Quizás el problema ya no sea acceder a más información médica.
Quizás sea saber qué merece atención.
Un profesional puede encontrarse hoy con resultados de laboratorio, imágenes, antecedentes, alertas del sistema, notas de otros especialistas, guías, publicaciones nuevas, mensajes, interconsultas y datos generados por el propio paciente.
Digitalizamos para tener más información disponible. Pero disponibilidad no necesariamente significa claridad.
Y ahí aparece una tensión interesante: ¿cuánto del trabajo médico consiste hoy en separar señal de ruido antes de poder tomar una decisión?
La próxima evolución de la tecnología en salud quizás no debería enfocarse solamente en generar, almacenar o mostrar más datos, sino en ayudar a priorizarlos sin reemplazar el juicio clínico.
Me interesa especialmente la experiencia de quienes están en la práctica:
¿Qué información reciben hoy que aporta poco valor y qué dato, en cambio, suele llegar demasiado tarde o cuesta demasiado encontrar?