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Diego Gómez Abreo

30 de mayo de 2026

La respuesta inmunitaria no es un evento aislado. Es un sistema dinámico que mantiene un equilibrio constante entre el control de las amenazas y los mecanismos de escape.

La inmunidad innata actúa como la primera línea de defensa: rápida, inespecífica y fundamental para reconocer tempranamente las células tumorales. Sin embargo, en el cáncer, este mismo sistema puede ser aprovechado por el tumor para generar un microambiente que favorezca su crecimiento y supervivencia.

Posteriormente interviene la respuesta inmunitaria adaptativa. Las células T y B aportan especificidad, memoria y vigilancia a largo plazo, constituyendo la base de la inmunoterapia moderna.

En la práctica clínica enfrentamos dos grandes desafíos: la resistencia primaria, cuando el tumor permanece prácticamente invisible para el sistema inmune, y la resistencia adquirida, cuando inicialmente responde al tratamiento, pero luego desarrolla mecanismos para evadirlo.

El cáncer no es estático. Evoluciona y se adapta.

Por eso, las nuevas estrategias buscan potenciar la capacidad del sistema inmunitario mediante inhibidores de puntos de control, terapias combinadas, intervenciones sobre el microambiente tumoral y enfoques innovadores como vacunas y terapias celulares.

El futuro de la oncología no consiste únicamente en destruir células cancerosas. Consiste en reeducar al sistema inmunitario para que reconozca, responda y mantenga una vigilancia sostenida frente al cáncer.

Imagen adaptada de material de Scoolam Foundation.

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Esto es un recordatorio fascinante de que la biología es mucho más compleja —y elegante— de lo que imaginamos. Durante décadas simplificamos el dogma central como un flujo lineal de información genética. Sin embargo, descubrimientos como el CUL1-IPA demuestran que el ARN no es solo un mensajero: también puede actuar como un arquitecto activo de la estructura y función celular. Desde la perspectiva oncológica, esto resulta especialmente relevante. El cáncer no es únicamente una enfermedad de mutaciones, sino también de organización celular alterada y redes de señalización desreguladas. La posibilidad de que ARN no codificante estabilice estructuras críticas como el nucléolo —y que las células tumorales aprovechen este mecanismo para sostener altas demandas proliferativas— abre una dimensión completamente nueva para comprender la biología tumoral. Más aún, introduce una nueva generación de posibles objetivos terapéuticos: no proteínas, no mutaciones del ADN, sino elementos funcionales de ARN capaces de impulsar el comportamiento tumoral de manera independiente. Esto podría transformar la forma en que entendemos la resistencia terapéutica, la agresividad tumoral y en última instancia, la oncología de precisión. Estamos pasando de descifrar el genoma a comprender sus sistemas dinámicos de regulación, y el ARN parece ocupar un lugar central en esta transición. Tiempos apasionantes para la investigación traslacional y las terapias basadas en ARN. Source: Texas A&M Health / PNAS (April 2026).

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