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La práctica médica contemporánea se desarrolla en un contexto de creciente conflictividad y judicialización. En este escenario, los conflictos no suelen originarse exclusivamente en errores técnicos, sino también en fallas comunicacionales, información insuficiente, registros incompletos o percepciones de abandono asistencial.
La evidencia médico-legal demuestra que muchos reclamos podrían prevenirse mediante una mejor gestión de la información, una adecuada documentación de la práctica cotidiana y el reconocimiento temprano de situaciones de riesgo.
Por ello, la formación médico-legal ya no puede considerarse un conocimiento accesorio, sino una competencia esencial para la práctica asistencial moderna.
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El modelo contemporáneo de formación médica hospitalaria ha transitado desde un paradigma tutorial clásico, centrado en la figura del "Maestro" y el empirismo clínico a la cabecera del enfermo, hacia un enfoque horizontal, fragmentado, altamente tecnificado. Verdad de Pero Grullo es precisar que dicho empirismo no carecía de rigor científico ni era una mera praxis improvisada, sino la máxima expresión del conocimiento científico aplicado.
Los Maestros no operaban desde la intuición desprovista de método; por el contrario, aunaban en su actuar una sólida densidad teórica con la destreza práctica, validando el saber biomédico directamente en la realidad clínica del paciente.
Este nuevo escenario, guiado por la Medicina Basada en la Evidencia (MBE), se encuentra fuertemente impulsado por la Inteligencia Artificial (IA), promoviendo una teórica democratización del saber médico que desplaza la autoridad del mentor hacia la accesibilidad del algoritmo; sin embargo, es imperativo señalar que la mera disponibilidad de la información no equivale a la posesión del conocimiento clínico. El auténtico saber médico no es democrático por el solo hecho de estar accesible; se gana mediante el esfuerzo sostenido y se consolida con el paso del tiempo a través de la experiencia reflexiva. Es allí donde radica la importancia insustituible del Maestro, quien opera como el catalizador crítico capaz de transformar la frialdad del dato digital en sabiduría práctica aplicada al ser humano.[1]
Evaluamos las repercusiones pedagógicas derivadas de la pérdida del magisterio humanista, las consecuencias clínicas expresadas en el menoscabo de la destreza semiológica, el incremento de errores por pases de guardia y el impacto jurídico manifestado en el aumento exponencial de las demandas por mala praxis médica. Si bien el modelo actual aspira a la estandarización y la seguridad técnica procedimental a corto plazo, la despersonalización del acto médico y la atomización asistencial han erosionado el escudo relacional clásico, propiciando un auge de la medicina defensiva y la litigiosidad.[2]
La formación del médico es un proceso continuo que encuentra en el hospital su entorno óptimo de desarrollo.
Tradicionalmente, la transición del ciclo teórico al práctico consolidaba un modelo de aprendizaje por asimilación, donde el jefe de servicio o "Maestro" operaba como el eje epistémico y ético del novel profesional.
En las últimas tres décadas, la educación médica y la práctica asistencial han sufrido una transformación estructural profunda: la emergencia de la hiper-especialización, las restricciones horarias en las residencias orientadas al bienestar laboral, la digitalización de los registros clínicos y la estandarización mediante guías de práctica clínica han desplazado la figura del mentor omnisciente.
Se examina de qué manera el cambio de paradigma ha afectado la adquisición de competencias por parte de los médicos en formación, los resultados clínicos objetivos en los pacientes y el consecuente ecosistema legal de responsabilidad civil médica.
El quiebre pedagógico: del mentorismo tutorial a la protocolización algorítmica
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A mediados de la década de 1990, la enseñanza de la medicina aún conservaba una estructura marcadamente vertical. El "Maestro" encarnaba la síntesis de la experiencia acumulada, la intuición clínica y un juicio científico complejo que articulaba los razonamientos inductivo, deductivo y abductivo. Este vasto entramado de saberes, destrezas y conductas éticas era transmitido al estudiante de manera cuasi orgánica, inconsciente, por imbibición y por imitación, al pie de la cama del enfermo.[3]
El aprendizaje ocurría a través del bedside teaching (enseñanza a la cabecera del enfermo), una práctica que permitía al estudiante observar en tiempo real la evolución de la enfermedad, la modulación de los síntomas, la respuesta al tratamiento y la interacción humana con el paciente.[4]
En la actualidad, este modelo tutorial ha sido reemplazado por una organización horizontal fundamentada en la Medicina Basada en la Evidencia (MBE): el conocimiento ya no reside en la memoria del jefe de servicio, sino que es accesible en tiempo real, mediante bases de datos y algoritmos de decisión clínica. Esta transición ha desmitificado la autoridad médica, reemplazándola por consensos internacionales.[5]
Este avance metodológico ha conllevado la desaparición progresiva del Maestro. Los jefes de unidades actuales han sido absorbidos por la burocracia institucional, la gestión de recursos y las auditorías de calidad, reduciendo su tiempo junto al paciente y al alumno. La formación contemporánea se ha vuelto "pantalla-céntrica", priorizando el diligenciamiento de la historia clínica electrónica sobre el debate semiológico constructivo.
Repercusiones clínicas: el desgaste semiológico y la fragmentación del cuidado
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La pérdida de la tutela del Maestro y la reducción del tiempo dedicado a la exploración física directa han tenido un impacto medible en los resultados para el paciente (patient outcomes).[6]
El bedside teaching, que representaba la mayor parte del tiempo formativo, ha caído a niveles críticos que oscilan entre el 8 % y el 19 % de la actividad clínica total. La consecuencia inmediata es la "atrofia semiológica".
Los médicos noveles muestran dificultades para identificar signos clínicos clásicos mediante el examen físico tradicional.[7] Este declive técnico se potencia mediante un componente conductual crítico: imbuido de una praxis rígidamente sustentada en la MBE, los laboratorios y el diagnóstico por imágenes, el profesional contemporáneo ha dejado de buscar activamente los datos semiológicos. Se produce así un sesgo de desestimación hacia el examen físico, el cual es desplazado por la falsa premisa de que la verdad clínica reside únicamente en la objetividad del reporte tecnológico y no en el cuerpo del enfermo.[8]
Para sobre-compensar la deficiencia clínica, el sistema actual recurre a la cascada diagnóstica: la solicitud masiva de estudios complementarios de alta complejidad (tomografías, resonancias, paneles biomarcadores); si bien esto proporciona una certeza diagnóstica procedimental, prolonga los tiempos de espera en urgencias, eleva los costos sanitarios y expone a los pacientes a riesgos derivados de la radiación o procedimientos invasivos innecesarios.[9]
Por otra parte, la implementación de regulaciones destinadas a mitigar el cansancio de los residentes -como la limitación de las horas de guardia- ha introducido una paradoja asistencial: la literatura científica evidencia que la reducción de horas laborales no ha mejorado la seguridad global del paciente. Al disminuir la duración de las jornadas individuales, se ha incrementado el número de pases de guardia o traspasos de pacientes (handoffs). Cada relevo representa un punto crítico de vulnerabilidad donde la información sutil pero vital suele diluirse o perderse, incrementando los eventos adversos por discontinuidad asistencial. El paciente ya no es tutelado por un médico que conoce su historia de principio a fin, sino por una sucesión fragmentada de profesionales de turno.[10]
El impacto jurídico: judicialización de la medicina y la quiebra del vínculo empático
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El impacto más dramático de este cambio de paradigma se manifiesta en el ámbito legal. Las demandas por mala praxis médica han experimentado un incremento exponencial a nivel global. Lo paradójico es que el aumento de la litigiosidad coincide con el período histórico de mayor precisión tecnológica y eficacia terapéutica objetiva.[11]
La explicación a esta contradicción no es técnica, sino relacional; el modelo formativo tradicional centrado en el Maestro transmitía no solo conocimientos, sino también el arte de la comunicación humana, la empatía, el acompañamiento en el duelo y el manejo asertivo de las expectativas operaban como un "escudo jurídico natural".
Un paciente que percibe un compromiso humano genuino por parte de su médico tratante es estadísticamente menos propenso a iniciar acciones legales ante una complicación médica evolutiva o un resultado adverso inherente a la enfermedad.[12]
El médico actual, al estar inmerso en una dinámica asistencial fragmentada, de alta rotación y mediada por interfaces digitales, establece una relación transaccional con el enfermo. Al desaparecer el vínculo de confianza, cualquier complicación es interpretada de inmediato como una negligencia punible.
Desde el punto de vista del derecho médico, la fragmentación de la atención plantea desafíos para la determinación de la responsabilidad civil y penal. Cuando ocurre un daño derivado de una falla en el pase de guardia o de una omisión de datos dentro de un equipo de salud atomizado, las demandas suelen formularse de manera solidaria contra toda la institución y el conjunto de médicos intervinientes. La responsabilidad individual se diluye en una nebulosa corporativa, lo que prolonga los procesos judiciales e intensifica el estrés laboral del cuerpo médico.[13]
Asimismo, ha mutado la naturaleza de la culpa médica: mientras que en el pasado las demandas se fundaban en la impericia o imprudencia en el acto físico, hoy un porcentaje crítico de los litigios se origina en el defecto del Consentimiento Informado y la violación del Principio de Autonomía del Paciente.[14]
Los médicos noveles, formados en la rigidez del protocolo, a menudo omiten la comunicación exhaustiva de los riesgos latentes de un procedimiento, asumiendo que la firma de un formulario cumple el requisito legal. Ante los tribunales, el incumplimiento de la debida información al paciente se traduce de forma automática en una vulneración de la lex artis ad hoc.
Este panorama hostil ha consolidado el auge de la "medicina defensiva", donde el profesional contemporáneo diseña su práctica pensando ex ante en su defensa jurídica, perpetuando el círculo vicioso de sobrediagnóstico y desconfianza bilateral: del paciente hacia el médico y viceversa.[15] Es imperativo reconocer que este escenario de hostilidad es, hasta cierto punto, generado y alimentado por el propio cuerpo médico, por cada uno de sus integrantes. Al haber capitulado frente a la tecnocracia y abandonado de forma proactiva el modelo asistencial centrado en el paciente para mutar hacia uno estrictamente pantalla-céntrico, el colectivo profesional erosionó sus propias bases relacionales, convirtiéndose en arquitecto involuntario del clima de sospecha mutua que hoy lo asedia.[16]
La transición del modelo de formación médica hospitalaria ha generado progreso en términos de estandarización científica, predictibilidad y seguridad técnica inicial mediante la simulación clínica.
Sin embargo, el costo pedagógico de prescindir de la figura del Maestro ha sido elevado: la pérdida de la destreza semiológica aprendida a la cabecera del enfermo, la fragmentación del cuidado por restricciones horarias y la erosión del componente humanístico de la relación médico-paciente han dejado al descubierto las vulnerabilidades del sistema.
El incremento sostenido de las demandas por mala praxis es síntoma de un modelo que ha privilegiado la eficiencia técnica por sobre el vínculo humano.
Para revertir esta tendencia -quizás irreversible- se vuelve imperativo reconfigurar los entornos hospitalarios de aprendizaje continuo. Es necesario rescatar los espacios de mentoría, dignificar el tiempo médico dedicado a la palabra y comprender que la excelencia médica no radica en el reemplazo del juicio clínico por el algoritmo, sino en la integración armónica de la evidencia científica con el arte humano que los viejos Maestros solían legar.
[1] Narayanan, V. (2020). The value of bedside teaching in undergraduate medical education. Journal of Family Medicine and Primary Care, 9(7), 3191–3195.
Sam, A. H., Fung, C. Y., Barth, J., & Raupach, T. (2021). Back to basics: Tackling the challenges to bedside teaching. BMC Medical Education, 21(1), 102–109.
[2] Branch, W. T. (2014). The road to professionalism: Reflective practice and the core values of medical education. Transactions of the American Clinical and Climatological Association, 125, 247–256.
Verghese, A., Charlton, B., Kass, B. P., Taylor, L., & Schoonmaker, T. (2015). Inadequacies in physical examination as a cause of medical error and delayed diagnosis. The American Journal of Medicine, 128(12), 1322–1324.
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[8] Verghese, A., Brady, E., Costanzo Kapur, C., & Horwitz, R. (2011). The iPatient: Deeply disembodied care. Annals of Internal Medicine, 155(8), 547–550.
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[12] Levinson, W., Roter, D. L., Mullooly, J. P., Dull, V. T., & Frankel, R. M. (1997). Physician-patient communication: The relationship with malpractice claims among primary care physicians and general surgeons. JAMA, 277(7), 553–559.
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[13] Gawande, A. A., Zinner, M. J., Studdert, D. M., & Brennan, T. A. (2003). Analysis of errors reported by surgeons at three teaching hospitals. Surgery, 133(6), 614–621.
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[14] Sokol-Hessner, L., White, A. A., Dieffenbach, J. L., & Gallagher, T. H. (2015). The evolution of malpractice litigation: From technical error to communication failure. Journal of General Internal Medicine, 30(3), 362–367.
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[15] Passmore, K., & Baldwin, J. (2002). Defensive medicine as a legal and clinical reality: Behavioral changes among hospital physicians. Journal of Medical Ethics, 28(4), 244–248. Journal of Medical Ethics.
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[16] Margalit, R. S., Roter, D., Dunevant, M. A., Larson, S., & Must, A. (2006). Electronic medical record use and physician‐patient communication: An observational study of post‐examination discussions. Patient Education and Counseling, 61(1), 134–141.
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Publicado el 4 de septiembre de 2026
Educación médica en debate
¿Qué pasa si el algoritmo reemplaza al maestro?
La tecnología amplía el acceso al saber, pero no transmite el criterio que se adquiere junto al paciente. La pérdida de referentes hospitalarios también abre una zona de riesgo legal.
La práctica médica contemporánea se desarrolla en un contexto de creciente conflictividad y judicialización. En este escenario, los conflictos no suelen originarse exclusivamente en errores técnicos, sino también en fallas comunicacionales, información insuficiente, registros incompletos o percepciones de abandono asistencial.
La evidencia médico-legal demuestra que muchos reclamos podrían prevenirse mediante una mejor gestión de la información, una adecuada documentación de la práctica cotidiana y el reconocimiento temprano de situaciones de riesgo.
Por ello, la formación médico-legal ya no puede considerarse un conocimiento accesorio, sino una competencia esencial para la práctica asistencial moderna.
El modelo contemporáneo de formación médica hospitalaria ha transitado desde un paradigma tutorial clásico, centrado en la figura del "Maestro" y el empirismo clínico a la cabecera del enfermo, hacia un enfoque horizontal, fragmentado, altamente tecnificado. Verdad de Pero Grullo es precisar que dicho empirismo no carecía de rigor científico ni era una mera praxis improvisada, sino la máxima expresión del conocimiento científico aplicado.
Los Maestros no operaban desde la intuición desprovista de método; por el contrario, aunaban en su actuar una sólida densidad teórica con la destreza práctica, validando el saber biomédico directamente en la realidad clínica del paciente.
Este nuevo escenario, guiado por la Medicina Basada en la Evidencia (MBE), se encuentra fuertemente impulsado por la Inteligencia Artificial (IA), promoviendo una teórica democratización del saber médico que desplaza la autoridad del mentor hacia la accesibilidad del algoritmo; sin embargo, es imperativo señalar que la mera disponibilidad de la información no equivale a la posesión del conocimiento clínico. El auténtico saber médico no es democrático por el solo hecho de estar accesible; se gana mediante el esfuerzo sostenido y se consolida con el paso del tiempo a través de la experiencia reflexiva. Es allí donde radica la importancia insustituible del Maestro, quien opera como el catalizador crítico capaz de transformar la frialdad del dato digital en sabiduría práctica aplicada al ser humano.[1]
Evaluamos las repercusiones pedagógicas derivadas de la pérdida del magisterio humanista, las consecuencias clínicas expresadas en el menoscabo de la destreza semiológica, el incremento de errores por pases de guardia y el impacto jurídico manifestado en el aumento exponencial de las demandas por mala praxis médica. Si bien el modelo actual aspira a la estandarización y la seguridad técnica procedimental a corto plazo, la despersonalización del acto médico y la atomización asistencial han erosionado el escudo relacional clásico, propiciando un auge de la medicina defensiva y la litigiosidad.[2]
Introducción
La formación del médico es un proceso continuo que encuentra en el hospital su entorno óptimo de desarrollo.
Tradicionalmente, la transición del ciclo teórico al práctico consolidaba un modelo de aprendizaje por asimilación, donde el jefe de servicio o "Maestro" operaba como el eje epistémico y ético del novel profesional.
En las últimas tres décadas, la educación médica y la práctica asistencial han sufrido una transformación estructural profunda: la emergencia de la hiper-especialización, las restricciones horarias en las residencias orientadas al bienestar laboral, la digitalización de los registros clínicos y la estandarización mediante guías de práctica clínica han desplazado la figura del mentor omnisciente.
Se examina de qué manera el cambio de paradigma ha afectado la adquisición de competencias por parte de los médicos en formación, los resultados clínicos objetivos en los pacientes y el consecuente ecosistema legal de responsabilidad civil médica.
El quiebre pedagógico: del mentorismo tutorial a la protocolización algorítmica
A mediados de la década de 1990, la enseñanza de la medicina aún conservaba una estructura marcadamente vertical. El "Maestro" encarnaba la síntesis de la experiencia acumulada, la intuición clínica y un juicio científico complejo que articulaba los razonamientos inductivo, deductivo y abductivo. Este vasto entramado de saberes, destrezas y conductas éticas era transmitido al estudiante de manera cuasi orgánica, inconsciente, por imbibición y por imitación, al pie de la cama del enfermo.[3]
El aprendizaje ocurría a través del bedside teaching (enseñanza a la cabecera del enfermo), una práctica que permitía al estudiante observar en tiempo real la evolución de la enfermedad, la modulación de los síntomas, la respuesta al tratamiento y la interacción humana con el paciente.[4]
En la actualidad, este modelo tutorial ha sido reemplazado por una organización horizontal fundamentada en la Medicina Basada en la Evidencia (MBE): el conocimiento ya no reside en la memoria del jefe de servicio, sino que es accesible en tiempo real, mediante bases de datos y algoritmos de decisión clínica. Esta transición ha desmitificado la autoridad médica, reemplazándola por consensos internacionales.[5]
Este avance metodológico ha conllevado la desaparición progresiva del Maestro. Los jefes de unidades actuales han sido absorbidos por la burocracia institucional, la gestión de recursos y las auditorías de calidad, reduciendo su tiempo junto al paciente y al alumno. La formación contemporánea se ha vuelto "pantalla-céntrica", priorizando el diligenciamiento de la historia clínica electrónica sobre el debate semiológico constructivo.
Repercusiones clínicas: el desgaste semiológico y la fragmentación del cuidado
La pérdida de la tutela del Maestro y la reducción del tiempo dedicado a la exploración física directa han tenido un impacto medible en los resultados para el paciente (patient outcomes).[6]
El bedside teaching, que representaba la mayor parte del tiempo formativo, ha caído a niveles críticos que oscilan entre el 8 % y el 19 % de la actividad clínica total. La consecuencia inmediata es la "atrofia semiológica".
Los médicos noveles muestran dificultades para identificar signos clínicos clásicos mediante el examen físico tradicional.[7] Este declive técnico se potencia mediante un componente conductual crítico: imbuido de una praxis rígidamente sustentada en la MBE, los laboratorios y el diagnóstico por imágenes, el profesional contemporáneo ha dejado de buscar activamente los datos semiológicos. Se produce así un sesgo de desestimación hacia el examen físico, el cual es desplazado por la falsa premisa de que la verdad clínica reside únicamente en la objetividad del reporte tecnológico y no en el cuerpo del enfermo.[8]
Para sobre-compensar la deficiencia clínica, el sistema actual recurre a la cascada diagnóstica: la solicitud masiva de estudios complementarios de alta complejidad (tomografías, resonancias, paneles biomarcadores); si bien esto proporciona una certeza diagnóstica procedimental, prolonga los tiempos de espera en urgencias, eleva los costos sanitarios y expone a los pacientes a riesgos derivados de la radiación o procedimientos invasivos innecesarios.[9]
Por otra parte, la implementación de regulaciones destinadas a mitigar el cansancio de los residentes -como la limitación de las horas de guardia- ha introducido una paradoja asistencial: la literatura científica evidencia que la reducción de horas laborales no ha mejorado la seguridad global del paciente. Al disminuir la duración de las jornadas individuales, se ha incrementado el número de pases de guardia o traspasos de pacientes (handoffs). Cada relevo representa un punto crítico de vulnerabilidad donde la información sutil pero vital suele diluirse o perderse, incrementando los eventos adversos por discontinuidad asistencial. El paciente ya no es tutelado por un médico que conoce su historia de principio a fin, sino por una sucesión fragmentada de profesionales de turno.[10]
El impacto jurídico: judicialización de la medicina y la quiebra del vínculo empático
El impacto más dramático de este cambio de paradigma se manifiesta en el ámbito legal. Las demandas por mala praxis médica han experimentado un incremento exponencial a nivel global. Lo paradójico es que el aumento de la litigiosidad coincide con el período histórico de mayor precisión tecnológica y eficacia terapéutica objetiva.[11]
La explicación a esta contradicción no es técnica, sino relacional; el modelo formativo tradicional centrado en el Maestro transmitía no solo conocimientos, sino también el arte de la comunicación humana, la empatía, el acompañamiento en el duelo y el manejo asertivo de las expectativas operaban como un "escudo jurídico natural".
Un paciente que percibe un compromiso humano genuino por parte de su médico tratante es estadísticamente menos propenso a iniciar acciones legales ante una complicación médica evolutiva o un resultado adverso inherente a la enfermedad.[12]
El médico actual, al estar inmerso en una dinámica asistencial fragmentada, de alta rotación y mediada por interfaces digitales, establece una relación transaccional con el enfermo. Al desaparecer el vínculo de confianza, cualquier complicación es interpretada de inmediato como una negligencia punible.
Desde el punto de vista del derecho médico, la fragmentación de la atención plantea desafíos para la determinación de la responsabilidad civil y penal. Cuando ocurre un daño derivado de una falla en el pase de guardia o de una omisión de datos dentro de un equipo de salud atomizado, las demandas suelen formularse de manera solidaria contra toda la institución y el conjunto de médicos intervinientes. La responsabilidad individual se diluye en una nebulosa corporativa, lo que prolonga los procesos judiciales e intensifica el estrés laboral del cuerpo médico.[13]
Asimismo, ha mutado la naturaleza de la culpa médica: mientras que en el pasado las demandas se fundaban en la impericia o imprudencia en el acto físico, hoy un porcentaje crítico de los litigios se origina en el defecto del Consentimiento Informado y la violación del Principio de Autonomía del Paciente.[14]
Los médicos noveles, formados en la rigidez del protocolo, a menudo omiten la comunicación exhaustiva de los riesgos latentes de un procedimiento, asumiendo que la firma de un formulario cumple el requisito legal. Ante los tribunales, el incumplimiento de la debida información al paciente se traduce de forma automática en una vulneración de la lex artis ad hoc.
Este panorama hostil ha consolidado el auge de la "medicina defensiva", donde el profesional contemporáneo diseña su práctica pensando ex ante en su defensa jurídica, perpetuando el círculo vicioso de sobrediagnóstico y desconfianza bilateral: del paciente hacia el médico y viceversa.[15] Es imperativo reconocer que este escenario de hostilidad es, hasta cierto punto, generado y alimentado por el propio cuerpo médico, por cada uno de sus integrantes. Al haber capitulado frente a la tecnocracia y abandonado de forma proactiva el modelo asistencial centrado en el paciente para mutar hacia uno estrictamente pantalla-céntrico, el colectivo profesional erosionó sus propias bases relacionales, convirtiéndose en arquitecto involuntario del clima de sospecha mutua que hoy lo asedia.[16]
Conclusión
La transición del modelo de formación médica hospitalaria ha generado progreso en términos de estandarización científica, predictibilidad y seguridad técnica inicial mediante la simulación clínica.
Sin embargo, el costo pedagógico de prescindir de la figura del Maestro ha sido elevado: la pérdida de la destreza semiológica aprendida a la cabecera del enfermo, la fragmentación del cuidado por restricciones horarias y la erosión del componente humanístico de la relación médico-paciente han dejado al descubierto las vulnerabilidades del sistema.
El incremento sostenido de las demandas por mala praxis es síntoma de un modelo que ha privilegiado la eficiencia técnica por sobre el vínculo humano.
Para revertir esta tendencia -quizás irreversible- se vuelve imperativo reconfigurar los entornos hospitalarios de aprendizaje continuo. Es necesario rescatar los espacios de mentoría, dignificar el tiempo médico dedicado a la palabra y comprender que la excelencia médica no radica en el reemplazo del juicio clínico por el algoritmo, sino en la integración armónica de la evidencia científica con el arte humano que los viejos Maestros solían legar.
[1] Narayanan, V. (2020). The value of bedside teaching in undergraduate medical education. Journal of Family Medicine and Primary Care, 9(7), 3191–3195.
Sam, A. H., Fung, C. Y., Barth, J., & Raupach, T. (2021). Back to basics: Tackling the challenges to bedside teaching. BMC Medical Education, 21(1), 102–109.
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