Evitación experiencial: la conducta que atraviesa cuadros y que el paciente nombra como "procrastinación".
En la consulta ambulatoria, buena parte de lo que los pacientes reportan como "falta de voluntad" u "organización" responde a un patrón de evitación experiencial: la conducta de posponer se mantiene por refuerzo negativo, al reducir de forma inmediata el malestar asociado a la tarea (ansiedad anticipatoria, temor al fracaso, incertidumbre).
El interés clínico está en su carácter transdiagnóstico. El mismo mecanismo aparece —con matices— en el trastorno depresivo (donde se solapa con anergia y anhedonia), en los trastornos de ansiedad, y de manera particular en el TDAH del adulto, donde el déficit en funciones ejecutivas y la desregulación de la motivación diferida agregan una capa que no se explica solo por evitación emocional.
La distinción tiene consecuencias terapéuticas: la evitación como regulación emocional responde a abordajes de exposición y aceptación (TCC, ACT); el componente ejecutivo del TDAH requiere además evaluación y, en su caso, abordaje farmacológico. Diferenciar ambos evita tanto la sobrepatologización de un hábito frecuente como la subestimación de un cuadro tratable.
En la práctica cotidiana, ¿con qué criterios distinguen ustedes la postergación funcional de la que ya marca disfunción? Abro la discusión.