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Publicado el 6 de septiembre de 2026

Eje intestino-cerebro

Microbiota, dolor abdominal y ansiedad: señales desde la infancia

En jóvenes expuestos a cuidados adversos, las molestias digestivas anticiparon mayor carga emocional; los hallazgos bacterianos y neurofuncionales fueron exploratorios.

Autor/a: Bridget L Callaghan, Andrea Fields, Dylan G Gee, et al.

Fuente: Dev Psychopathol 2020 Feb;32(1):309-328 Mind and gut: Associations between mood and gastrointestinal distress in children exposed to adversity

El dolor abdominal recurrente, las náuseas y otras manifestaciones gastrointestinales sin causa orgánica conocida son frecuentes durante el desarrollo. Su coexistencia con síntomas emocionales plantea una relación potencialmente bidireccional: el estrés puede modificar la función digestiva y, a su vez, las señales procedentes del intestino pueden influir sobre el sistema nervioso central.

Un estudio publicado en Development and Psychopathology examinó estas asociaciones en 344 niños y adolescentes de 3 a 18 años. De ellos, 115 habían estado expuestos a cuidados adversos —principalmente institucionalización o acogimiento familiar antes de una adopción internacional— y 229 habían sido criados por sus familias biológicas, sin antecedentes informados de adversidad en los cuidados.

La investigación evaluó tres preguntas: si las experiencias adversas se relacionaban con más síntomas gastrointestinales, si estas manifestaciones se asociaban con ansiedad presente y posterior, y si podían identificarse diferencias en la microbiota intestinal vinculadas con la respuesta cerebral frente a estímulos emocionales.

El síntoma digestivo que concentró la asociación

Los investigadores analizaron cinco manifestaciones informadas por los padres: dolor o cólicos abdominales, náuseas, sensaciones gástricas ante situaciones problemáticas, vómitos y constipación. El análisis estadístico las agrupó en dos perfiles.

El primero, denominado “malestar gastrointestinal”, reunió el dolor abdominal, las náuseas y las sensaciones somáticas en el estómago. El segundo, considerado un perfil de problemas digestivos, estuvo compuesto por vómitos y constipación.

La exposición a cuidados adversos se asoció con una mayor frecuencia de ambos perfiles gastrointestinales. Esta relación se mantuvo después de considerar la edad y el sexo de los participantes. Dentro del grupo expuesto, la edad al momento de la adopción no mostró una asociación significativa con la intensidad de las manifestaciones.

Sin embargo, los dos perfiles no tuvieron la misma relación con la salud emocional. El dolor abdominal, las náuseas y las sensaciones gástricas se vincularon con mayor ansiedad concurrente. La asociación persistió después de ajustar por edad, sexo y antecedentes de cuidado, y también cuando el análisis se restringió a los mayores de ocho años.

Para evitar una correlación artificial, se eliminó de la escala de ansiedad la pregunta referida al dolor de estómago en la escuela. Aun después de esa exclusión, los resultados se mantuvieron.

Los vómitos y la constipación no mostraron una asociación estadísticamente significativa con la ansiedad. Aunque su frecuencia general fue baja, esta diferencia sugiere que no todas las manifestaciones gastrointestinales aportan la misma información clínica. Las relacionadas con dolor, náuseas y percepción visceral concentraron el vínculo observado.

Una parte de la cohorte fue evaluada nuevamente alrededor de dos y cuatro años después. El malestar gastrointestinal inicial se relacionó con mayor ansiedad en la evaluación basal y dos años más tarde. En la última medición, la asociación dejó de ser significativa, aunque el número de participantes disponibles era considerablemente menor.

El resultado se conservó al considerar las manifestaciones digestivas registradas durante el seguimiento. Esto indica que la evaluación gastrointestinal inicial podría aportar información sobre la evolución emocional más allá de la coexistencia de síntomas en una misma consulta.

Los autores también encontraron que el malestar gastrointestinal explicaba parcialmente la asociación transversal entre adversidad y ansiedad. Esta mediación estadística no permite establecer que el compromiso digestivo sea la causa de los síntomas emocionales. El diseño tampoco permite definir la dirección del vínculo ni excluir mecanismos compartidos.

Microbiota: una señal todavía preliminar

Una segunda etapa exploró una posible vía biológica mediante el análisis de microbiota intestinal y resonancia magnética funcional. Esta evaluación se realizó en una submuestra de solamente 16 niños, ocho de cada grupo.

Las muestras fecales se analizaron mediante secuenciación del gen bacteriano 16S ribosomal. La neuroimagen, realizada previamente, registró la respuesta cerebral mientras los participantes observaban rostros con expresiones de temor.

Los niños expuestos a adversidad presentaron una menor riqueza bacteriana intestinal. También se observaron diferencias en la composición global de las comunidades cuando el análisis otorgó mayor influencia a los microorganismos menos abundantes. En cambio, no hubo diferencias significativas en el índice de Shannon, que considera tanto la riqueza como la distribución relativa de las bacterias.

Bacteroides fue el género más abundante y no difirió entre los grupos. Dos taxones del orden Clostridiales fueron más frecuentes en los participantes sin antecedentes adversos; uno de ellos pertenecía a la familia Lachnospiraceae.

La abundancia de Bacteroides se correlacionó con la actividad de la corteza prefrontal medial en un análisis restringido a regiones cerebrales previamente seleccionadas. Lachnospiraceae, por su parte, se asoció con patrones de activación en regiones prefrontales y posteriores vinculadas con el procesamiento emocional.

Las asociaciones entre bacterias y actividad cerebral persistieron al considerar dieta, sexo, cociente intelectual y país de origen. No obstante, el tamaño de la submuestra, el intervalo entre la neuroimagen y la recolección de materia fecal y la ausencia de datos sobre parto, lactancia o antibióticos tempranos limitan el alcance de los resultados.

El estudio tampoco utilizó una herramienta diagnóstica específica para trastornos gastrointestinales funcionales. Los síntomas procedían de ítems incluidos en cuestionarios generales completados por los padres.

Los datos sobre microbiota deben considerarse una prueba de concepto y no justifican intervenciones terapéuticas. No permiten indicar probióticos, modificaciones dietarias ni otras estrategias dirigidas al ecosistema intestinal con el objetivo de prevenir o tratar la ansiedad.

Conclusiones

El dolor abdominal, las náuseas y las sensaciones gástricas recurrentes se asociaron con ansiedad presente y posterior, particularmente entre los participantes expuestos a cuidados adversos. Vómitos y constipación no mostraron el mismo vínculo.

Los resultados respaldan una evaluación clínica que contemple las características específicas del síntoma digestivo, su evolución y el contexto psicosocial. La exploración de la microbiota y la actividad cerebral aporta una hipótesis biológica de interés, pero requiere confirmación en cohortes más amplias, con mediciones simultáneas y herramientas gastroenterológicas validadas.

Comentario del Dr. Ignacio Federico Caldo

Este trabajo aporta evidencia sobre una asociación clínicamente relevante: la exposición a adversidades durante la infancia se vinculó con mayor ansiedad, más síntomas gastrointestinales y diferencias en la composición de la microbiota y en la actividad cerebral.

Para quienes atendemos pacientes con trastornos de la interacción intestino-cerebro, estos hallazgos refuerzan la necesidad de ampliar la anamnesis más allá de los síntomas digestivos. Conocer los antecedentes psicosociales y evaluar la salud mental puede ayudar a comprender mejor la vulnerabilidad individual y orientar un abordaje integral.

Es importante aclarar que el diseño observacional no permite establecer causalidad ni atribuir los síntomas a un único mecanismo. Sin embargo, el estudio respalda una concepción biopsicosocial del eje microbiota-intestino-cerebro y recuerda que, en algunos pacientes, la historia clínica comenzó mucho antes de la primera consulta gastroenterológica.


Dr. Ignacio Federico Caldo. Médico especialista en Gastroenterología (UBA) enfocado en la microbiota y el eje intestino–cerebro. Se desempeña como docente de posgrado en diversas universidades del país. Además de su trayectoria médica, se formó como instructor de mindfulness en Visión Clara y en la Universidad Favaloro, combinando la medicina con prácticas de atención plena. En 2020 creó GastroConciencia, donde integra la clínica digestiva, el manejo del estrés y hábitos de estilo de vida con una comunicación clara y empática.