Es muy frecuente escuchar, entre colegas e incluso entre pacientes, el mismo comentario: "el TDAH no existe". Algunos dudan incluso del diagnóstico en niños, que lleva años demostrándose y cambiando vidas. Pero uno puede entender estas dudas: sobre el TDAH que persiste desde la infancia, sobre el diagnóstico tardío y, en ambos casos, sobre los criterios, los síntomas y los beneficios a largo plazo del tratamiento.
La validez más sólida está en el TDAH que persiste desde la infancia; cuando parece aparecer en la adultez, suele tener otras explicaciones. Diagnosticar tarde exige diferenciar cada vez mejor las comorbilidades de los síntomas nucleares. Y ahí aparece otra duda: usamos en adultos criterios pensados originalmente para niños.
¿Qué nos dice esto? Que no necesitamos replantearnos el diagnóstico, sino cómo lo entendemos en los adultos. Si hay dudas, la respuesta no viene de negar su existencia, sino de plantear una hipótesis y comprobarla.
Y cuando vemos el tratamiento, la mejoría en síntomas es clara y cuantificable. Pero además, en registros de casi 150.000 personas con TDAH, iniciar tratamiento se asoció a menos mortalidad, menos conducta suicida, menos consumo de sustancias y menos accidentes. ¿Acaso eso no basta para tomarnos en serio el diagnóstico?