La empatía no es una virtud (Micro resumen de texto en vía de publicación)
«Obras son amores, que no buenas razones», dice el refrán español con una precisión exquisita. Algo semejante ocurre con la virtud: se prueba obrando, no declarando. La virtud requiere de la acción, y de ese ejercicio reiterado nace un adjetivo —el justo, el prudente, el templado— que nombra a la persona misma, no solo a su discurso o a su intención. Por su parte, los valores —no en vano es un término más pragmático— arraigan en la buena razón, en la declaración noble que no exige prueba de obra: pueden ser anunciados en un código deontológico o en la misión de una institución, sin que esa proclamación comprometa a nadie en particular a encarnarlos efectivamente. No hay adjetivo para quien meramente enuncia un valor, del mismo modo que no hay amor que pueda expresarse con el lenguaje de la mera razón. En este texto deseamos sostener que la empatía pertenece a este segundo registro —a las buenas razones, no a las obras— y que llamarla virtud es un error categorial que la literatura reciente, aun queriendo defenderla, termina por confirmar.
“La capacidad de un médico para establecer una comprensión empática de la situación de su paciente se considera esencial para el desarrollo de una relación terapéutica. Esta relación es de vital importancia para ejercer la medicina eficazmente” .