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Published on November 21, 2006

Un Nobel de entrecasa

Talentos verdaderos

Un lugar común ampliamente difundido lleva a imaginar al genio como un ser intratable al que se le perdona cualquier excentricidad por sus proezas intelectuales o, por el contrario, como un tipo introvertido incapaz de relacionarse con el resto de los mortales.

De allí que entre las sorpresas que se llevaron quienes asistieron, en Malargüe, Mendoza, a la inauguración de un nuevo edificio de telescopios del Observatorio de Rayos Cósmicos Pierre Auger -considerado el mayor experimento astrofísico del mundo- figurara el mismísimo James Watson Cronin, director emérito del proyecto y premio Nobel 1980 junto con Val Fitch por el descubrimiento de la violación de la ley de simetría en el decaimiento de un tipo de partículas del zoológico subatómico: al contrario de lo que suele pensarse, mostró un entusiasmo desbordante por los avances del proyecto, derrochó elogios sobre los científicos argentinos y fue increíblemente cálido con todo aquel que se acercara a saludarlo. Y todo esto incluso ¡en plena luna de miel!

Alejado de los clichés, tanto Cronin -que volvió a casarse, después de un primer matrimonio de cincuenta años, horas antes de tomar el avión hacia Mendoza- como su esposa cautivaron a todos, especialmente cuando, de sobremesa y mutuamente deslumbrados, comentaron ante quien se acercara a escucharlos anécdotas de su juventud y hasta contaron las improbables circunstancias en que se conocieron, durante una cena en recuerdo de uno de sus maestros, el físico italiano que desarrolló el primer reactor nuclear, Enrico Fermi.

"Nuestros universos eran tan distantes que no deberían haberse cruzado -decía ella, con una sonrisa de oreja a oreja-. Y sin embargo..."

"Hay quienes creen en el destino -retrucaba él-. Personalmente, creo en el azar."

Cronin aseguró, por ejemplo, que las cosas no siempre le fueron fáciles. Hijo de un profesor de lenguas clásicas, estudió en una escuela pública y se graduó como físico y matemático en la Southern Methodist University, de Dallas, Texas. "Mi formación como físico era muy mala -recordó-. Cuando llegué a la Universidad de Chicago tuve que trabajar muchísimo. Tomaba los cursos de graduados y de subgraduados al mismo tiempo. Un día surgió la oportunidad de una beca y le pedí a uno de mis profesores que me recomendara. Pero él me contestó: «¿Por qué te respaldaría? Sos el último de mi lista». Llegué a pensar en abandonar, pero un compañero me instó a seguir adelante, obtuve la beca y me cambió la vida."

Y... es así, de una forma u otra, los talentos verdaderos siempre hacen que las cosas difíciles parezcan fáciles. Hasta cuando están de entrecasa...

Por Nora Bär ciencia@lanacion.com.ar