La subespecialización ha surgido como una insoslayable necesidad de la humanamente limitada capacidad individual para enfrentar el avasallante y a veces anárquico progreso evolutivo del conocimiento médico.
Esta realidad torna actualmente impracticable la reaparición del legendario médico que desde su abarcativa universal intentaba resolver, con mayor o menor fortuna, las diversas facetas patológicas del paciente.
Las nuevas condiciones científicas y sociales con su complejidad, hacen abortar cualquier intento respecto a su resurrección y en un sentido es bueno que así suceda, ya que reducen el margen de improvisación y empirismo con que otrora se cubrían las lagunas técnicas. Sin embargo, esta saludable orientación se ha visto opacada por una progresiva pérdida de la visión totalizadora del hombre enfermo por parte del profesional moderno en todas y cada una de las disciplinas actuales de la ciencia médica.
Sería polémico analizar las causas subyacentes que impulsan a esta actitud, personalmente consideramos que las mismas responden primariamente a una deficiente formación humanística y a la natural tendencia focalizante que orienta a toda subespecialización. En tal sentido, hasta la reciente y esperanzada reacción manifestada en el concepto de "Medicina Familiar", ha sido infectada por la misma tendencia.
¿ Cuál es pues el camino del cambio?. Creemos que no es el del retorno nostálgico al pasado, ni el del cuestionamiento cuantitativo de la división de las disciplinas, sino que el mismo pasa por una profunda y sincera revisión de la estructura mental individual de cada uno de nosotros en su área de competencia, de modo que en la práctica diaria no deleguemos en nuestros colegas la obligación que nos cabe singularmente de valorar al paciente como "persona", respetándola en su alteridad y evitando considerarla como un mero ente casuístico transitoriamente a cargo de nuestra especialidad.
En este sentido, es importante señalar que el común denominador como factor estresante que desempeña el ente patológico en cualquiera de las variantes en que se presente, genera una respuesta universal que si bien es de carácter cualitativamente inexcluyente, varía en su intensidad e influencia sobre la evolución clínica de cada individuo, al ser condicionada por factores endógenos ( personalidades neuróticas, dependencias tóxicológicas, psicosis no tratadas) y factores externos ( inseguridad terapéutica, falta de contención familiar o institucional).
Si bien lo señalado es patrimonio de cualquier rama de la medicina asistencial, cobra especial relieve dentro de la especialidad que nos ocupa, tanto en el terreno traumatológico como en el ortopédico. En el primero, merced a su característica imprevisibilidad, se considera que entre el 10 y el 20% de las víctimas de accidentes de tránsito, siniestros laborales y hechos delictivos se verán afectadas de un importante desorden por stress postraumático.
Este alto nivel de incidencia unido al deficiente conocimiento y valoración del mismo por parte del personal médico y auxiliar involucrado en la atención del traumatizado, explicarían en gran parte la ocurrencia de resultados evolutivos desconcertantes derivados de diagnósticos acertados, indicaciones técnicas adecuadas y operatorias prolijas. Otro tanto puede afirmarse dentro del grupo de pacientes "ortopédicos", donde el efecto estresante de la "instantaneidad" del trauma es reemplazado por el derivado de una información retaceada e incompleta respecto a las alternativas que rodean y siguen a una intervención programada, con una incidencia negativa insoslayable sobre la evolución postquirúrgica y sus eventuales complicaciones.
Resulta ocioso extenderse sobre el análisis de las consecuencias implícitas en las evoluciones terapéuticas desafortunadas, con su cortejo de reoperaciones, secuelas funcionales, desgaste inevitable de la imagen profesional, incremento de costos sanitarios y amenaza latente de demanda por "mala praxis". Consideramos importante, en cambio, enfatizar respecto a la perentoria necesidad de entrenar nuestra mentalidad de especialistas para llegar a alcanzar una visión integradora de "respuesta automática" frente al enfermo que nos toca asistir, de modo que del diagnóstico necesariamente especializado derive una indicación terapéutica que conservando su especificidad técnica, tome en cuenta y se adapte a las condiciones psicofísicas de un paciente en posesión de una identidad ontológica y no meramente casuística, valorando sus inquietudes, despejando sus dudas y estimulando su protagonismo en la decisión adoptada.
En el plano institucional, la actual tendencia a la relación interdisciplinaria, debería facilitar para la mejor atención de nuestros pacientes traumatizados, el requerimiento de no solo las ya consabidas consultas clínicas y cardiológicas sino la de una rutinaria evaluación psicopatológica, tanto pre como postoperatoria que complemente y perfeccione el efecto logrado por nuestra actitud integradora. Por otra parte, en el medio hospitalario, esta responsabilidad que nos cabe como especialistas, no se agota en el paciente sino que trasciende hacia la obligación formativa de los médicos jóvenes a nuestro cargo, en quienes, por su mayor permeabilidad y falta de preconceptos, podremos inducir con mayor eficacia este anhelado cambio de mentalidad.
* El Dr. Luis Rijavec es Editor Responsable de Ortopedia y Traumatología