Quizá ya se ha convertido para nosotros en un hecho cotidiano este síntoma de la cultura, abrir los diarios y día por medio enterarnos que la violencia se llevó otra "víctima inocente". Que en el medio de un tiroteo una bala perdida arrebató una vida; o que nuevamente otro policía perdió el control y se sumó a esos que el saber popular denomina "gatillo fácil".
Este tema de orden social despierta especial interés en mí a partir de una consulta al hospital de una mujer que con voz desesperada se presenta como " la Madre de X, el chico asesinado en tal lugar", dice estar muy mal, pide atención.
Se trata de una mujer que fatalmente en un instante, un hecho, la obliga a abandonar su ser anónimo para convertirse a través de los medios de comunicación en un personaje público. Para todos su nombre comenzará a ser " la madre de X" quien junto a otros que han padecido la misma violencia reclama "Justicia".
La prensa fue un refugio al que recurrió frente al desamparo en que quedan sometidos ella y su familia ante el trauma del que fueron objeto por miembros de una institución estatal. Golpe recibido desde el lugar donde no debiera esperarse.
Esta consulta presenta ciertas particularidades: se trata de un sujeto que ha padecido un encuentro con lo traumático que la ha dejado desgarrada, dividida, que porta un sufrimiento, sin embargo el posicionamiento discursivo bajo el que se presenta: el discurso políticosocial de reclamo en el que se sostiene, obstaculiza el desarrollo de una demanda. Desde nuestro quehacer analítico allí hay poca chance. Posibilitar la producción de un discurso, de un espacio y de un interlocutor distinto al de los medios de comunicación, fue condición primera y necesaria para inaugurar un diálogo que posibilitara un tratamiento.
De este modo, se irá abriendo un relato cargado de profundo dolor. No puede soportar el vacío de su ausencia, lo extraña, repasa una y otra vez recuerdos de los últimos momentos felices: cuando él estaba. Pero lo más insoportable, lo intolerable es que no puede dejar de imaginar el sufrimiento que él padeció y se reprocha un imposible: no haber podido impedirlo. Temática no distinta a cualquier proceso de duelo y su posible elaboración, pero junto con esto irrumpen imágenes vistas y fantaseadas que no puede perder, que no puede gastar, obscenas imágenes que no la dejan en paz: esas marcas de golpes sobre el cuerpo de su objeto amado. Dice que esto es imborrable.
Ella, como otros, forma parte de los padecimientos de estos tiempos. Forma parte de nuestras consultas. Muertes de seres queridos, donde lo social tiene una gran implicancia. Intentaré desde esta clínica abordar ciertos cruces que se producen entre lo social y la práctica analítica.
¿Qué demanda esta mujer? ,¿La elaboración de un duelo?, ¿ Es posible esa elaboración?
Para los argentinos, en nuestra memoria colectiva hay significantes que aún hoy no cicatrizan. El significante "Madre", "las madres..." en nuestro imaginario social tiene una fuerte y dolorosa significación, que ni el paso de más de veinte años puede, permite velar el horror que destapó la denuncia gritada a todas voces por esas que en su momento se las dio en llamar "las locas...". Respuesta desatinada, irracional, que toma valor de acto, en un momento donde todo no debía ser más que silencio. Fenómeno social inédito. Socialización de los reclamos. Agrupamientos sociales unificados defendiendo una causa. Gente que aún carga con sus muertos.
Fenómeno que hoy se repite instalando un nombre en lo social: "Familiares de víctimas de la violencia Institucional".
Esta realidad social obliga a formularnos nuevamente algunas preguntas que atañen a la ética de nuestra praxis. A pensar cuestiones acerca del duelo. En condiciones "normales" la muerte de un ser querido, produce un agujero en lo real que conmueve para un sujeto todo su universo significante, lo desordena y requiere una estructura constitutiva para su arduo trabajo de elaboración. Pero no toda pérdida puede ser elaborada. La muerte de un hijo para los padres constituye un trauma de carácter intramitable. ¿Qué pensar, además, cuando a esa pérdida se agregan elementos de lo real que ultrajan del modo más indigno al objeto de amor?. Aquí se habla de tortura, de asesinato, de encubrimiento y pretensión de impunidad para sus autores.
Elementos de lo real obstaculizan el tránsito por los tiempos lógicos de un proceso de duelo. No de toda pérdida un sujeto constituye una causa social. ¿El reclamo de justicia impide la realización del duelo?, ¿O por lo contrario, es el modo necesario de armar cierta trama simbólica, la vía de ir realizando una elaboración hasta donde ella sea posible?
Duelos impedidos, demandas, reclamos, llamados al Otro. Lazos sociales que intentan mitigar el dolor al compartirlo, y que al agruparse multiplican la denuncia de una verdad a la espera de hacerse oír. La aplicación de justicia, sabemos, no saldará la pérdida, solo abriría a la posibilidad de que esos restos con los que cargan puedan ser enterrados.
-¿Porqué a él?, Se pregunta ella. Pregunta para lo que no tiene respuesta: " era un buen chico, trabajaba, estudiaba... ¿ porqué lo mataron a él?".
Si la muerte, la tortura, el trato abyecto sobre humanos perversamente planificada en otros tiempos se justificó bajo la envoltura de enunciados como la lucha por ideales, por la defensa de la Nación etc. ¿qué responde el Estado frente a estas muertes?
Desde el "malestar en la cultura" Freud nos instó a reconocer que la tendencia agresiva es una disposición pulsional innata y autónoma del ser humano y que ella constituye el mayor obstáculo con el que tropieza la cultura. Nos decía que "Estructuralmente el prójimo no sólo es en general indigno de amor, sino que merece mucho más mi hostilidad y aún mi odio. Siempre que le sea de alguna utilidad, no vacilará en perjudicarme, y ni siquiera se preguntará si la cuantía de su provecho corresponde a la magnitud del perjuicio que me ocasiona". La necesariedad del precepto ideal de amar al prójimo como a sí mismo, se justifica, porque ningún otro, como él, es tan contrario y antagónico a la primitiva naturaleza humana.". "Debido a esta primordial hostilidad entre los hombres, la sociedad civilizada se ve constantemente al borde de la desintegración."
Hobbes situaba el pasaje del Estado de naturaleza al Estado de Civilización diciendo que para ello se requiere que los individuos renuncien a su capacidad individual de ejercer la violencia delegando esta función en un solo individuo (en el sentido jurídico del término) que llamamos Estado. Este, queda capacitado para constituir significaciones universales y obligar a todos los demás a que ellas sean aceptadas bajo pena de castigo. De esta manera los individuos se transforman en sujetos de la ley.
Pero cuando la ley fracasa, y sabemos que su falla es constitutiva, es muy probable que ese sujeto dividido que la ley ha creado experimente esa falla como una violencia que vuelve a caerle en las manos. "Así la violencia social no es sino el síntoma de las fallas de la ley, de la palabra y por extensión del orden Institucional y cultural en su conjunto".
De lo dicho se desprende que es responsabilidad del Estado como instancia jurídico política que representa a la cultura, realizar diversos esfuerzos para poner barreras a las tendencias agresivas del hombre, concediéndose a sí mismo el derecho de aplicar la fuerza de la ley a los efectos de garantizar la convivencia. Convivencia no sin malestar porque esa ley civilizadora se funda en la represión de las pulsiones destructivas que nunca quieren resignar su soberanía. La civilización es el producto de un crimen compartido. La ley está fundada en una violencia original.
Retomo la pregunta ¿qué responde el Estado frente a estas muertes?.
El estado responde circunscribiendo esto a responsabilidades individuales, o ubicándolos como hechos aislados unos de otros ajenos a él.
El imaginario social encuentra una explicación para estos hechos: se escucha decir que el no desmantelamiento del aparato represor de la época de la dictadura, la "mano de obra desocupada" es la responsable de estas muertes.
Es un hecho la reducción por parte del Estado de sus responsabilidades sociales en los distintos aspectos que le compete, esto propicia el resurgimiento de la violencia. Cabe preguntarse si la reducción de sus funciones de protección obedece simplemente a una inacción por parte del mismo o forma parte de una política económica delineada donde queda determinado a priori las consecuencias de su aplicación.
En ambas situaciones al Estado le compete la máxima responsabilidad.
¿Pero cabe pensar si al reducir sus funciones de protección, dejando en los márgenes a un sector importante de la población, no se convierte él mismo en agresor que atenta la supervivencia de aquellos a quienes debe cuidar?, ¿ Y al mismo tiempo, de este modo, no queda eliminado él mismo como instancia tercera de apelación?.
Planteos de este orden, que se reclame la existencia de un Estado protector que brinde los bienes necesarios para la subsistencia de la gente, trae aparejado un riesgo, que se interprete maliciosamente como una demanda neurótica. No se trata de hallar un padre ideal capaz de procurarnos la felicidad, padre sin fallas que pueda con lo real. Tampoco de no denunciar su contracara, la crueldad de la desatención que puede arrojarnos en un estado de inermidad, de indefensión, con la clara sensación de que el Otro nos goza.
Pero... -¿porqué a él?, Continúa preguntándose ella mientras cada noche lo espera aunque sabe que no vendrá. Quizá la verdad más dolorosa a la que deba arribar es que fue por azar. En los tiempos que corren, a cualquiera nos podía pasar. Su reclamo social, no sin costo subjetivo, seguirá el curso por las vías legales que le corresponde, mientras tanto, en su espacio analítico continuaremos hablando de ese "él". Ese "él" subjetivado sobre el que ella interroga y al que tendrá que soportar perder, ese que tiene identidad, historia, que ocupaba un lugar en el mundo, que era una de sus faltas. No un número entre las tantas víctimas que cobra esta realidad, que construye una estadística en los anales de la violencia en el país.