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Luciano Nicolás Pastrana

10 de mayo de 2026

En el Día Mundial del Lupus, la comunidad nefrológica debe detenerse a reflexionar: la nefritis lúpica afecta al 40-60% de los pacientes con LES y compromete drásticamente su pronóstico vital. Como especialistas, somos testigos de una transición paradigmática que obliga a repensar nuestras estrategias desde la raíz.

La biopsia renal persiste como nuestra brújula. Los índices de actividad y cronicidad no son parámetros histológicos secundarios; son la base de decisiones terapéuticas que marcan la diferencia entre remisión sostenida y daño orgánico irreversible. La integración temprana de biológicos como belimumab y voclosporina permite alcanzar tasas de remisión antes impensables, con una carga acumulada de glucocorticoides significativamente menor.

Pero el desafío trasciende la inmunosupresión. Todo paciente con nefritis lúpica es, desde el diagnóstico, un paciente con enfermedad renal crónica. El bloqueo del SRAA y el uso emergente de iSGLT2 no son opcionales: son pilares irrenunciables de nefroprotección y cardioprotección que debemos incorporar de forma sistemática y precoz en cada caso.

Este 10 de mayo los invito a romper las barreras entre especialidades. La visión multidisciplinar no es una aspiración; es el único camino real hacia la prevención del daño acumulado. ¿Qué estrategias están implementando en sus centros para avanzar hacia esquemas multitarget y ahorradores de corticoides? Los leo en los comentarios. Es tiempo de pensar y actuar con rigor científico, hoy.

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El Honor del Guardapolvo La transformación del sistema de salud ha modificado los vínculos profesionales; sin embargo, para la generación formada en los años 70, el respeto entre pares sigue siendo un principio innegociable de dignidad. Existen leyes grabadas en la memoria del corazón. Para quienes nos formamos bajo maestros que transmitían tanto ciencia como humanismo, la relación entre colegas siempre fue sagrada: el par era un hermano de oficio. Hoy, frente a una medicina mediada por la gestión administrativa, esa mística se desdibuja. Es frecuente que un médico jubilado, al buscar a un antiguo compañero para una intervención menor o una consulta familiar, reciba como respuesta un frío derivamiento a la secretaría para verificar su cobertura social. Este paso del "Pasa, colega" al "Pida un turno" no es solo una anécdota, sino un síntoma de la despersonalización del vínculo. Cuando la burocracia supera al lazo humano, la medicina pierde su esencia. La asistencia al colega es un honor, no una carga. No se busca un privilegio económico, sino el reconocimiento de una identidad compartida. Retirarse en silencio ante el destrato no es soberbia, sino coherencia con la dignidad de nuestros maestros. Esta reflexión es una invitación a recordar : cuidar al colega, especialmente al que ya recorrió el camino, es cuidar la salud de nuestra propia profesión. Mantener esa llama de la vieja escuela es la última gran lección que los médicos de ayer pueden ofrecer a la medicina de mañana.

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