Medical News

/ Published on February 18, 2006

Santiago Kovadloff

Contra la alienación imperante.

Estrategias para educar en un mundo complejo.

"La culpa no la tiene el chancho, sino quien le da de comer", asegura con invicta sensatez el viejo dicho. Y su vigencia vuelve a verse ratificada cuando su sentido se aplica al mundo de la televisión.

Hace pocos meses, un directivo del la TF1, la principal cadena francesa, provocó un inesperado escándalo al declarar que "la función de la televisión es vender tiempo del cerebro humano a los anunciantes". Entre quienes lo criticaron con acritud figuran muchos de sus colegas. Ellos le recordaron, más que molestos, que los buenos negocios exigen eficacia y discreción, antes que un brote puberil de franqueza.

Tan francés como el ejecutivo de la TF1, aunque situado resueltamente en la orilla opuesta, es el politólogo François-Bernard Huyghe, quien se ha destacado como investigador en el área de los medios de comunicación masiva. Huyendo de las fáciles tentaciones a que induce la confrontación maniquea, Huyghe sostiene que hay dos posicionamientos igualmente estériles en materia de televisión. Uno consiste en cerrar los ojos y hacer como si ella no existiera. El otro, en creer bovinamente que lo real se reduce a lo que muestra la pantalla.

¿Qué propone Huyghe? "En las escuelas, además de enseñar a leer y escribir, habría que enseñar a ver televisión". Los términos que emplea el pensador son sencillos pero su idea es osada y compleja. El énfasis con que sugiere desarrollar esta nueva disciplina escolar acaso deje de parecer desmedido si se atiende al hecho de que ya son incontables los países donde ver televisión es, después de trabajar y dormir, la actividad a la que más tiempo dedica la mayoría de las personas.

Enseñar a ver televisión puede querer decir muchas cosas. Una de ellas es aprender a poner al descubierto las intenciones de quienes, con éxito innegable, han persuadido a la gente de que sólo mirando la pantalla se accede a lo que pasa. Herederos de los antiguos alquimistas, los anunciantes saben cómo transformar lo líquido en sólido, el vil metal en oro y lo prescindible en necesario. El homo videns de Sartori ha desplazado al ego cogito de Descartes.

Niños auténticamente alfabetizados serían así, para François-Bernard Huyghe, aquéllos que, además de aprender su idioma, fueran capaces, como televidentes, de cultivar el buen gusto y la lucidez crítica. Aquéllos que pudieran reconocer, en lo que ven por televisión, a quienes los miran, es decir las intenciones con que se los convoca a dejarse ganar por las imágenes que desfilan por esa pantalla nunca tan bien caracterizada como "chica" como cuando se piensa en su irresponsabilidad educativa.

Puede que ya se lo sepa pero nada desaconseja repetirlo una vez más: el apego enfermizo a la televisión es una variable de la alienación imperante en buena parte de los hábitos públicos y privados de una época que nos acostumbró a dar por cierto que lo que sobra son personas y lo que falta son consumidores.

"La desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas". A los que descreen de la juventud hay que advertirles que esta frase la elaboró un muchacho de veintiséis años. A quienes, por su parte, presumen que sólo es bueno lo que es nuevo, conviene recordarles que fue redactada hacia 1844. Su autor se llamaba Karl Marx.

Al querer hacer del arte de ver televisión una materia del proceso de educación básica, lo que Huyghe propone es extender los recursos de capacitación crítica a uno de los campos en los que hoy, junto con el de la computación, se concentra la mayor parte de la demanda social de información y entretenimiento y, por lo tanto, de las estrategias del poder empeñado en la manipulación de las voluntades. A mediano y largo plazo, la caída libre en la enajenación subjetiva no podrá, en esta cuestión, ser revertida de otro modo.

Por Santiago Kovadloff

 

Entrevista a Francois - Bernard Huyghe:

Como hacen los entomólogos cuando estudian a los insectos, François-Bernard Huyghe mira la televisión, lee los diarios, navega por Internet y habla con la gente como si tuviera una lupa en la mano, tratando de comprender el comportamiento del “consumidor de informaciones e imágenes”.

Huyghe es uno de los pocos que pueden presentarse como “mediólogo”, nueva categoría profesional inventada por su amigo Regis Debray cuando fundó la revista Cuadernos de Mediología, que acaba de ser rebautizada Medium. Doctor en Ciencias Políticas, este francés de 54 años es autor de siete libros sobre los mass media. Fue profesor en la Sorbona y, desde hace lustros, investiga el poder que tienen los medios masivos de difusión.

En su último libro, “Comprender el poder estratégico de los medios”, explica su enorme capacidad de influencia para modificar el comportamiento de la sociedad. La mejor prueba, a su juicio, es una boutade que circula en el Pentágono: “La próxima guerra no la ganará el que tenga mejores bombas, sino el que mejor utilice los medios de comunicación”.

–Parece que ver televisión se ha convertido en la primera actividad del hombre moderno.

El consumo de televisión es la principal actividad del hombre después del sueño y del trabajo, lo que representa un enorme fenómeno social. En Francia, un país de bajo consumo en comparación con Estados Unidos o América latina, el promedio es de tres horas y cuarto por día. Recientemente, un directivo de la principal cadena francesa, TF1, provocó un gran escándalo al decir que la función de la televisión era vender tiempo de cerebro humano a los anunciantes. Aunque se trata de una definición moralmente chocante, no constituye una sorpresa, porque traduce una realidad. El poder es ocupar el tiempo de la gente. La ocupación de nuestro tiempo por parte de la TV empieza a tener proporciones inquietantes.

-¿Por qué la gente mira televisión?

Es una compañía. Además, nos da placer. Es una manera sencilla de masajearse las neuronas cuando uno está muy cansado. También es un escape contra la soledad y el tedio. Es un gran unificador social: todos a la misma hora hacen lo mismo. Pero no hay que caer en la simplificación ni diabolizarla. Yo no formulo juicios de valor. No lo analizo en términos morales. Es evidente que soy un hombre de libros. Aunque mire televisión, no es el ideal que profeso como instrumento de "ocupación del cerebro". Tampoco tiene sentido saber si la televisión es un vehículo de la ideología dominante. La cuestión esencial es que la televisión consolidó su poder como la gran institución social de la vida moderna por su capacidad de reorganización.

-¿Qué significa eso?

Un acontecimiento sólo se produce, sólo existe, a partir del momento en que es validado por su aparición en la televisión. Antes, una persona escribía un libro, accedía a la celebridad, y entonces tenía la posibilidad de ser convocada por la televisión. Actualmente la ecuación es al revés: un personaje es célebre porque aparece en televisión y, por lo tanto, debe escribir un libro, que, naturalmente, tiene todas las posibilidades de ser comentado por televisión.

-Y, desde luego, la televisión también transformó la vida política.

En un país como Francia, donde siempre fueron importantes la ideología, los libros y los discursos, los partidos se convirtieron en máquinas que se limitan a producir candidatos "telegénicos". El ritmo de la vida política no está dado, como antes, por las elecciones, los debates parlamentarios o la discusión programática, sino por el noticiero de la noche, la aparición mediática y el juego de la apariencia y de la presencia. Es decir, por la capacidad de ocupar la pantalla la mayor cantidad de tiempo posible. Se trata de una grave disfunción.

-¿La televisión es un prisma que deforma y, por lo tanto, amplifica virtudes y defectos de los políticos?

Es verdad que penaliza a quienes carecen de condiciones "telegénicas". La televisión emite imágenes. Las imágenes no muestran el pasado ni permiten ver las ideas. Producen emociones. El inconveniente reside en que el espectador no posee todos los instrumentos necesarios para decodificar lo que escucha y lo que ve. En las escuelas, además de enseñar a leer y escribir, habría que enseñar a ver televisión. Numerosas organizaciones internacionales preconizan la alfabetización en materia mediática. Pero la verdad es que nuestra formación, basada en la cultura de lo escrito, no está adaptada para captar los códigos y parámetros de un mensaje televisivo. Para eso sería necesario desencriptar la imagen o conocer su historia. En un noticiero, es lícito preguntarse por qué eligieron ese tema y esa imagen entre decenas de otras, qué nos transmiten con esa imagen, por qué la montaron de esa manera y por qué escribieron ese comentario. También tiene su importancia conocer un poco acerca de la producción y de la fabricación del producto.

-¿Cuánto cambiaron al hombre los medios de información masiva?

Enormemente. Por lo pronto, cambió nuestra relación con el resto del planeta, porque eliminó o, por lo menos, relativizó las distancias. En ese sentido, el mundo se transformó realmente en una "aldea global", como decía Marshall McLuhan. Por una parte, es positivo que estemos informados y seamos sensibles a la guerra, la miseria, las masacres, los padecimientos y las tragedias. Pero, al mismo tiempo, poco a poco se produce un efecto nivelador en el que todo es igual y termina por crear una actitud distante.

-¿De qué manera Internet está incidiendo en el panorama?

El fenómeno es arrollador, y aún no terminó de mostrar todo su potencial. Internet va a cambiar enormemente el comportamiento del consumidor y el del protagonista. El punto de ruptura con respecto a los otros medios es la interactividad.

-¿Es el mismo atractivo que tienen los videojuegos?

En gran medida. En esto también hay un factor de participación que no ofrecen los otros medios. En un videojuego yo puedo dirigir a un caballero que, gracias a mi destreza, cada vez más perfecta, puede superar los obstáculos que se le presentan. Los video-juegos manejan presupuestos mayores que el cine, ocupan más tiempo de cerebro que el cine y vehiculan otros modelos culturales. Sin embargo, en el caso de Internet, las variantes y las perspectivas de progresión son todavía mayores? A diferencia del televidente, que tiene una actitud pasiva frente a la pantalla, el internauta interviene y puede modificar los contenidos, navega, dialoga con otras personas. Incluso puede participar en la información y modificarla. Hasta puede crearla.

-¿Se está refiriendo a los "blogs"?

Sí. Es un fenómeno de dimensiones incalculables e imprevisibles. Creo que se crean 30.000 "blogs" por día, uno cada tres segundos, cifra que merece verificación, pero que nos da una idea aproximada de las dimensiones que tiene el fenómeno. Ante todo fenómeno de dimensiones colosales, como ése, siempre hay un precio por pagar.

-¿Cuál es, en este caso?

El exceso de información, en primer lugar. En segundo término, la insignificancia: el 99 por ciento de esos "blogs" no tiene ningún interés. Detrás de esta explosión hay un fenómeno de narcisismo de masas.

-A diferencia de los futurólogos, como Jacques Attali, usted no cree en un mundo mejor gracias a los medios.

Es uno de los debates cruciales en relación con el futuro, porque las tecnologías de comunicación y transmisión de una época determinan qué vamos a creer, cómo vamos a creerlo y con quién lo creeremos. Una de las claves es ver cómo vamos a desarrollar estrategias diferentes frente a la técnica. Detrás de ese concepto hay intereses políticos verdaderamente grandes que están en juego.

-Frente a los excesos de Internet, ¿es posible imaginar que en algún momento se llegará a un equilibrio razonable, o estamos frente a un fenómeno exponencial de descontrol?

La aparición de cada medio produjo, en su momento, un fenómeno que se llamó la "lógica del uso": la gente hacía un uso que no había sido previsto por sus creadores. El mejor ejemplo es el teléfono, que fue inventado para transmitir instrucciones a distancia y escuchar conciertos. Hoy vemos que el resultado es completamente diferente. Internet no fue inventado para enviar e-mails ni para que cada persona tuviera su "blog". La ecología mediática todavía no terminó de organizarse, sobre todo con relación a los otros medios. La "lógica del uso" todavía no terminó de operar. No es fácil imaginar el futuro porque sólo ahora comienzan a vislumbrarse las perspectivas que pueden resultar de la sinergia entre tecnología digital e Internet.

-El progreso de los medios ¿tuvo un impacto positivo en la sociedad? ¿La gente es más inteligente que antes?

Es inteligente de una manera diferente. El problema deriva de la pérdida de los mecanismos de comparación y análisis que conducían a la formación del pensamiento. Ahora, por usar la terminología de las computadoras, el riesgo consiste en que hay una inteligencia "copiar-pegar" en la que no existe, sobre todo, la confrontación. También hay una pérdida de respeto por la propiedad intelectual: algunos internautas se apropian de párrafos enteros sin respeto por el autor, creyendo que, como los encontraron en la Red, lo pensaron y, por lo tanto, la idea les pertenece. El aspecto positivo es que Internet permite una reorganización permanente del pensamiento y crea una inteligencia colectiva. Un fenómeno sobre el que se habla poco con relación a Internet es la aparición de la cultura de la donación. El "propietario" de una idea o de una información tiene una fuerte tendencia a compartirla, y lo hace a través de la Red. El mejor ejemplo es, acaso, la enciclopedia Wikipedia, que se enriquece gracias a la participación espontánea de los internautas. La única recompensa de ese gesto es la satisfacción de haber participado en una obra colectiva, planetaria, del saber.

Por Luisa Corradini
Fuente: diario "La Nación"

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