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Diego Huberto Picchio

27 de abril de 2026

🎯 ApoB: una recomendación necesaria, pero no un dogma absoluto

La nueva guía 2026 vuelve a poner en escena un concepto fisiopatológico muy potente: no todas las formas de medir lípidos expresan lo mismo. El LDL-C informa cuánto colesterol transportan las partículas; la ApoB, en cambio, aproxima cuántas partículas aterogénicas circulan. Y esto importa, porque la aterosclerosis no depende solo del colesterol contenido, sino del número de partículas capaces de atravesar el endotelio, retenerse en la íntima y desencadenar inflamación vascular.

En ese sentido, ApoB es una herramienta elegante: integra LDL, VLDL, IDL, remanentes y Lp(a), es decir, buena parte del universo lipoproteico aterogénico. Puede ser especialmente útil cuando el LDL-C subestima riesgo: diabetes, hipertrigliceridemia, obesidad visceral, síndrome cardiometabólico o LDL-C aparentemente “controlado”.

Sin embargo, no estoy completamente alineado con convertirla en una verdad autosuficiente. ApoB mejora la lectura del riesgo, pero no reemplaza al juicio clínico. Una partícula ApoB positiva es condición necesaria para la aterogénesis, pero no suficiente: también importan el endotelio, la inflamación, la presión arterial, el tabaco, el riñón, la genética, el tiempo de exposición y la susceptibilidad individual.

La virtud de ApoB es recordarnos que tratamos partículas, no solo colesterol. Su riesgo es que olvidemos que tratamos pacientes, no biomarcadores.

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