La oncogeriatría es una disciplina médica emergente que se enfoca en el diagnóstico y tratamiento del cáncer en adultos mayores. Esta población presenta características únicas, como la fragilidad, las comorbilidades, ña polifarmacia y el declive funcional, que influyen directamente en la tolerancia a los tratamientos oncológicos y en su pronóstico.
El objetivo principal de la oncogeriatría no es simplemente extender la supervivencia, sino optimizar la calidad de vida, preservando la funcionalidad y la autonomía del paciente. Para ello, se realiza una evaluación geriátrica integral, una herramienta multidimensional que valora aspectos más allá de la edad cronológica, como el estado cognitivo, nutricional, emocional y el apoyo social, permitiendo así estratificar el riesgo y personalizar las decisiones terapéuticas.
Esta aproximación integral permite clasificar a los pacientes en tres categorías:
- robustos,
- vulnerables,
- frágiles.
Dicha estratificación es crucial para decidir entre opciones de tratamiento estándar, adaptadas o exclusivamente paliativas, evitando tanto el sobretratamiento como el infratratamiento. La colaboración multidisciplinar entre oncólogos, geriatras, enfermería especializada, fisioterapeutas y trabajadores sociales es la base de este modelo de atención.
El futuro de la oncogeriatría pasa por la integración sistemática de la EGI en la práctica clínica habitual y el desarrollo de más investigación centrada en esta población, tradicionalmente infrarrepresentada en los ensayos clínicos, para generar evidencia que guíe el manejo óptimo del cáncer en el envejecimiento.
Para llevar a cabo la estratificación del paciente, la oncogeriatría se apoya en una variedad de herramientas validadas, conocidas como scores o índices de fragilidad. Estos instrumentos van más allá de la edad y la evaluación clínica convencional, cuantificando objetivamente la reserva funcional y la vulnerabilidad de un individuo.
Algunos de los más utilizados en la práctica clínica incluyen el CGA (Comprehensive Geriatric Assessment), que es la evaluación de referencia, aunque es compleja y requiere tiempo; el G8, un cuestionario de cribado rápido y muy sensible que identifica a pacientes que necesitan una evaluación geriátrica completa; la Escala de Fragilidad de Fried, que define la fragilidad basándose en cinco criterios físicos (pérdida de peso, fatigabilidad, debilidad, marcha lenta y baja actividad física); y el Índice de Frailty (IF) de Rockwood, que calcula un índice de acumulación de déficit, contando el número de déficits de salud presentes.
La elección del score adecuado depende del contexto, pero su aplicación sistemática es fundamental para predecir toxicidades, riesgo de complicaciones posquirúrgicas y mortalidad, permitiendo así una oncología de precisión adaptada a la biología del envejecimiento.
En oncologia, muchas veces se sobreestima el uso de los scores de fragilidad, comprometiendo la supervivencia global. Para esto se llevó a cabo un estudio prospectivo que investigó las preferencias de tratamiento en adultos mayores (≥65 años) con cáncer, específicamente si priorizan la calidad de vida o la supervivencia. Realizado en un centro oncológico comunitario, 181 pacientes completaron una evaluación geriátrica integral que incluía una pregunta validada sobre esta disyuntiva.
Los resultados mostraron que una mayor edad y el sexo femenino se asociaron significativamente con priorizar la calidad de vida. Contrario a lo que se podría suponer, las deficiencias funcionales, cognitivas o psicosociales no influyeron en esta preferencia.

Un hallazgo central de este estudio es que priorizar la calidad de vida no se asoció con una peor supervivencia global, desafiando la suposición de que optar por cuidados menos agresivos conlleva necesariamente peores resultados. La recepción del tratamiento estándar sí mejoró la supervivencia, mientras que un estado ECOG 3-4 predijo peores desenlaces.
Los autores concluyen que estos resultados respaldan la integración de la evaluación geriátrica y las discusiones basadas en los valores del paciente en la toma de decisiones oncológicas, subrayando la importancia de una atención individualizada que respete las prioridades de las personas mayores.