En un estudio diseñado para aislar las causas del comportamiento violento, investigadores de la Escuela de Medicina de Harvard hallaron que los adolescentes jóvenes que presenciaban actos de violencia con armas de fuego tenían el doble de riesgo de cometerlos a su vez en los siguientes años. El trabajo se publicó recientemente en la revista Science.
"Basado en los resultados de este estudio, que muestra la importancia del contacto personal con la violencia, el mejor modelo para describirla podría ser el de una enfermedad socialmente infecciosa", afirma Felton Earls, profesor de medicina social e investigador principal del estudio y del Proyecto sobre Desarrollo Humano en los Barrios de Chicago.
"Evitar un crimen violento puede prevenir toda una cascada de «infecciones». Y las lecciones aprendidas en Chicago deberían ser aplicables ampliamente. Es posible generalizarlas a cualquier gran ciudad", dijo Earls.
El trabajo, un proyecto de cinco años que incluyó entrevistas a más de 1500 chicos y adolescentes de 78 barrios de Chicago, utilizó avances estadísticos e información extremadamente detallada acerca de los sujetos de investigación para ir más allá de las correlaciones y asociaciones típicamente utilizadas por los científicos sociales para determinar el comportamiento violento.
"Tenemos un amplio rango de factores y un estudio de largo plazo, de manera que podemos extraer los mecanismos causales", afirmó Jeffrey Bingenheimer, actualmente candidato doctoral en la Universidad de Michigan que se unirá a la Escuela de Salud Pública de Harvard, en septiembre.
Estudios previos habían mostrado que una amplia red de factores empuja o tira de la gente joven hacia o desde los comportamientos violentos. Los investigadores sospechaban que la exposición a la violencia en la comunidad jugaba un papel, pero muchos argumentaban que un factor común, tal vez en la estructura familiar o la personalidad, podría ser tanto la causa de la exposición a la violencia como de posteriores actos violentos.
Demostrar causa y efecto en un experimento controlado en el que se expone deliberadamente a los chicos a la violencia sería éticamente censurable. Pero al agrupar y comparar a los adolescentes con niveles de exposición similares, algunos de los cuales eran y otros no eran testigos de escenas violentas, los investigadores pudieron aislar la contribución independiente de ver un acto de violencia armada. Y resultó ser importante, sobrepasando la influencia de otros factores individuales, como la pobreza, el uso de drogas o haber crecido en una familia monoparental.
Armas de fuego
Los especialistas estudiaron a los adolescentes en tres momentos. Inicialmente, ellos y sus cuidadores fueron entrevistados y se reunieron datos sobre sus familias, personalidades, barrios, actuación en la escuela y muchos otros factores; esto les permitió agruparlos por su propensión a ser testigos de violencia con armas de fuego.
Dos años más tarde, los sujetos volvieron a ser entrevistados para ver cuáles de ellos finalmente habían visto a alguien al que le disparaban. Finalmente, casi tres años más tarde fueron nuevamente entrevistados para determinar quiénes habían participado en acciones violentas.
Después de descubrir que aquellos que habían presenciado actos de fuego duplicaban el riesgo de perpetrarlos a su vez en comparación con los que no habían estado expuestos a la violencia, los científicos revisaron las estadísticas para comprobar si se les escapaba un factor desconocido. "Honestamente, es muy difícil pensar que dejamos algo afuera", dijo Earls, señalando hacia las 153 variables que abarcó el estudio.
No faltan enfoques médicos para analizar la violencia urbana, pero el desafío para la medicina social es elegir la mejor: ¿es la violencia producto de las familias, como un desorden genético? ¿O es como un contaminante ambiental, agazapándose en algunas comunidades y pasando a otras por alto? Basados en los resultados de este estudio que muestra la importancia del contacto personal con la violencia, Earls siente que el mejor modelo para entenderla puede ser el de una enfermedad socialmente contagiosa.