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Menos miedo a las drogas, más miedo a usarlas mal
En la práctica clínica cotidiana, muchas veces no fallamos por desconocer los fármacos, sino por temerles de forma desordenada. Algunas drogas cargan con una reputación casi mítica, construida más sobre relatos de efectos adversos que sobre un análisis racional de riesgos y beneficios. La amiodarona o la digoxina son ejemplos clásicos de este fenómeno. Tememos a la toxicidad visible, a los efectos adversos potenciales, a lo que “podría pasar”. Sin embargo, muchas veces no tememos lo suficiente a lo que ocurre a diario: el uso inadecuado, la falta de reevaluación clínica, las interacciones ignoradas, las dosis que nunca se ajustan y los tratamientos que se prolongan sin un objetivo claro.
Usar bien un fármaco implica algo más que conocer su mecanismo de acción. Implica comprender en qué paciente está indicado, cuándo deja de estarlo y en qué contexto se prescribe. Una droga potencialmente tóxica, bien indicada y correctamente monitoreada, suele ser más segura que una droga considerada “benigna” utilizada fuera de lugar. El riesgo no reside solo en la molécula, sino en la forma en que se la utiliza.
La medicina moderna dispone de fármacos potentes, capaces de mejorar síntomas y pronóstico. Renunciar a ellos por miedo no nos vuelve más prudentes; muchas veces nos vuelve menos responsables. Tal vez el verdadero desafío no sea temerle a las drogas, sino temer más a usarlas mal.
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