma que el niño vuelva sistemáticamente angustiado, tema no rendir, acumule lesiones, sea obligado a continuar pese al dolor o reciba mensajes que exijan mantener en secreto lo ocurrido.
Ante una sospecha, el pediatra debe escuchar al niño o adolescente en un clima de confianza, evitar la minimización y activar los canales institucionales, sanitarios o de protección que correspondan. Ningún logro deportivo justifica el daño.
La promoción desde la consulta pediátrica
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Preguntar por el movimiento debería formar parte de cada control de salud. No alcanza con saber si el paciente “hace deporte”: conviene indagar cuánto tiempo se mueve, con qué intensidad, qué actividades disfruta, cuánto permanece sentado y qué lugar ocupan las pantallas recreativas.
· Cuantificar la actividad. Estimar minutos por día y días por semana, sumando juego, educación física, deporte y traslados activos.
· Explorar barreras. Falta de tiempo, costos, inseguridad, estereotipos de género, discapacidad, vergüenza corporal o ausencia de espacios cercanos.
· Prescribir algo posible. Proponer cambios concretos y graduales vinculados con los intereses y recursos de cada familia.
· Revisar el entorno. Preguntar por el trato de entrenadores, la respuesta ante lesiones y el estado emocional asociado a la práctica.
· Adaptar, no excluir. La mayoría de las enfermedades crónicas y discapacidades requieren ajustar la modalidad o la intensidad, no suspender todo movimiento.
La constancia de salud puede aprovecharse como una instancia clínica para evaluar crecimiento, antecedentes cardiovasculares y musculoesqueléticos, detectar síntomas de alarma y orientar la actividad. No debería funcionar como una barrera burocrática ni como sinónimo de garantía absoluta: la responsabilidad por una práctica segura es compartida por la familia, la institución y los profesionales a cargo.
La actividad física regular es una necesidad del desarrollo y una intervención preventiva con beneficios cardiovasculares, metabólicos, óseos, cognitivos y emocionales. Desde los 5 años, el objetivo es alcanzar un promedio de al menos 60 minutos diarios de intensidad moderada a vigorosa, con actividades que fortalezcan músculos y huesos al menos tres veces por semana.
La cantidad importa, pero no es el único criterio. La práctica debe ser variada, disfrutable, inclusiva y segura. Incorporar preguntas específicas, reconocer barreras y acordar recomendaciones realistas permite que la consulta pediátrica transforme una pauta general en un hábito posible para cada niño y cada familia.
Acceda al artículo completo: Actividad física en niños, niñas y adolescentes
*Dr. Rodrigo Matamoros. Médico pediatra. Diplomatura Universitaria Superior en Vacunología.
Publicado el 9 de agosto de 2026
Movimiento y desarrollo
Crecer activos: cuánto y cómo deben moverse niños y adolescentes
La práctica regular favorece la salud cardiovascular, ósea, cognitiva y emocional desde los primeros años. La consulta pediátrica ofrece una oportunidad concreta para detectar el sedentarismo y orientar a las familias.
La actividad física durante la infancia y la adolescencia es uno de los hábitos con mayor impacto sobre la salud presente y futura. Sus beneficios exceden la condición física: alcanza el desarrollo óseo y muscular, el rendimiento cognitivo, la salud mental, el sueño y la adquisición de habilidades sociales.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP) coinciden en un mensaje central: cualquier cantidad de movimiento es mejor que ninguna y, a medida que aumenta la actividad, también lo hacen sus beneficios. El objetivo no es convertir a todos los niños en deportistas, sino garantizar oportunidades cotidianas para jugar, desplazarse y realizar actividades apropiadas para su edad, sus capacidades y sus preferencias.
Una intervención que protege la salud integral
La práctica regular mejora la capacidad cardiorrespiratoria, la presión arterial, el perfil lipídico y el control glucémico. También contribuye a prevenir el exceso de peso y reduce el riesgo de desarrollar tempranamente factores vinculados con enfermedades cardiovasculares y diabetes tipo 2.
Durante la niñez y la adolescencia, las actividades con carga e impacto —como correr, saltar o trepar— representan una oportunidad decisiva para alcanzar un adecuado pico de masa ósea. Al mismo tiempo, el movimiento mejora la fuerza, la coordinación, el equilibrio y las habilidades motoras necesarias para una vida activa.
Los efectos también alcanzan al cerebro. Los niños y adolescentes físicamente activos muestran mejores indicadores de atención, memoria de trabajo y funciones ejecutivas. La actividad no compite con el aprendizaje escolar: la evidencia disponible indica que puede favorecerlo. Además, se asocia con menos síntomas depresivos y ansiosos, mejor autoestima y mayor calidad del sueño.
Dominio
Beneficios principales
Cardiometabólico
Mejor capacidad cardiorrespiratoria, presión arterial, perfil lipídico y control glucémico
Óseo y muscular
Mayor fuerza, coordinación y desarrollo de la masa ósea
Cognición
Mejor atención, memoria de trabajo y funciones ejecutivas
Salud mental
Menos síntomas de ansiedad y depresión; mejor autoestima y sueño
Habilidades sociales
Cooperación, comunicación, respeto por reglas y tolerancia a la frustración
Inclusión
Participación, autonomía y construcción de vínculos entre pares
¿Cuánto movimiento necesitan?
En la primera infancia la prioridad es ofrecer múltiples oportunidades de movimiento distribuidas a lo largo del día. El juego en el piso, la exploración, las caminatas, las actividades al aire libre y la interacción con adultos y pares favorecen el desarrollo motor. Deben evitarse los períodos prolongados de inmovilización y procurar que las pantallas no desplacen al juego, el sueño ni el vínculo familiar.
Entre los 5 y los 17 años, la recomendación es acumular un promedio de al menos 60 minutos diarios de actividad física de intensidad moderada a vigorosa a lo largo de la semana, principalmente aeróbica. Tres días por semana deben incorporarse actividades vigorosas y otras que fortalezcan músculos y huesos.
Los 60 minutos no necesitan ser continuos. Pueden sumarse el traslado activo a la escuela, el recreo, la clase de educación física, el juego libre y la práctica deportiva. Una o dos clases escolares semanales resultan insuficientes por sí solas; el movimiento cotidiano y las oportunidades fuera de la escuela completan la recomendación.
Etapa
Objetivo principal
Ejemplos
Primera infancia
Juego activo varias veces al día; evitar inmovilización prolongada
Gatear, correr, saltar, trepar, bailar, jugar al aire libre
5 a 17 años
Promedio de 60 minutos diarios de intensidad moderada a vigorosa
Juegos activos, bicicleta, natación, danza, deportes
Al menos 3 días por semana
Actividad vigorosa y fortalecimiento muscular y óseo
Correr, saltar, escalar, gimnasia, deportes con impacto
Intensidad, variedad y disfrute
La intensidad puede estimarse de manera sencilla durante la anamnesis. En una actividad moderada aumentan la respiración y la frecuencia cardíaca, pero el niño todavía puede conversar; caminar a paso ligero, andar en bicicleta en terreno plano o bailar son ejemplos habituales. En una actividad vigorosa resulta difícil decir más que unas pocas palabras seguidas, como ocurre al correr, nadar a buen ritmo o participar intensamente en deportes de equipo.
No existe un deporte universalmente superior. En la infancia conviene priorizar la variedad y el disfrute: alternar actividades permite desarrollar distintas habilidades y aumenta la posibilidad de encontrar una práctica que pueda sostenerse. La especialización intensa antes de la pubertad no ofrece ventajas demostradas a largo plazo y puede incrementar las lesiones por sobreuso, el agotamiento y el abandono.
Antes de los 6 años, el juego libre y variado suele ser más adecuado que la estructuración deportiva formal. Entre los 6 y los 9 años pueden incorporarse deportes organizados simples con énfasis lúdico. Entre los 9 y los 12 años aumenta la capacidad para comprender reglas, roles y estrategias. En la adolescencia, cuando el abandono es más frecuente —en especial entre las mujeres—, respetar las preferencias y preservar el componente social puede resultar decisivo para la continuidad.
El deporte grupal y la construcción de habilidades
El deporte en equipo amplifica algunos beneficios de la actividad física. Trabajar hacia un objetivo común, asumir un rol, respetar reglas, tolerar una derrota y celebrar logros compartidos son aprendizajes difíciles de reproducir con igual intensidad en otros ámbitos.
La pertenencia a un grupo puede fortalecer la autoestima, ampliar la red social y reducir el aislamiento. También crea oportunidades para desarrollar comunicación, liderazgo, empatía y cooperación. Sin embargo, estos efectos no dependen de competir ni de obtener resultados, sino de participar en un entorno que priorice el aprendizaje, el respeto y el disfrute.
El acompañamiento familiar influye de forma directa. Alentar el esfuerzo, respetar las indicaciones del entrenador y evitar que el resultado defina la experiencia favorecen la adherencia. La presión excesiva, las críticas constantes y los conflictos de los adultos alrededor de la competencia pueden transformar una práctica saludable en una fuente de angustia y abandono.
Un entorno seguro también es parte de la indicación
Para que el deporte cumpla una función formativa debe desarrollarse en condiciones seguras. Las situaciones de violencia no siempre son evidentes: pueden expresarse mediante humillaciones, gritos, exclusión, ejercicio como castigo, presión para entrenar lesionado, discriminación, negligencia o conductas sexuales inapropiadas.
Una institución saludable cuenta con canales claros para plantear problemas, supervisión adecuada y adultos que promueven la participación de todos. Son señales de alarma que el niño vuelva sistemáticamente angustiado, tema no rendir, acumule lesiones, sea obligado a continuar pese al dolor o reciba mensajes que exijan mantener en secreto lo ocurrido.
Ante una sospecha, el pediatra debe escuchar al niño o adolescente en un clima de confianza, evitar la minimización y activar los canales institucionales, sanitarios o de protección que correspondan. Ningún logro deportivo justifica el daño.
La promoción desde la consulta pediátrica
Preguntar por el movimiento debería formar parte de cada control de salud. No alcanza con saber si el paciente “hace deporte”: conviene indagar cuánto tiempo se mueve, con qué intensidad, qué actividades disfruta, cuánto permanece sentado y qué lugar ocupan las pantallas recreativas.
· Cuantificar la actividad. Estimar minutos por día y días por semana, sumando juego, educación física, deporte y traslados activos.
· Explorar barreras. Falta de tiempo, costos, inseguridad, estereotipos de género, discapacidad, vergüenza corporal o ausencia de espacios cercanos.
· Prescribir algo posible. Proponer cambios concretos y graduales vinculados con los intereses y recursos de cada familia.
· Revisar el entorno. Preguntar por el trato de entrenadores, la respuesta ante lesiones y el estado emocional asociado a la práctica.
· Adaptar, no excluir. La mayoría de las enfermedades crónicas y discapacidades requieren ajustar la modalidad o la intensidad, no suspender todo movimiento.
La constancia de salud puede aprovecharse como una instancia clínica para evaluar crecimiento, antecedentes cardiovasculares y musculoesqueléticos, detectar síntomas de alarma y orientar la actividad. No debería funcionar como una barrera burocrática ni como sinónimo de garantía absoluta: la responsabilidad por una práctica segura es compartida por la familia, la institución y los profesionales a cargo.
Conclusiones
La actividad física regular es una necesidad del desarrollo y una intervención preventiva con beneficios cardiovasculares, metabólicos, óseos, cognitivos y emocionales. Desde los 5 años, el objetivo es alcanzar un promedio de al menos 60 minutos diarios de intensidad moderada a vigorosa, con actividades que fortalezcan músculos y huesos al menos tres veces por semana.
La cantidad importa, pero no es el único criterio. La práctica debe ser variada, disfrutable, inclusiva y segura. Incorporar preguntas específicas, reconocer barreras y acordar recomendaciones realistas permite que la consulta pediátrica transforme una pauta general en un hábito posible para cada niño y cada familia.
Acceda al artículo completo: Actividad física en niños, niñas y adolescentes
*Dr. Rodrigo Matamoros. Médico pediatra. Diplomatura Universitaria Superior en Vacunología.