Noticias médicas

/ Publicado el 2 de junio de 2026

Si Colombia lo logra antes del 20 de junio

América Latina: a un paso de eliminar la mutilación genital femenina

¿Cómo nació y se sostuvo hasta hoy esta práctica en un subgrupo de la comunidad emberá? 

Autor/a: Claudia Nicolini

Fuente: IntraMed

Lo que se nos viene a la cabeza cuando se habla del tema es África, ¿verdad? Pero lo cierto es que, según la OMS, 31 países reconocían oficialmente en 2025 la persistencia de la mutilación genital femenina (MGF). La mayoría de ellos, sí, en algunas regiones de África; pero también en países de Oriente Medio y del sudeste asiático. En ese contexto, señalaba OMS, “más de 230 millones de niñas y mujeres vivas en la actualidad han sido sometidas a esta práctica, y se estima que más de 4 millones de niñas corren, anualmente, el riesgo de sufrirla” (los destacados son nuestros). Esa advertencia no incluía país alguno de América Latina, y sin embargo en Colombia la práctica se sostiene desde hace como muchísimos años. Imposible saber exactamente cuántos, porque –según informaba en febrero la filial colombiana del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) , los primeros casos se registraron oficialmente en 2007, detectados en algunos subgrupos de la comunidad emberá, un pueblo originario del occidente colombiano. Los datos “saltaron” cuando ingresaron a un centro médico dos niñas con una infección genital, consecuencia de la intervención. Ambas murieron. La notificación obligatoria del caso a las autoridades sanitarias y al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar rompió el silencio, pero no detuvo la  práctica: según informa también UNFPA Colombia, “desde 2020 y hasta febrero de 2026 el Instituto Nacional de Salud, a través de datos del SIVIGILA, ha registrado 216 casos de MGF”. Una advertencia: también informa UNFPA que la práctica no solo está presente en la comunidad emberá, sino que afecta “a mujeres de diferentes regiones del país, sin pertenencia étnica específica, en el contexto de agresiones sexuales y actos de violencia extrema contra su integridad y su vida”. “No obstante –agrega-, solo ciertas comunidades del pueblo indígena emberá la han reconocido públicamente y han asumido compromisos concretos para avanzar hacia su erradicación” (el destacado es nuestro). Gracias a ese compromiso de las comunidades, y después de mucho trabajo, si todo sale bien, se podrá contar con una ley que profundice las acciones en ese camino. Pero la ley está en riesgo

El proyecto y su intercultural antecedente

La primera iniciativa para prevenir legalmente la MGF se presentó en la Cámara de Representantes el 20 de julio de 2024; se sumó otra el 27 de agosto, se unificaron y pasaron al Senado como Proyecto 440 de 2025. La sanción está casi al alcance de la mano, pues en marzo de 2026 el proyecto, conocido como “Niñas sin ablación”, fue aprobado en forma unánime en el primer debate de comisión del Senado, y con ello quedó habilitado para continuar su recorrido. Pero vamos contrarreloj, explicó a IntraMed Nicolás Giraldo, director de Incidencia de Profamilia (PROFAM), organización sin ánimo de lucro que promueve y defiende los derechos sexuales y reproductivos en Colombia. “El cierre de la actual legislatura, el 20 de junio de 2026, plantea un riesgo inminente, ya que si el debate pendiente no se realiza dentro de este periodo la iniciativa se archivará, lo que obligaría a reiniciar todo el trámite legislativo, sin garantías de que el tema vuelva a ser priorizad –advirtió-. Ello implicaría una pérdida significativa del avance logrado y, sobre todo, una prolongación innecesaria de los riesgos que enfrentan mujeres, niñas y adolescentes (el destacado es nuestro)”.

Sería terrible. Haber llegado hasta aquí supuso un importante trabajo en busca de una propuesta no punitiva, como señaló durante los debates Jennifer Pedraza, una de las parlamentarias involucradas en el diseño del proyecto de ley. “No quisimos convertir esto en delito, porque, al hacerlo, alejamos a las comunidades y a las víctimas, que ya están abandonadas. La mutilación genital femenina entre los emberás tiene un principio de sanación y es realizado por las parteras, que son las figuras que ofrecen conocimiento y ayuda en temas de salud en estas comunidades. Convertirlas en criminales sería un error”, advertía en agosto de 2025. Coincide Giraldo, y destaca que los proyectos de ley anteriores que giraban en torno de la criminalización, se archivaron. “La razón principal por la cual no se debería abordar el tema bajo este enfoque es que dentro de las comunidades la práctica responde al desconocimiento anatómico, al control de la sexualidad, a criterios estéticos y a ideas de corrección genital; es decir, a factores culturales, no simplemente a una costumbre”, explica y señala que un abordaje delictivo implicaría “criminalizar a las mismas víctimas de la práctica”.

En la construcción de ese enfoque intercultural fue clave el proyecto Embera Wera (que significa Mujer Emberá), surgido luego de la muerte de las dos niñas que habían sido noticia en 2007, como acción conjunta entre UNFPA, UNICEF (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia), la Organización Nacional Indígena de Colombia y lideresas del pueblo Emberá; participó también el Estado colombiano, y se sumaron organizaciones de la sociedad civil como Sisma Mujer (organización feminista colombiana, nacida en 1998, que combina defensa jurídica y cuidado psicosocial, en defensa de derechos de mujeres y niñas) y Profamilia (PROFAM). Esta última, informó Giraldo, participó apoyando a la Fundación Vulvarte (una organización que se define como la primera escuela de Educación Sexual Popular en Colombia y América Latina), con financiamiento económico y fortaleciendo sus capacidades de incidencia con tomadores de decisión. “Brindamos asesoría técnica y acompañamiento en la construcción de un policy brief sobre MGF, destinado a incidir en tomadores de decisión, y a resaltar la importancia de su erradicación para garantizar los derechos de niñas y mujeres”, agregó.

Y hay una pata más, sin cuyos aportes (técnicos, metodológicos y de investigación en diálogo cultural) el proyecto no habría podido tener este cariz: el trabajo de los equipos de salud pública y antropología de la Universidad Tecnológica de Pereira, que habían trabajado en Risaralda; los de la Universidad de Antioquia, centrados en investigación en salud intercultural, y su acompañamiento a comunidades Emberá de Antioquia y Chocó; los de la Universidad Nacional de Colombia, con su expertise en antropología médica, salud pública y estudios sobre MGF en población indígena, y los de la Universidad de Caldas, vinculada con procesos regionales en el eje cafetero, con trabajo en derechos sexuales y reproductivos.

Embera Wera demostró que era posible lograr el cambio sin apelar a sanciones penales aisladas para combatir la práctica de la MGF. Para llega hasta aquí se trabajó durante más de 15 años en diálogo directo con los protagonistas de las comunidades: autoridades tradicionales y jaibanás (autoridades espirituales y curanderos tradicionales), parteras y familias. Las estrategias para generar cambios desde adentro incluyeron talleres de salud sexual y reproductiva, encuentros con mujeres indígenas, formación de promotoras comunitarias, y discusión colectiva sobre riesgos sanitarios y derechos de las niñas. También se estimuló que se sustituyera la MGF por alternativas simbólicas, y la creación de rutas de atención sanitaria respetuosas de la autonomía cultural indígena.

¿De dónde viene la MGF en Colombia?

El origen no está claro, pero las mismas mujeres indígenas aseguran que no es “ancestral”. “Esto no es cultural. Es una práctica nociva que adquirimos, y así como llegó, se debe erradicar”, dice, tajante, Juliana Domico, consejera mayor de la Confederación Nacional de los pueblos de la Gran Nación Emberá, en “Colombia visible”, portal de noticias positivas enfocada en periodismo de soluciones. “Reafirmamos que estas prácticas no hacen parte ni son cultura; por el contrario, han marcado el horror en la vida de niñas y mujeres en los diferentes rincones de nuestro país", escribió por su parte la senadora indígena Aida Quilcué en su cuenta de X.

Por el lado de la ciencia, hay dos hipótesis. El historiador y periodista Víctor Zuluaga, que durante dos décadas se dedicó a estudios etnográficos sobre cosmovisión y sexualidad indígena en el occidente colombiano, postula que, concretamente los emberá chamí, adoptaron en el siglo XVII costumbres de ciertos esclavos africanos. “La particularidad de estos esclavos era la de ser islámicos y practicar la mutilación femenina de manera generalizada”, explica. Y aquí debemos hacer un alto: el Corán, libro sagrado del Islam, en ningún momento menciona esta práctica, y según destaca UNFPA Colombia, algunas momias egipcias ya mostraban, mucho antes del Islam, características de mutilación genital femenina. “Historiadores como Heródoto afirman que, en el siglo V a.C., los fenicios, los hititas y los etíopes practicaban la ablación femenina”, agrega. Sí está claro que la práctica se observa -hasta hoy- en regiones donde existía ya antes de la islamización de su población, en el siglo VII.

Volvamos a Colombia, donde el proceso parece haber ocurrido al revés: según su hipótesis, lo que  Zuleta llama “mito fundacional” se cruzó con una práctica “tranqulizadora” en las zonas aisladas del Chocó. Tranquilizadora,  porque las mujeres generaban, según el mito, alto riesgo al Universo, que –describe Zuluaga– según la cosmovisión emberá “está compuesto por nueve mundos (…).soportados por el dios creador, Karagabí, quien de vez en cuando lo pasa de una mano a otra cuando se cansa”. Explica entonces que ese paso “de una mano a la otra” es peligroso, y que por ello genera dos mandatos (que a su vez, crea dos tabúes): que no se arrojen piedras por las laderas, para evitar avalanchas desastrosas, y que la mujer permanezca inmóvil durante el acto sexual para no desequilibrar los nueve mundos. Es en ese punto, según Zuluaga, donde se produce la intersección: “Frente a estas razones de origen mítico, de fe, los argumentos científicos no producen ningún efecto en la mayoría de la población”, advierte.

Por su parte, el antropóogo Edgardo Cayón, en su obra “Etnografía de los Emberá Chamí de Risaralda (Colombia)”, publicada en 1981, no establecía vínculo con ritualidad alguna;  señalaba las comunidades emberá aducían para sostener la práctica que debían combatir “el desarrollo desproporcionado del clítoris” y buscaban “asegurar la fidelidad de las mujeres, ya que posteriormente derivan sólo poca gratificación del coito”.

Lo cierto –señala UNFPA en su “ABC sobre la práctica nociva de la Mutilación Genital Femenina”  – es que “las mujeres, en particular las adultas mayores, consideran que la ablación hace parte de su orgullo y su ser integral como mujeres, e interpretan la práctica como una ‘curación’. A su vez, los hombres emberá comparten esta visión, y desde niñas y preadolescentes, sus madres y abuelas les enseñan que una mujer deseable, que pueda ser considerada como eventual pareja de matrimonio, debe haber pasado por la práctica”. Por eso, destaca la guía, las acciones de prevención de una práctica como la MGF, que tiene “profundo arraigo en creencias sobre el cuerpo, la sexualidad y los roles de género de las mujeres, deben estar basadas en la transformación de normas sociales e imaginarios frente al género, y deben considerar como punto de partida el reconocimiento de la diversidad cultural”, y señala que “parteras, sabedoras y lideresas del pueblo emberá son claves en la construcción de alternativas culturales que surgen desde adentro, fortaleciéndose a sí mismas como guardianas de la vida y del conocimiento ancestral”.

Todos estos enfoques y saberes se han entretejido y resumido en el proyecto de ley. ¿Logrará esta luz verde antes del 20 de junio? Ojalá así sea…