Transcribir dictado clínico en local, sin mandar la voz del paciente a ningún servidor, obliga a usar modelos pequeños. Estos fallan seguido con los nombres de fármacos.
Fallan en silencio. «Amlodipino» vuelve como «amblodipina».
Suena a palabra, encaja en la frase, no viene marcado con baja confianza. El texto queda fluido, plausible y equivocado, y cualquier capa posterior lo dará por correcto.
LA INVESTIGACIÓN
Dejamos de medir precisión global y pasamos a una sola cifra: de los fármacos pronunciados, cuántos vuelven como ese fármaco. Una muletilla perdida no importa; un principio activo perdido lo cambia todo.
El primer corrector construido sobre esa cifra propuso cambiar «bisoprolol» por «lisinopril». Dos antihipertensivos reales, uno ofrecido como corrección del otro, porque el diccionario no contenía la palabra que leía. Ese fallo reorientó el trabajo: el enemigo no era el aviso que falta, era el aviso equivocado.
SOLUCIÓN
Un diccionario grande y bilingüe, con un umbral calibrado contra transcripciones reales: marcar los errores conocidos sin tocar ningún fármaco correcto.
3 reglas:
Un nombre que está en la lista no se cuestiona nunca.
Uno dudoso genera propuesta solo si está muy cerca; si no, decimos que no lo conocemos y callamos.
El aviso nunca edita el texto: devuelve la decisión al clínico, con la grabación a un clic.