La revisión más completa hasta la fecha sobre TDAH en adultos (Cortese, Faraone, Franke, Ramos-Quiroga, Rohde y otros; 24:347-371).
Su punto de partida es que la validez del cuadro ya está sostenida empíricamente —descriptiva, predictiva y concurrente— y que las cuatro objeciones históricas (la fiabilidad del recuerdo retrospectivo, la explicación por otros trastornos, la eficacia farmacológica en adultos y la simulación para obtener estimulantes) fueron respondidas una por una. Prevalencia cercana al 2,5%, comorbilidad psiquiátrica con OR de 4,5 a 8,7 según el trastorno, y una brecha diagnóstica documentada en mujeres, minorías étnicas y personas de alta capacidad intelectual.
Me llama la atención que un diagnóstico siga teniendo que justificar su existencia no por falta de evidencia ni por falta de respuesta al tratamiento, sino por la duda cultural que lo rodea: pereza, actitud, falta de ganas. Y en la clínica el costo de esa duda tiene una forma reconocible: adultos que no llegan por inatención, sino por ansiedad, depresión o consumo, y a quienes nadie preguntó antes. La revisión advierte que la dirección temporal entre TDAH y comorbilidad sigue sin estar establecida, aunque no podemos hablar de causalidad, no ignoremos el patrón que vemos en el consultorio.
doi:10.1002/wps.21374