¿Quién decide realmente qué tecnología médica termina llegando al paciente?
Hace un tiempo que trabajo cerca de proyectos de innovación en salud y hay algo que no termino de entender:
¿Por qué una tecnología que funciona no necesariamente termina utilizándose?
Antes de llegar al paciente tiene que superar varias preguntas diferentes.
¿Funciona y aporta valor clínico?
¿Está autorizada?
¿Tiene sentido frente a las alternativas existentes?
¿Alguien está dispuesto a financiarla?
¿El hospital puede implementarla?
¿Y el médico confía lo suficiente en ella como para incorporarla a su práctica?
Son decisiones distintas. Y, además, no siempre las toman las mismas personas.
Por eso, entre una innovación técnicamente exitosa y su utilización real puede existir una distancia enorme.
A veces hablamos de innovación en salud como si el principal desafío fuera desarrollar algo mejor.
Cada vez estoy menos convencido de que ese sea el único problema.
Una tecnología puede ser excelente y fracasar en cada una de las decisiones que existen entre la evidencia y el paciente.
Y para quienes están del otro lado, me interesa especialmente la experiencia:
Como profesionales de la salud, ¿en qué punto ven que se traban con mayor frecuencia las nuevas tecnologías que podrían mejorar su práctica?