Noticias médicas

/ Publicado el 24 de septiembre de 2006

Tribuna

Temer al mundo digital es boicotear el futuro

La deformación que hizo Wikipedia de La Noche de los Lápices alentó a los que descreen de Internet y no advierten que la revolución digital abre puertas.

Daniel Ulanovsky Sack*

La pesadilla del futuro ha cambiado de signo. O eso parece. Hasta hace poco, el miedo se centraba en la visión de George Orwell y su 1984: una sociedad blindada en la que viviríamos felizmente asfixiados por un poder que todo lo manejara, hasta nuestras mentes.
Ahora ha surgido el miedo contrario: el caos por la falta de control, por estar inmersos en un mundo digital en el que cada uno difunde, con impunidad, la verdad o la mentira que desee.


Esta última idea ha tomado mayor entidad cuando pocos días atrás, al conmemorarse el trigésimo aniversario de la Noche de los Lápices —el secuestro, tortura y asesinato de estudiantes secundarios de La Plata comprometidos con la lucha por el boleto estudiantil en 1976—, Clarín descubrió que la enciclopedia Wikipedia de Internet deformaba radicalmente lo sucedido. Presentaba la masacre como "un invento creado por las organizaciones terroristas que reclutaban jóvenes secundarios y universitarios para llevar a cabo sus delitos de lesa humanidad".

¿De qué forma se explica este dislate? Wikipedia forjó un espacio que ha revolucionado Internet al generar un sistema que permite a cada persona, en forma libre, escribir sobre el tema que conoce. Es decir, una técnica colaborativa, horizontal, gratuita. Como el mundo no es idílico, a los temas más controvertidos se les incluyen restricciones —a veces, como en este caso, luego de una primera polémica— para que sólo sean modificados por personas con probado liderazgo dentro de la enciclopedia. Sin embargo, mujeres y hombres de mala fe hay —Cosas veredes, Sancho, que non crederes, anticipaba el Quijote— y pueden lograr que una versión malintencionada se mantenga durante unas horas o unos días hasta que alguien la descubra, dé la alerta y se modifique.

Cuando se conoció el engaño temporario de Wikipedia, varias voces se alzaron para acentuar lo que algunos ven como la amenaza de esta década: de la mano de Internet, millones de personas suben, bajan, comparten información, cuentan sus vidas, publican datos, noticias, miradas propias.

El saber universal se convierte en un intrincado laberinto en el que conviven la Biblia y el calefón: todos somos emisores, ya es imposible determinar quién juega justo, quién dice la verdad, quién miente. Así, la Internet libre nos sumergiría en una Torre de Babel en la que el exceso y la multiplicidad ahogan en vez de ayudar.

¿Este temor tiene algo de real o esconde una actitud conservadora, refractaria al cambio? Sincerémonos: la confusión y el engaño ya estaban presentes en la cultura de los libros. Hay más de un título —para qué recordarlos— que niegan el terror del Estado en la Argentina de los 70 y lo esconden bajo el mote de exageración de izquierda. Además, ¿obras como Mi lucha, de Hitler, necesitaron de Internet para propagarse o se han vendido desde siempre en los quioscos? Esto no niega el desafío actual: hay tanto que puede abrumar, confundir.

Pero también existen soluciones. Quienes prefieran no navegar demasiado pueden ir a las versiones on-line, siempre más actualizadas que las de papel, de las tradicionales enciclopedias.

Me habría gustado tener esa posibilidad en otra época: comencé y finalicé mis estudios de Periodismo en la Universidad Nacional de Rosario durante la última dictadura. Por suerte, el nivel era bajo y aprendí poco y nada. Digo "por suerte" porque de haber aprendido algo seguramente hoy sería un periodista con gusto por lo autoritario, la sonrisa fácil y el espíritu sedado. En aquella época nada era como aparentaba. En más de una cátedra, por ejemplo, figuraba Marx como referencia bibliográfica. Sin embargo, ninguno se atrevía a pedir sus libros en la biblioteca: la osadía quedaba registrada y nadie sabía en qué oscuridad derivaba una simple lectura. Más de una vez me he preguntado cómo habría sido estudiar en la Era Internet. La respuesta me produce cierto alboroto y cierta pena: habría sido menos oscuro.

Sin caer en falsas ilusiones, la revolución digital abre puertas. Dicen los detractores, sin embargo, que no todos pueden acceder. Cierto. ¿Pero acaso las librerías y las bibliotecas han sido democráticas? No. En el mes de julio, el escritor estadounidense John Updike dio una conferencia en Washington en la que recordaba lo importante que habían sido los libros en formato papel en su formación y llamó a los libreros a defenderse de la marea digital.

Su postura me resulta elitista. Updike mencionaba su paso por las bibliotecas de Harvard y de Oxford y por las librerías atendidas por sus dueños en localidades idílicas y adineradas. Sin duda que las bibliotecas de universidades centenarias producen una sensación de bienestar con sólo mirarlas: tienen algo de cálidamente monumental, de que el saber debe ser festejado y conservado. Pero la mayor parte de la humanidad no vive en esos lugares preciosos sino —y pienso en la Argentina— en ciudades con bibliotecas burocratizadas, a menudo obsoletas, y la forma más simple y económica de tener acceso a los nuevos títulos pasa por la red y, en poco tiempo, por el libro electrónico.

Las miradas desasosegantes sobre el futuro suelen incluir algunas grageas de verdad y bastante de fantasía. Como bien recuerda el pensador británico Anthony Giddens, ya alguien dijo que "el mundo tiene prisa y se acerca a su fin". Fue el arzobispo Wulfstan, durante un sermón pronunciado en York, en el año 1014. Por suerte, le erró. Ya un poco más cerca, el Apocalipsis de 1984 alertó a algunos que optaron por diseñar formas inteligentes de evadir al Gran Hermano. Ahora, si excesos y confusiones aparecen en este nuevo mapa, es momento de pensar en cómo evitarlas pero sin boicotear el futuro, único espacio de ilusión que aún podemos conquistar.


* Periodista, director del Centro de estudios avanzados en periodismo narrativo