La consulta había terminado. Salí del consultorio y regresé al puesto de trabajo, consciente de que el siguiente paciente ya esperaba. La agenda estaba ajustada. La bandeja de entrada seguía llenándose. La aritmética habitual de una jornada clínica intensa había comenzado otra vez.
Entonces, una asistente médica vino a buscarme. Un familiar la había detenido en el pasillo con una pregunta que no había surgido durante la consulta.
—¿Podría volver un momento?
Me detuve.
Conozco demasiado bien esa pausa. No es indiferencia. Tampoco es exactamente impaciencia. Es el pequeño cálculo moral que aparece cuando una necesidad legítima irrumpe en una jornada sin espacio para atenderla. El siguiente paciente espera. La preocupación quizá no sea urgente. Existe el portal para pacientes. Puede programarse otra consulta. El día tiene límites y yo soy una de las personas obligadas a trabajar dentro de ellos.
A veces regreso. A veces no.
En ninguno de los dos casos sucede algo dramático. No se infringe ninguna norma. La decisión puede ser completamente razonable dentro de las restricciones de la práctica clínica. Sin embargo, algunos momentos no desaparecen cuando la puerta se cierra. Permanecen.
He acumulado esos momentos en silencio. Una pregunta que surgió demasiado tarde. Un silencio cuyo significado comprendí después. Un paciente que dijo: “Sé que está ocupada” y lo hizo con amabilidad, aunque esa amabilidad volviera la verdad más difícil de soportar. Una decisión justificable que, aun así, me dejó intranquila.
La mayoría de las veces, la jornada continúa. Llega el siguiente paciente. Se firma la evolución. Se limpia el consultorio. El momento se desvanece en el ruido de fondo de la práctica.
Pero, en ocasiones, no desaparece. Para mí, la escritura comienza allí.
Los médicos escriben aunque la escritura rara vez forme parte de aquello que la medicina reconoce formalmente. No reduce la lista de espera, no concilia la medicación, no responde los mensajes ni mejora los indicadores de calidad de la jornada. Escribir fuera de la historia clínica suele ocurrir tarde, en los márgenes de una vida ya colmada de registros.
Y, sin embargo, escribo. Por lo general, porque algo de la jornada me ha seguido hasta mi casa.
La historia clínica registra lo sucedido desde el punto de vista asistencial. Conserva diagnósticos, datos, decisiones, prescripciones y planes. Es necesaria. También es incompleta.
Puede indicar que se brindó asesoramiento, se explicaron los riesgos, se respondieron preguntas y se programó el seguimiento. Quizá no diga que el paciente dudó antes de aceptar. Tal vez no consigne que la hija pareció aliviada cuando alguien finalmente nombró aquello que todos evitaban. Tampoco que me sentí apurada y que, más tarde, deseé haberme detenido. Puede omitir que lo más importante de la conversación apareció cuando la consulta supuestamente ya había terminado.
La escritura comienza donde termina la historia clínica. No porque el registro sea falso, sino porque no fue concebido para contener la experiencia moral de la práctica. En este sentido, escribir no es simplemente documentar una vivencia. Es parte del modo en que los médicos aprendemos a prestar atención a lo que la medicina nos exige.
La vida clínica avanza con rapidez. Paso de un consultorio a otro, de un problema a otro, de una decisión a la siguiente. La medicina me enseñó a reconocer patrones, resolver incertidumbres, elaborar planes y continuar. Estas capacidades son importantes. Los pacientes necesitan profesionales capaces de decidir.
Pero ciertos momentos no deberían resolverse tan rápido. Necesitan ser observados. La escritura agudiza esa mirada.
Cuando me siento a escribir sobre una situación clínica, a menudo descubro que no comprendía por completo por qué había permanecido conmigo. Al principio, quizá recuerde apenas un fragmento: una frase, una mirada, una sensación en mi propio cuerpo antes de entrar al consultorio. La escritura ralentiza ese fragmento. Permite que el momento se amplíe.
Una breve vacilación se convierte en una pista. Una incomodidad pasajera se transforma en una pregunta. Una decisión razonable da comienzo a una indagación más difícil: ¿qué advertí? ¿Qué pasé por alto? ¿Qué intentaba proteger? ¿Qué necesitaba el paciente que la estructura de la consulta no podía contener?
Escribir no siempre responde estas preguntas. Con frecuencia, hace más difícil evitarlas. Tal vez esa sea la principal razón por la que vuelvo a hacerlo. No busco extraer sabiduría de la experiencia, sino mantenerme vinculada con ella el tiempo suficiente para que pueda enseñarme algo.
La escritura también me ayuda a permanecer. La medicina suele valorar la capacidad de seguir adelante. La jornada lo exige. Siempre hay otro paciente, otro resultado, otro mensaje, otro formulario. Detenerme demasiado en cada situación volvería imposible la práctica. Pero avanzar tiene un costo cuando se convierte en la única capacidad que ejercito.
Algunos encuentros necesitan una segunda forma de atención después de haber ocurrido. No porque pueda rehacerlos, sino porque todavía puedo comprender cómo esas interacciones me están transformando. Escribir me permite regresar a una situación sin convertirla de inmediato en una tarea. Crea un espacio donde la incertidumbre, el pesar, la ternura, la frustración y la gratitud pueden coexistir sin necesidad de dejarlos atrás con rapidez.
En ese espacio, a veces enfrento aquello que resultaba más difícil reconocer dentro del consultorio.
¿Escuché con suficiente atención? ¿Hablé con la claridad necesaria? ¿Permití que el temor del paciente modificara el plan o adapté ese temor al plan que ya había decidido? ¿Mi respuesta estuvo guiada únicamente por el juicio clínico o también por la presión de la agenda, el cansancio de la jornada y la actitud defensiva que puede desarrollarse en cualquier ser humano obligado a absorber más necesidades de las que una sola persona puede sostener?
Estas preguntas no siempre son acusaciones. A veces son invitaciones a recuperar la honestidad.
La escritura puede revelar la complejidad de una situación sin reducirla a la búsqueda de culpables. Puede mostrar que estaba condicionada y, aun así, era responsable; que estaba cansada y todavía debía prestar atención; que tenía límites y conservaba la capacidad de regresar. Puede ayudarme a nombrar la distancia entre la atención que pretendía brindar y la que las circunstancias hicieron posible. También puede permitirme lamentar esa distancia sin resignarme a ella.
Así, escribir no representa una forma de escapar de la medicina. Es una manera de permanecer en ella con honestidad. El trabajo no termina en la página.
La clínica vuelve a abrir. Otro paciente entra al consultorio. Otra pregunta aparece tarde. Otro silencio espera ser advertido. Las mismas restricciones continúan. La escritura no vacía la bandeja de entrada ni agrega horas al día.
Pero, algunas veces, regreso de otra manera.
Una situación que antes habría pasado inadvertida se vuelve más fácil de reconocer. Una frase que quizá hubiera respondido con demasiada rapidez puede llegar hasta el final. Cuando un paciente dice “Sé que está ocupada”, ya no lo escucho como una forma de tranquilizarme, sino como una señal de que ha comenzado a adaptarse a los límites del sistema. Sigo sin poder hacerlo todo. Sin embargo, quizá pueda percibir mejor qué se espera de mí y qué les estoy pidiendo a los pacientes que soporten.
Por eso escribo.
Publicado el 24 de octubre de 2026
Después de la consulta
¿Por qué escriben los médicos?
Una reflexión sobre aquello que persiste cuando termina el encuentro y el registro clínico resulta insuficiente.
Autor/a: Sherry M. Adkins
Fuente: JAMA Network Why Doctors Write
La consulta había terminado. Salí del consultorio y regresé al puesto de trabajo, consciente de que el siguiente paciente ya esperaba. La agenda estaba ajustada. La bandeja de entrada seguía llenándose. La aritmética habitual de una jornada clínica intensa había comenzado otra vez.
Entonces, una asistente médica vino a buscarme. Un familiar la había detenido en el pasillo con una pregunta que no había surgido durante la consulta.
—¿Podría volver un momento?
Me detuve.
Conozco demasiado bien esa pausa. No es indiferencia. Tampoco es exactamente impaciencia. Es el pequeño cálculo moral que aparece cuando una necesidad legítima irrumpe en una jornada sin espacio para atenderla. El siguiente paciente espera. La preocupación quizá no sea urgente. Existe el portal para pacientes. Puede programarse otra consulta. El día tiene límites y yo soy una de las personas obligadas a trabajar dentro de ellos.
A veces regreso. A veces no.
En ninguno de los dos casos sucede algo dramático. No se infringe ninguna norma. La decisión puede ser completamente razonable dentro de las restricciones de la práctica clínica. Sin embargo, algunos momentos no desaparecen cuando la puerta se cierra. Permanecen.
He acumulado esos momentos en silencio. Una pregunta que surgió demasiado tarde. Un silencio cuyo significado comprendí después. Un paciente que dijo: “Sé que está ocupada” y lo hizo con amabilidad, aunque esa amabilidad volviera la verdad más difícil de soportar. Una decisión justificable que, aun así, me dejó intranquila.
La mayoría de las veces, la jornada continúa. Llega el siguiente paciente. Se firma la evolución. Se limpia el consultorio. El momento se desvanece en el ruido de fondo de la práctica.
Pero, en ocasiones, no desaparece. Para mí, la escritura comienza allí.
Los médicos escriben aunque la escritura rara vez forme parte de aquello que la medicina reconoce formalmente. No reduce la lista de espera, no concilia la medicación, no responde los mensajes ni mejora los indicadores de calidad de la jornada. Escribir fuera de la historia clínica suele ocurrir tarde, en los márgenes de una vida ya colmada de registros.
Y, sin embargo, escribo. Por lo general, porque algo de la jornada me ha seguido hasta mi casa.
La historia clínica registra lo sucedido desde el punto de vista asistencial. Conserva diagnósticos, datos, decisiones, prescripciones y planes. Es necesaria. También es incompleta.
Puede indicar que se brindó asesoramiento, se explicaron los riesgos, se respondieron preguntas y se programó el seguimiento. Quizá no diga que el paciente dudó antes de aceptar. Tal vez no consigne que la hija pareció aliviada cuando alguien finalmente nombró aquello que todos evitaban. Tampoco que me sentí apurada y que, más tarde, deseé haberme detenido. Puede omitir que lo más importante de la conversación apareció cuando la consulta supuestamente ya había terminado.
La escritura comienza donde termina la historia clínica. No porque el registro sea falso, sino porque no fue concebido para contener la experiencia moral de la práctica. En este sentido, escribir no es simplemente documentar una vivencia. Es parte del modo en que los médicos aprendemos a prestar atención a lo que la medicina nos exige.
La vida clínica avanza con rapidez. Paso de un consultorio a otro, de un problema a otro, de una decisión a la siguiente. La medicina me enseñó a reconocer patrones, resolver incertidumbres, elaborar planes y continuar. Estas capacidades son importantes. Los pacientes necesitan profesionales capaces de decidir.
Pero ciertos momentos no deberían resolverse tan rápido. Necesitan ser observados. La escritura agudiza esa mirada.
Cuando me siento a escribir sobre una situación clínica, a menudo descubro que no comprendía por completo por qué había permanecido conmigo. Al principio, quizá recuerde apenas un fragmento: una frase, una mirada, una sensación en mi propio cuerpo antes de entrar al consultorio. La escritura ralentiza ese fragmento. Permite que el momento se amplíe.
Una breve vacilación se convierte en una pista. Una incomodidad pasajera se transforma en una pregunta. Una decisión razonable da comienzo a una indagación más difícil: ¿qué advertí? ¿Qué pasé por alto? ¿Qué intentaba proteger? ¿Qué necesitaba el paciente que la estructura de la consulta no podía contener?
Escribir no siempre responde estas preguntas. Con frecuencia, hace más difícil evitarlas. Tal vez esa sea la principal razón por la que vuelvo a hacerlo. No busco extraer sabiduría de la experiencia, sino mantenerme vinculada con ella el tiempo suficiente para que pueda enseñarme algo.
La escritura también me ayuda a permanecer. La medicina suele valorar la capacidad de seguir adelante. La jornada lo exige. Siempre hay otro paciente, otro resultado, otro mensaje, otro formulario. Detenerme demasiado en cada situación volvería imposible la práctica. Pero avanzar tiene un costo cuando se convierte en la única capacidad que ejercito.
Algunos encuentros necesitan una segunda forma de atención después de haber ocurrido. No porque pueda rehacerlos, sino porque todavía puedo comprender cómo esas interacciones me están transformando. Escribir me permite regresar a una situación sin convertirla de inmediato en una tarea. Crea un espacio donde la incertidumbre, el pesar, la ternura, la frustración y la gratitud pueden coexistir sin necesidad de dejarlos atrás con rapidez.
En ese espacio, a veces enfrento aquello que resultaba más difícil reconocer dentro del consultorio.
¿Escuché con suficiente atención? ¿Hablé con la claridad necesaria? ¿Permití que el temor del paciente modificara el plan o adapté ese temor al plan que ya había decidido? ¿Mi respuesta estuvo guiada únicamente por el juicio clínico o también por la presión de la agenda, el cansancio de la jornada y la actitud defensiva que puede desarrollarse en cualquier ser humano obligado a absorber más necesidades de las que una sola persona puede sostener?
Estas preguntas no siempre son acusaciones. A veces son invitaciones a recuperar la honestidad.
La escritura puede revelar la complejidad de una situación sin reducirla a la búsqueda de culpables. Puede mostrar que estaba condicionada y, aun así, era responsable; que estaba cansada y todavía debía prestar atención; que tenía límites y conservaba la capacidad de regresar. Puede ayudarme a nombrar la distancia entre la atención que pretendía brindar y la que las circunstancias hicieron posible. También puede permitirme lamentar esa distancia sin resignarme a ella.
Así, escribir no representa una forma de escapar de la medicina. Es una manera de permanecer en ella con honestidad. El trabajo no termina en la página.
La clínica vuelve a abrir. Otro paciente entra al consultorio. Otra pregunta aparece tarde. Otro silencio espera ser advertido. Las mismas restricciones continúan. La escritura no vacía la bandeja de entrada ni agrega horas al día.
Pero, algunas veces, regreso de otra manera.
Una situación que antes habría pasado inadvertida se vuelve más fácil de reconocer. Una frase que quizá hubiera respondido con demasiada rapidez puede llegar hasta el final. Cuando un paciente dice “Sé que está ocupada”, ya no lo escucho como una forma de tranquilizarme, sino como una señal de que ha comenzado a adaptarse a los límites del sistema. Sigo sin poder hacerlo todo. Sin embargo, quizá pueda percibir mejor qué se espera de mí y qué les estoy pidiendo a los pacientes que soporten.
Por eso escribo.