Foto: Gentileza Secretaría de Salud de la Ciudad de México
Esta historia comenzó públicamente hace unos años, y por ahora tendremos que escribir “continuará…”, pero es fascinante. Y dado que nuestra sociedad está acostumbrada a series de muchas temporadas, iremos con los tráilers; pero además empezaremos por la actualidad: en los últimos días de mayo, la página oficial de la Secretaría de Salud de México informó que un equipo de investigadores está trabajando en una alternativa terapéutica para enfrentar la tuberculosis que permita evadir el serio problema de la resistencia antimicrobiana (RAM). Para ello viene investigando, y están probando con resultados interesantes, nada más y nada menos que compuestos derivados del veneno de un pequeño alacrán. Sus potencialidades habían sido descubiertas por un equipo tripartito, integrado por investigadores del Instituto de Biotecnología (IBt) de la Universidad Autónoma de México (UNAM); de la Universidad de Stanford, en Estados Unidos, y del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán.
Y así describía en 2021 la UNAM un hallazgo que habían logrado dos años antes: “Se trata de dos benzoquinonas, una roja y otra azul, y se encontró que son potentes antibióticos que matan bacterias (como Staphylococcus aureus y Mycobacterium tuberculosis); también son antineoplásicos contra varios tipos de células cancerígenas”, informaba en esa nota Lourival Domingos Possani Postay investigador emérito del Departamento de Medicina Molecular y Bioprocesos, Instituto de Biotecnología, de la UNAM en Morelos, quien en ese momento encabezaba los trabajos.
Possani Postay es brasileño de nacimiento, pero se radicó en México en 1970, y durante 45 años se dedicó a capturar alacranes e investigar los componentes de su veneno; en ese contexto halló uno pequeñito, llamado Diplocentrus melici, originario del este de México, y difícil de conseguir: “La recolección de esta especie de escorpión es difícil porque durante el invierno y la estación seca, el escorpión permanece enterrado. Solo podemos encontrarlo en la temporada de lluvias", explicaba en una nota que publicó en 2019 en su sitio la Universidad de Stanford, escrita por Holly MacCormick, en esos tiempos subdirectora de Relaciones Públicas en la Facultad de Humanidades y Ciencias. En su texto MacCormick usa la expresión “poción mágica” para describir “dos compuestos que cambian de color, procedentes de una sustancia tan rara que se estima que cuesta 39 millones de dólares por galón”, y que -se esperanzaba- “podrían ayudar a eliminar infecciones bacterianas persistentes”.
El equipo de la UNAM logró recolectar el veneno dándoles a los alacranes pequeñas descargas eléctricas, y ocurrió algo inesperado: al oxidarse en contacto con el aire, el preciado líquido dejaba de ser "un líquido blanco y viscoso, y adquirió un color en cuestión de minutos y en condiciones ambientales, se tornaba marrón“.
Cuando estudiaron el fenómeno, descubrieron que el cambio dependía de dos compuestos: uno que se volvía rojo y el otro, azul. Les llamó mucho la atención y, para profundizar en la caracterización recurrieron al laboratorio del Departamento de Química de la Universidad de Stanford, a cargo de Richard Zare (hoy de 86 años y uno de los químicos más reconocidos del mundo) especialista, entre otras cosas, en identificar estructuras químicas complejas a partir de cantidades extremadamente pequeñas de material; trabajaron juntos. “Solo contábamos con 0,5 microlitros del veneno -contó Zare en ese momento-. Esto es diez veces menos que la cantidad de sangre que un mosquito ingiere en una sola picadura”.
Dado lo complejo de obtener el veneno, decidieron sintetizar los compuestos. Y cuando descubrieron cómo y qué era lo que pasaba, lo reflejaron en este paper. Allí cuentan que pudieron lograrlo “a partir de reactivos disponibles comercialmente, y que las benzoquinonas sintéticas resultantes tienen la misma estructura, actividad biológica y propiedades fisicoquímicas”. Y la serendipia se hizo presente una vez más en la ciencia:
“Mediante un cribado empírico, descubrimos, fortuitamente (el resaltado es nuestro) que estas benzoquinonas coloreadas tienen un gran potencial como compuestos principales para el desarrollo de agentes antimicrobianos contra S. aureus y M. tuberculosis”, señala el paper, y agrega: “Si bien la mayoría de los componentes del veneno aislados y caracterizados son de naturaleza proteínica o peptídica, en este trabajo presentamos dos compuestos de 1,4-benzoquinona, uno rojo y otro azul, derivados del veneno de un escorpión poco estudiado (Diplocentrus melici), especie autóctona de México.
Tras la identificación y la síntesis exitosas de estos compuestos, las benzoquinonas roja y azul mostraron una notable actividad antimicrobiana contra Staphylococcus aureus y Mycobacterium tuberculosis, respectivamente. La observación de que el compuesto azul es igualmente eficaz contra la tuberculosis común y multirresistente, sin afectar aparentemente el epitelio pulmonar, aumenta su potencial como nuevo fármaco candidato”.
Siete años después, la investigación lleva tiempo formando parte de las líneas de trabajo del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición “Salvador Zubirán” (INCMNSZ), de México, concretamente del Área de Patología Experimental, coordinada por el patólogo Rogelio Hernández Pando, considerado una de las principales autoridades en tuberculosis experimental. No es casualidad: Hernández Pando había formado parte del equipo originario, cuando ya era patente que la RAM sería un problema grave, y las superbacterias se volvieron protagonistas. Y nosotros estamos llegando al final de los tráilers:
“La tuberculosis sigue siendo una emergencia mundial. Tan solo el año pasado se registraron más de 10 millones de casos nuevos, y alrededor de 1.2 millones de muertes”, señaló Hernández Pando en la noticia reciente de la Secretaría de Salud mexicana, y agregó que, aunque existen antibióticos eficaces, los tratamientos son prolongados, y el abandono terapéutico favorece la aparición de bacterias resistentes. Por eso el entusiasmo ante la posibilidad de hallar, para la tuberculosis farmacorresistente, alternativas de “orígenes inesperados”.
“El reto ahora es hacer estas moléculas más estables y menos tóxicas para que eventualmente puedan utilizarse en tratamientos”, explicó, y detalló que, con ese objetivo, actualmente el equipo trabaja en el desarrollo de un posible “antibiótico híbrido”, que combine moléculas derivadas del veneno con medicamentos convencionales.
Casi siempre, la historia de la Medicina debe escribirse con paciencia. En eso estamos. Ojalá pronto podamos dar la mejor noticia: que funciona bien y que se puede hacer accesible para toda persona que la necesite. Quizás también entonces los alacranes pierdan un poco de su mala fama…
Publicado el 27 de septiembre de 2026
Investigación promisoria
Un alacrán mexicano podría ayudar a combatir la tuberculosis
Avanza, lenta pero segura, una investigación de compuestos que tienen actividad antimicrobiana hallados en el veneno.
Fuente: IntraMed
Foto: Gentileza Secretaría de Salud de la Ciudad de México
Esta historia comenzó públicamente hace unos años, y por ahora tendremos que escribir “continuará…”, pero es fascinante. Y dado que nuestra sociedad está acostumbrada a series de muchas temporadas, iremos con los tráilers; pero además empezaremos por la actualidad: en los últimos días de mayo, la página oficial de la Secretaría de Salud de México informó que un equipo de investigadores está trabajando en una alternativa terapéutica para enfrentar la tuberculosis que permita evadir el serio problema de la resistencia antimicrobiana (RAM). Para ello viene investigando, y están probando con resultados interesantes, nada más y nada menos que compuestos derivados del veneno de un pequeño alacrán. Sus potencialidades habían sido descubiertas por un equipo tripartito, integrado por investigadores del Instituto de Biotecnología (IBt) de la Universidad Autónoma de México (UNAM); de la Universidad de Stanford, en Estados Unidos, y del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán.
Y así describía en 2021 la UNAM un hallazgo que habían logrado dos años antes: “Se trata de dos benzoquinonas, una roja y otra azul, y se encontró que son potentes antibióticos que matan bacterias (como Staphylococcus aureus y Mycobacterium tuberculosis); también son antineoplásicos contra varios tipos de células cancerígenas”, informaba en esa nota Lourival Domingos Possani Postay investigador emérito del Departamento de Medicina Molecular y Bioprocesos, Instituto de Biotecnología, de la UNAM en Morelos, quien en ese momento encabezaba los trabajos.
Possani Postay es brasileño de nacimiento, pero se radicó en México en 1970, y durante 45 años se dedicó a capturar alacranes e investigar los componentes de su veneno; en ese contexto halló uno pequeñito, llamado Diplocentrus melici, originario del este de México, y difícil de conseguir: “La recolección de esta especie de escorpión es difícil porque durante el invierno y la estación seca, el escorpión permanece enterrado. Solo podemos encontrarlo en la temporada de lluvias", explicaba en una nota que publicó en 2019 en su sitio la Universidad de Stanford, escrita por Holly MacCormick, en esos tiempos subdirectora de Relaciones Públicas en la Facultad de Humanidades y Ciencias. En su texto MacCormick usa la expresión “poción mágica” para describir “dos compuestos que cambian de color, procedentes de una sustancia tan rara que se estima que cuesta 39 millones de dólares por galón”, y que -se esperanzaba- “podrían ayudar a eliminar infecciones bacterianas persistentes”.
Por qué Stanford
El equipo de la UNAM logró recolectar el veneno dándoles a los alacranes pequeñas descargas eléctricas, y ocurrió algo inesperado: al oxidarse en contacto con el aire, el preciado líquido dejaba de ser "un líquido blanco y viscoso, y adquirió un color en cuestión de minutos y en condiciones ambientales, se tornaba marrón“.
Cuando estudiaron el fenómeno, descubrieron que el cambio dependía de dos compuestos: uno que se volvía rojo y el otro, azul. Les llamó mucho la atención y, para profundizar en la caracterización recurrieron al laboratorio del Departamento de Química de la Universidad de Stanford, a cargo de Richard Zare (hoy de 86 años y uno de los químicos más reconocidos del mundo) especialista, entre otras cosas, en identificar estructuras químicas complejas a partir de cantidades extremadamente pequeñas de material; trabajaron juntos. “Solo contábamos con 0,5 microlitros del veneno -contó Zare en ese momento-. Esto es diez veces menos que la cantidad de sangre que un mosquito ingiere en una sola picadura”.
Dado lo complejo de obtener el veneno, decidieron sintetizar los compuestos. Y cuando descubrieron cómo y qué era lo que pasaba, lo reflejaron en este paper. Allí cuentan que pudieron lograrlo “a partir de reactivos disponibles comercialmente, y que las benzoquinonas sintéticas resultantes tienen la misma estructura, actividad biológica y propiedades fisicoquímicas”. Y la serendipia se hizo presente una vez más en la ciencia:
“Mediante un cribado empírico, descubrimos, fortuitamente (el resaltado es nuestro) que estas benzoquinonas coloreadas tienen un gran potencial como compuestos principales para el desarrollo de agentes antimicrobianos contra S. aureus y M. tuberculosis”, señala el paper, y agrega: “Si bien la mayoría de los componentes del veneno aislados y caracterizados son de naturaleza proteínica o peptídica, en este trabajo presentamos dos compuestos de 1,4-benzoquinona, uno rojo y otro azul, derivados del veneno de un escorpión poco estudiado (Diplocentrus melici), especie autóctona de México.
Tras la identificación y la síntesis exitosas de estos compuestos, las benzoquinonas roja y azul mostraron una notable actividad antimicrobiana contra Staphylococcus aureus y Mycobacterium tuberculosis, respectivamente. La observación de que el compuesto azul es igualmente eficaz contra la tuberculosis común y multirresistente, sin afectar aparentemente el epitelio pulmonar, aumenta su potencial como nuevo fármaco candidato”.
Qué está pasando ahora
Siete años después, la investigación lleva tiempo formando parte de las líneas de trabajo del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición “Salvador Zubirán” (INCMNSZ), de México, concretamente del Área de Patología Experimental, coordinada por el patólogo Rogelio Hernández Pando, considerado una de las principales autoridades en tuberculosis experimental. No es casualidad: Hernández Pando había formado parte del equipo originario, cuando ya era patente que la RAM sería un problema grave, y las superbacterias se volvieron protagonistas. Y nosotros estamos llegando al final de los tráilers:
“La tuberculosis sigue siendo una emergencia mundial. Tan solo el año pasado se registraron más de 10 millones de casos nuevos, y alrededor de 1.2 millones de muertes”, señaló Hernández Pando en la noticia reciente de la Secretaría de Salud mexicana, y agregó que, aunque existen antibióticos eficaces, los tratamientos son prolongados, y el abandono terapéutico favorece la aparición de bacterias resistentes. Por eso el entusiasmo ante la posibilidad de hallar, para la tuberculosis farmacorresistente, alternativas de “orígenes inesperados”.
“El reto ahora es hacer estas moléculas más estables y menos tóxicas para que eventualmente puedan utilizarse en tratamientos”, explicó, y detalló que, con ese objetivo, actualmente el equipo trabaja en el desarrollo de un posible “antibiótico híbrido”, que combine moléculas derivadas del veneno con medicamentos convencionales.
Casi siempre, la historia de la Medicina debe escribirse con paciencia. En eso estamos. Ojalá pronto podamos dar la mejor noticia: que funciona bien y que se puede hacer accesible para toda persona que la necesite. Quizás también entonces los alacranes pierdan un poco de su mala fama…