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Diego Huberto Picchio

31 de marzo de 2026

🧠 El análisis de la cohorte MESA presentado en el ACC 2026 mostró que el consumo de alimentos ultraprocesados (UPF) se asocia de manera significativa con el riesgo cardiovascular. En términos cuantitativos, cada porción diaria adicional incrementa el riesgo de eventos en un 5,1%, mientras que los individuos con mayor ingesta presentan hasta un 66,8% más riesgo de desarrollar enfermedad cardiovascular en comparación con aquellos con menor consumo.

❤️ Sin embargo, uno de los hallazgos más relevantes es la heterogeneidad del riesgo. El impacto de los UPF es mayor en sujetos con insulinorresistencia, obesidad o síndrome metabólico, así como en aquellos con baja calidad global de dieta o menor nivel socioeconómico. En contraste, el riesgo se atenúa —aunque no desaparece— en individuos con patrones dietarios más saludables, lo que sugiere una interacción directa entre el alimento y el terreno metabólico del paciente.

💙 Por otro lado, no todos los ultraprocesados presentan el mismo riesgo. Las asociaciones más fuertes se observaron con bebidas azucaradas, carnes procesadas y snacks salados, caracterizados por alta densidad energética, sodio y aditivos. Estos hallazgos refuerzan la necesidad de ir más allá del conteo calórico y considerar la calidad estructural del alimento en la evaluación del riesgo cardiovascular.

Contenido sugerido

❤️ El estudio SMART-DECISION , presentado en el American College of Cardiology 2026, evaluó el rol de los betabloqueantes en pacientes estabilizados tras un infarto agudo de miocardio en la era contemporánea. En un contexto de revascularización precoz y tratamiento médico optimizado, persiste la incertidumbre sobre su beneficio en pacientes sin disfunción ventricular. Se trató de un ensayo clínico aleatorizado, abierto y de no inferioridad, que incluyó 2.540 pacientes clínicamente estables, con fracción de eyección ≥40%, sin insuficiencia cardíaca y con al menos un año de tratamiento con betabloqueantes. Los participantes fueron asignados a continuar o suspender la terapia. El objetivo primario fue un compuesto de muerte por cualquier causa, reinfarto o internación por insuficiencia cardíaca. Tras el seguimiento, la suspensión del betabloqueante demostró ser no inferior a su continuación en términos de eventos clínicos mayores. ✅Estos hallazgos se alinean con evidencia reciente que cuestiona el uso rutinario prolongado de betabloqueantes en pacientes post-infarto con función ventricular preservada, donde no se ha demostrado beneficio claro en mortalidad ni en recurrencias. En síntesis, en pacientes estables, sin insuficiencia cardíaca ni disfunción sistólica, la discontinuación del betabloqueante podría ser una estrategia segura, abriendo el debate sobre la necesidad de reevaluar su uso crónico y avanzar hacia una terapéutica más individualizada.

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