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Publicado el 17 de febrero de 2025

Investigación original

Rol de la inflamación en el sueño de infantes y la psicosis en la juventud

Existe una necesidad de abordar el sueño de corta duración en la infancia, ya que la persistencia de este problema puede ser un factor de riesgo para psicosis posterior.

Autor/a: Isabel Morales-Muñoz; Steven Marwaha; Rachel Upthegrove; Vanessa Cropley

Fuente: JAMA Psychiatry. 2024;81(8):825-833.

Introducción

La corta duración del sueño puede tener un impacto perjudicial en el desarrollo de un niño a corto, mediano y largo plazo. Los niños que no duermen lo suficiente tienen un mayor riesgo de sufrir problemas de salud mental, trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) y/o problemas de conducta. 

Al considerar el impacto del sueño de corta duración en la infancia, la mayoría de los estudios han considerado puntos temporales específicos y aislados. Sin embargo, como la duración del sueño es muy variable a lo largo de la infancia, este enfoque puede no ser muy preciso para captar a los niños con problemas de sueño persistentes y, por lo tanto, con mayor riesgo de resultados adversos. Por lo tanto, es crucial identificar a aquellos niños con falta de sueño persistente a lo largo del tiempo, ya que este es el grupo para quienes el impacto perjudicial de dormir poco será mayor y quienes experimentarán los resultados más negativos a largo plazo. 

Entre los problemas de salud mental asociados con la corta duración del sueño se encuentra la psicosis, que es una afección de salud mental generalizada y angustiante.

Los estudios de privación o restricción del sueño apoyan el posible papel causal de la corta duración del sueño en el desarrollo de síntomas psicóticos; sin embargo, estos estudios no pueden usarse para comprender su impacto a largo plazo. Los estudios longitudinales que investigan el efecto de los problemas de sueño en la infancia como factor de riesgo para la psicosis son escasos y no concluyentes, y la mayoría se centran en otros aspectos del sueño, como las parasomnias.

Recientemente, los autores examinaron las asociaciones de los aspectos conductuales del sueño en la infancia con los síntomas psicóticos y el trastorno limítrofe de la personalidad (TLP) en la adolescencia y descubrieron que una menor duración del sueño se asociaba con el TLP, pero no con la psicosis.  Sin embargo, este estudio seleccionó un momento temporal específico y aislado de la infancia. Por lo tanto, sigue siendo posible que la cronicidad del sueño corto durante la infancia pueda constituir un factor de riesgo para psicosis, en lugar de la corta duración del sueño en un momento discreto del desarrollo. 

Los mecanismos potenciales que vinculan la corta duración del sueño en la infancia con la psicosis posterior también están sin explorar. Se ha sugerido recientemente a la inflamación como un posible factor mediador, dados los vínculos recíprocos conocidos entre el sueño y el sistema inmunológico y la evidencia de inflamación de bajo grado en personas con psicosis. Solo un estudio ha explorado las relaciones entre marcadores inflamatorios, sueño y psicosis, hallando que los pacientes ambulatorios con esquizofrenia tenían una peor calidad del sueño y niveles más altos de marcadores inflamatorios en comparación con los controles. 

El estudio actual examinó la asociación prospectiva del sueño de corta duración persistente durante la infancia con la psicosis en la adultez temprana, y el posible papel mediador de la inflamación en estos casos. 

Métodos 

>Participantes.  El Estudio Longitudinal de Padres e Hijos de Avon (ALSPAC) es un estudio de cohorte de nacimiento del Reino Unido que examina los determinantes del desarrollo, la salud y la enfermedad durante la infancia y más allá. Se invitó a participar a mujeres embarazadas que residían en Avon, Reino Unido, con fechas de parto previstas entre el 1 de abril de 1991 y el 31 de diciembre de 1992. El número inicial de inscriptas fue de 14.541, resultando en 14.062 neonatos y 13.988 niños vivos al año de edad. 

>Duración del sueño nocturno. Se recopiló información sobre el sueño informada por los padres a los 6, 18 y 30 meses, y a los 3,5, 4 a 5, 5 a 6 y 6 a 7 años. La duración del sueño nocturno se calculó preguntando a qué hora el niño se iba a dormir normalmente por la noche y se despertaba por la mañana. 

>Resultados psicóticos a los 24 años. Las experiencias psicóticas (EPs) se identificaron a través de la Entrevista de Síntomas Similares a la Psicosis semiestructurada. Las EPs que se produjeron en los últimos 6 meses abarcaron los 3 principales dominios de síntomas positivos: alucinaciones, delirios e interferencia del pensamiento. Se identificaron a los individuos con trastorno psicótico (TP) a los 24 años según los siguientes criterios: (1) EPs calificadas como definidas y no asociadas con el sueño o la fiebre, (2) EPs recurrentes regularmente durante los 6 meses anteriores y (3) EPs informadas como muy angustiantes o con un impacto muy negativo en el funcionamiento social/laboral. 

>Marcadores inflamatorios a los 9 y 15 años. Se recogieron muestras de sangre de los participantes a los 9 años aproximadamente a la misma hora del día. A los 15 años, se extrajo una nueva muestra de sangre en ayunas a una hora del día prácticamente constante. Se midió proteína C reactiva de alta sensibilidad (PCR) a los 9 y 15 años en el mismo laboratorio. Además, se midió la interleucina 6 (IL-6) a los 9 años. Los niveles más altos de IL-6 y PCR se asociaron con una mayor probabilidad de infección.   

>Factores de confusión. Se evaluaron múltiples factores de riesgo familiares utilizando el Índice de Adversidad Familiar (IAF) durante el embarazo y a los 2 y 4 años.  El FAI incluye elementos sobre paternidad temprana, vivienda y condiciones familiares o red social. Los problemas de sueño a los 24 años se evaluaron con un elemento autoinformado (“¿Tiene dificultades para conciliar el sueño o volver a dormirse?”), para controlar los posibles problemas de sueño coexistentes. La madre informó el sexo del niño, la edad gestacional, la raza y la etnia, y la edad materna cuando nació el bebé. Se seleccionaron como covariables debido a su impacto en la psicosis y el sueño. El índice de masa corporal (IMC) del niño a los 9 y 15 años también se seleccionó en función de las asociaciones bien conocidas entre obesidad/IMC aumentado y marcadores inflamatorios elevados. Por último, los trastornos del desarrollo neurológico, que también están altamente vinculados con problemas de sueño y con síntomas psicóticos, se incluyeron como covariables. Más específicamente, se seleccionó el diagnóstico de TDAH a los 8 años y el trastorno del espectro autista a los 9 años.  

Resultados 

Se disponía de datos sobre 3962 adultos jóvenes (61,3% mujeres) con información sobre resultados psicóticos a los 24 años y 12.394 niños (50,5% mujeres).

>Clases de duración del sueño nocturno. La clase 1 representó una duración del sueño nocturno persistentemente más corta (301 participantes [2,4%]); la clase 2, una duración persistente del sueño intermedia-más corta (2743 participantes [21,7%]); la clase 3, una duración persistente del sueño nocturno más larga (1684 participantes [13,6%]); y la clase 4, una duración persistente intermedia-más larga del sueño nocturno (7666 participantes [61,9%]). 

>Asociaciones prospectivas.  Las regresiones logísticas ajustadas mostraron que la duración persistente más corta del sueño nocturno (clase 1) se asoció significativamente con TP y EPs, a los 24 años.   

>Asociaciones mediadoras de marcadores inflamatorios. Al examinar si la PCR a los 9 años mediaba parcialmente la asociación entre la duración persistentemente más corta del sueño nocturno y la EP a los 24 años, los índices de ajuste del modelo de análisis de ruta indicaron un buen ajuste. Sin embargo, no se observó una mediación de la PCR a los 9 años en la asociación entre la exposición y el resultado. Se obtuvieron resultados similares para la PCR a los 15 años, pero sin una asociación indirecta entre la exposición y el resultado. Cuando se examinó el nivel de IL-6 a los 9 años como factor mediador, se observaron excelentes valores de ajuste del modelo, y también que la IL-6 a los 9 años medió parcialmente la asociación entre la exposición y el resultado. 

Con respecto a las EPs a los 24 años como resultado, se obtuvieron resultados similares a los de los análisis de trayectoria informados anteriormente. Se observaron excelentes valores de ajuste del modelo cuando se examinó el nivel de IL-6 a los 9 años como factor mediador, observando también que solo el nivel de IL-6 a los 9 años mediaba parcialmente la asociación entre la exposición y el resultado.  

Discusión 

Para el conocimiento de los autores, este es el primer estudio que informa que una duración de sueño más corta y persistente a lo largo de la infancia se asocia con un mayor riesgo de psicosis en la adultez temprana. Además, hallaron que estas asociaciones pueden estar parcialmente mediadas por patrones inflamatorios específicos (es decir, niveles aumentados de IL-6 a los 9 años). Sin embargo, estos resultados indicaron que, aunque significativos, el tamaño de la asociación y la proporción de la asociación mediada fueron bajos, lo que indica que otros factores también podrían explicar potencialmente estas asociaciones. 

Se halló que una duración de sueño más corta y persistente desde la infancia hasta la niñez se asociaba tanto con EPs como con TPs en la adultez temprana. Varios estudios han investigado el papel predictivo de la falta de sueño en los síntomas psicóticos al restringir o privar del sueño a adultos sanos, y han descubierto que la falta de sueño conduce a un aumento de los síntomas psicóticos.  Sin embargo, estos estudios solo pueden explorar las asociaciones a corto plazo y no a largo plazo.

Estudios epidemiológicos previos a gran escala también han demostrado una correlación entre los problemas de sueño y los trastornos psicóticos. Sin embargo, estos estudios examinaron en gran medida los trastornos del sueño en la adultez y se basaron en informes transversales que evaluaron el sueño concurrente y las experiencias psicóticas o las manipulaciones del sueño a corto plazo.

El hallazgo de los autores de que una trayectoria de duración del sueño que representa una falta persistente de sueño en la niñez se asoció con psicosis a los 24 años sugiere que la cronicidad de la pérdida de sueño es más importante que la falta de sueño en un momento específico. Esto probablemente se deba a que la duración del sueño es muy variable en la niñez, lo que requiere múltiples evaluaciones a lo largo de la misma para captar su curso de desarrollo. Estos hallazgos también pueden sugerir que el impacto perjudicial de un sueño inadecuado durante la infancia no se manifiesta hasta la adultez temprana en asociación con la psicosis, coincidiendo con la edad media de aparición de estos trastornos. 

Además, los autores probaron el posible papel mediador de la inflamación en las asociaciones entre la duración persistentemente más corta del sueño y la psicosis, y hallaron que los niveles de IL-6, pero no de PCR, mediaban parcialmente estas asociaciones. Estudios longitudinales en adultos han demostrado que la duración corta del sueño se asocia prospectivamente con aumento de marcadores inflamatorios, incluidos los niveles de PCR e IL-6.

Finalmente, una revisión reciente respalda que la privación del sueño altera los procesos inmunológicos inflamatorios a través de múltiples vías, lo que podría conducir a una mayor susceptibilidad a enfermedades inflamatorias crónicas, lo que respalda la posible plausibilidad biológica de que la falta persistente de sueño a lo largo del tiempo podría conducir a alteraciones inflamatorias en el futuro.

En general, estos hallazgos se explican potencialmente por el papel dinámico del sueño en la regulación del sistema inmunológico, y, por lo tanto, la falta de sueño puede conducir a cambios en los sistemas efectores que regulan el sistema inmune y, en consecuencia, conducir a aumentos anormales en las respuestas inflamatorias. Sin embargo, aunque la evidencia existente respalda que la inflamación es una consecuencia de la alteración persistente del sueño, un factor de riesgo para la psicosis y un posible factor mediador entre el sueño y la psicosis, hasta la fecha, solo un estudio ha investigado la co-ocurrencia de la alteración del sueño y la inflamación en pacientes ambulatorios con esquizofrenia. 

Los hallazgos de este estudio son congruentes con otro estudio reciente de los autores que utilizó datos de ALSPAC donde hallaron que el nivel de IL-6, pero no el nivel de PCR (ambos a los 9 años), mediaba parcialmente las asociaciones entre los problemas de sueño en la infancia y el diagnóstico de TDAH a los 10 años.

Otro estudio reciente del mismo grupo que también utilizó datos de ALSPAC encontró que el nivel de PCR a los 9 y 15 años mediaba parcialmente las asociaciones entre la ansiedad persistente a lo largo de la infancia y la psicosis a los 24 años. En base a esta evidencia limitada, se podría plantear la hipótesis de que diferentes acciones fisiológicas se asocian con cada uno de estos marcadores inflamatorios; por lo tanto, el nivel de IL-6 puede ser más sensible a los problemas de sueño, aunque la ansiedad puede tener una mayor asociación con los niveles de PCR, en la vía hacia la psicosis.

Un estudio reciente de aleatorización mendeliana del Biobanco del Reino Unido descubrió que el nivel de IL-6 predicho genéticamente se asociaba con la estructura cerebral, sugiriendo que la exposición temprana a niveles elevados de IL-6 puede afectar el desarrollo de la estructura cerebral en áreas relevantes para el desarrollo neurológico (y, por lo tanto, el sueño), mientras que el nivel de PCR podría ser más sensible al entorno.  

Fortalezas y limitaciones 

Las fortalezas de este estudio incluyen el gran tamaño de muestra basado en población, el diseño longitudinal y la inclusión de la duración del sueño a lo largo de la infancia. Sin embargo, este estudio tiene algunas limitaciones.

En primer lugar, este estudio solo se centró en el sueño informado por los padres o por los propios participantes, que podría ser diferente del sueño objetivo.

En segundo lugar, la duración del sueño diurno no estaba disponible para todos los puntos de tiempo y, por lo tanto, no se pudieron proporcionar trayectorias sobre la duración del sueño diurno o total.

En tercer lugar, la mayoría de los participantes eran de raza blanca y todos residían en la misma área geográfica en el Reino Unido, lo que limita la generalización de los hallazgos.

En cuarto lugar, los resultados podrían explicarse por otros posibles factores subyacentes que no se han explorado en este estudio.

En quinto lugar, en ausencia de una manipulación o intervención experimental, no se puede insinuar que una duración de sueño más corta contribuya causalmente a experiencias psicóticas posteriores, y es posible que la asociación pueda deberse a otros factores asociados tanto con el sueño infantil como con la psicosis.

Por último, aunque aquí se centraron en las asociaciones con la psicosis, es probable que estas asociaciones sean transdiagnósticas teniendo en cuenta que los marcadores inflamatorios se han asociado con una gama de trastornos psiquiátricos en esta misma cohorte. Por lo tanto, los estudios futuros deben explorar las vías de asociación con otros resultados de salud mental.  

Conclusiones 

Los resultados de este estudio de cohorte sugieren que la duración persistentemente más corta del sueño a lo largo de la infancia se asoció con un mayor riesgo de desarrollar psicosis en la adultez temprana. Además, el nivel de IL-6, pero no el nivel de PCR, medió parcialmente estas asociaciones prospectivas.

Los hallazgos resaltan la necesidad de abordar la duración corta del sueño en los niños, ya que la persistencia de estos problemas del sueño puede ser un factor de riesgo para la psicosis posterior.

Este estudio también proporciona evidencia para desarrollar futuras intervenciones tempranas dirigidas a niños que aborden tanto la duración del sueño como los niveles inflamatorios específicos, para prevenir futuros resultados adversos.


  Traducción y resumen objetivo: Dra. Alejandrea Coarassa