Ocurre ello repentinamente, luego de un largo período de gestación (consciente o no) y verdaderamente el descubrimiento nos colma de alegría, ya que (salvando las diferencias) nos alboroza como la llegada de un nuevo hijo.
Comprobamos así, en nosotros mismos, la capacidad de la mente humana, en el fantástico proceso de elaboración entre experiencias previas, información adquirida, intuición innata y algo de temeridad.
Al recibir un hijo no aspiramos a que se trate de un futuro Premio Nobel o un triunfador en Wimbledon. La alegría deviene de la toma de conciencia del continuo de la humanidad, con el inexorable recambio generacional, pero con la trascendencia de la vida.
Con la hipótesis ocurre algo similar. Casi no importa su futura relevancia; uno se halla convencido que ha contribuido con su mínimo aporte al caudal del conocimiento. Para el autor ”se non e vero…” y se siente muy contento.
Pero también es justo reconocer que muchos hemos tenido ocasión de observar seres de excepción que han desarrollado no una, sino ¡dos! ideas lo que nos llena de admiración y respeto hacia ellos. ¡Qué mentes brillantes!
Y ya como excepción, hemos observado a algún colega cuya trayectoria asombra y a quien nos enorgullece haber conocido. ¡Tres ideas tuvo en su vida! Seguramente hemos disfrutado del contacto o la proximidad de un genio.
Ahora bien, algún memorioso lector nos advertirá, de inmediato, de tal o cual persona o grupo de personas que han desarrollado decenas (¿acaso centenas?) de hipótesis ¡buena parte de ellas publicadas!
Aquí debiéramos hacer un alto para definir el concepto de idea o hipótesis; podemos plantear tres alternativas (puede haber otras) para ubicarnos frente al problema.
Una idea puede ser original, "dibujada" o copiada. Trataremos de establecer que se trata de muy diferentes alternativas, pero cuyos límites no siempre resultan de fácil detección.
Así como nadie es totalmente original porque la mente se nutre de antecedentes, muchas hipótesis no son más que una burda copia, astutamente pintarrajeada para agregarles “sex appeal”.
Un hecho histórico y concreto ayudará a distinguir. Recordemos las contribuciones respectivas de Norman Shummway y Chistian Barnard al trasplante cardíaco, y cuál fue la repercusión que cada uno obtuvo en el ámbito no médico ¡y hasta en numerosos colegas!
Muchos casos constituyen un claro y triste ejemplo de la transgresión de pautas éticas en beneficio de intereses personales.
Pasemos ahora a distinguir entre una hipótesis original y otra "dibujada". Esta diferencia es más difícil de definir con palabras, porque los mecanismos a menudo se entrecruzan.
Aquí podríamos recurrir a otra imagen. No es lo mismo ser madre que niñera. Ambas pueden compartir el placer de la crianza de un niño, pero sólo la madre comprenderá el mensaje Divino de la creación.
Sólo la mente de cada investigador sabe si actuó como madre o niñera, pero los que accedemos a sus trabajos, a menudo podremos intuir la diferencia… y valorarlos en consecuencia.
Pero no cabe duda de que, cualquiera sea el origen de la idea, quien la desarrolla debe inexorablemente seguir los pasos necesarios que culminan, luego de la experimentación básica, con los diversos niveles de estudios clínicos, la debida protección del paciente y la comunicación entre pares.
Ninguna de estas etapas se puede obviar. Y lo que es aún más importante, la información resultante jamás debería tener difusión popular previa al imprescindible consenso entre los cardiólogos.
Obviamente esta reflexión no está dirigida a sentar normas (que ya existen) sino a exhortar a respetarlas. En ese sentido la Cardiología Argentina, a través de sus autoridades, dispone de mecanismos idóneos de control.
Mientras tanto nosotros, los médicos, podemos entretenernos en distinguir lo original de lo copiado o "dibujado", y seguir honrando como se merece a quien es capaz de tener una idea y desarrollarla como corresponde.