En pocos años pasamos de ver imágenes falsas de médicos generadas con IA a enfrentar un desafío mucho mayor: gemelos digitales capaces de reproducir la voz, el rostro, los gestos e incluso el estilo de comunicación de profesionales reales para difundir mensajes que nunca pronunciaron. Cuando una IA actúa en nombre de una persona, ya no estamos frente a un simple *deepfake*, sino ante una nueva forma de representación artificial.
En medicina, el problema es especialmente grave porque la confianza del paciente también se construye sobre la identidad del profesional. Si una réplica digital recomienda tratamientos sin evidencia científica, el daño no es sólo reputacional: puede comprometer la seguridad del paciente y erosionar la confianza en el sistema de salud.
La literatura científica advierte sobre riesgos relacionados con consentimiento, autonomía, privacidad, robo de identidad y responsabilidad. Sin embargo, los gemelos digitales agregan un desafío adicional: la posibilidad de replicar conocimientos, valores, recuerdos y patrones de conducta, poniendo en discusión conceptos como identidad personal, continuidad psicológica y soberanía sobre los propios datos.
La pregunta no es si la IA puede imitarnos, sino quién controla esa representación y quién responde por sus acciones. La tecnología evoluciona en semanas, los marcos legales avanzan en años.
Tal vez haya llegado el momento de incorporar un nuevo principio: el derecho a la integridad