Datos recientes sugieren un estancamiento en el aumento de la epidemia de obesidad en algunos países, como Estados Unidos. En octubre de 2025, se informó que, tras alcanzar un máximo del 39,9 % en 2022, la tasa de obesidad adulta en EE. UU. descendió al 37 % en 2025.
Aunque es demasiado pronto para saber si estos datos representan una nueva tendencia o simplemente un bache, es prudente hacer un balance de la epidemia de obesidad en este momento, dado su profundo impacto en los resultados de salud y los costos sanitarios.
1. Ciencia y reducción del estigma
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Los avances científicos siguen confirmando que la obesidad es una enfermedad crónica que implica desequilibrios neurohormonales que conducen a la desregulación del apetito y a la acumulación de exceso de tejido adiposo disfuncional. Los determinantes de esta enfermedad crónica incluyen susceptibilidad genética, desequilibrio energético, disfunción del microbioma intestinal, estrés crónico, alteración del ritmo circadiano y sustancias químicas que alteran el sistema endocrino.
Los compuestos disruptores endocrinos, en particular, representan un determinante relativamente novedoso y se cree que alteran el desarrollo y la función del tejido adiposo y la cantidad de alimento necesario para mantener la homeostasis y el control del metabolismo. La compleja etiología ha llevado recientemente a varios organismos, incluyendo la Comisión de Diabetes y Endocrinología de Lancet y la Asociación Americana de Endocrinología Clínica, a recomendar dejar el uso del índice de masa corporal como única herramienta diagnóstica e incorporar indicadores de exceso de adiposidad, como la circunferencia de cintura o la relación cintura-altura.
Aunque estos avances deberían, en teoría, mitigar el sesgo por peso, sería incorrecto asumir que la sociedad ya no alberga actitudes negativas hacia las personas con mayor peso u obesidad. De hecho, el 42 % de los adultos reclutados para el estudio Eating in America informaron de estigma de peso basado en el maltrato o discriminación anticipados o experimentados diariamente.
Seguimos viendo a líderes y personalidades públicas recurrir a la percepción errónea de que la obesidad se debe principalmente a una falta de fuerza de voluntad. La investigación es clara en que, debido al estigma por el peso, muchos pacientes reportan evitar o retrasar la atención médica, poniendo en peligro la capacidad de los profesionales sanitarios para ganarse la confianza de las personas con obesidad. Aunque los avances en la ciencia son fundamentales para lograr la aceptación social de esta condición médica, no debe asumirse que este desafío haya sido superado.
Además, los tratamientos emergentes refuerzan las bases biológicas de la obesidad mediante la demostración de la regulación del peso a través de vías neurohormonales. Sin embargo, la creciente visibilidad de estos tratamientos también puede complicar la dinámica del estigma al reducir potencialmente la culpa y, al mismo tiempo, introducir nuevas formas de sesgo relacionadas con el acceso, el coste, la percepción de atajos médicos y los cambios en las normas culturales sobre el tamaño corporal.
2. Equidad en el tratamiento y exhaustividad
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Los tratamientos con agonistas del receptor GLP-1 siguen asociándose con una pérdida de peso clínicamente significativa y demuestran beneficios en una amplia variedad de condiciones, incluyendo obesidad, diabetes, enfermedades cardiovasculares, fertilidad y apnea obstructiva del sueño.
La cartera de fármacos denominados GLP-1 es cada vez más amplia, con decenas de medicamentos en ensayos clínicos, muchos de los cuales buscan reducir los efectos adversos y aumentar la facilidad de uso y el impacto en la salud. La administración de EE. UU. anunció acuerdos con varias compañías farmacéuticas que reducirían el coste de los medicamentos vendidos directamente a los consumidores, así como aumentarían la disponibilidad de estos medicamentos a un precio más bajo.
Por ello, será importante seguir el acceso equitativo al tratamiento de la obesidad y abordar las disparidades existentes en la utilización entre grupos, incluyendo raza y etnia, estatus socioeconómico, ruralidad, sexo y género, y discapacidad. También es necesario comprender la eficacia a largo plazo de los enfoques basados solo en medicamentos, frente a los integrales, que también ofrecen apoyo en nutrición, actividad física y asesoramiento en salud mental.
Por último, también existen cuestiones abiertas sobre la adhesión a largo plazo a estos medicamentos, así como posibles vías de escape para quienes prefieren mantener la pérdida de peso con otros fármacos o modalidades (por ejemplo, asesoramiento conductual intensivo, programas de alimentación). Este último punto es especialmente importante, dado que investigaciones recientes han revelado que la cesación de los medicamentos para la obesidad va seguida de una rápida recuperación de peso y la reversión de los efectos beneficiosos sobre los marcadores cardiometabólicos.
3. Acceso a alimentos nutritivos
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La mala calidad de la dieta juega un papel importante en el desequilibrio energético, un factor clave que determina la obesidad. Investigaciones recientes sugieren que los alimentos ultraprocesados aumentan el riesgo de obesidad al afectar los comportamientos alimenticios, la señalización de saciedad y los sistemas de recompensa alimentaria.
Aunque abordar los alimentos ultraprocesados podría ser un paso positivo para combatir la obesidad, el empeoramiento de la inseguridad alimentaria que se proyecta en varias regiones del mundo. Se estima que una combinación factores afectarán la situación, incluidas las posibilidades reales de guerras. Los estados tendrán que depender de alianzas con bancos de alimentos y otras organizaciones del sector privado para mitigar el impacto.
En Estados Unidos, la reciente publicación de las Directrices Dietéticas para Estadounidenses 2025-2030, probablemente no tendrá un impacto significativo en la prevalencia de la obesidad. Aunque las directrices establecen explícitamente que ninguna cantidad de azúcares añadidos debe considerarse parte de una dieta saludable, también abogan por varios alimentos ricos en grasas saturadas, incluyendo la carne roja y los lácteos enteros. En el contexto de los nuevos tratamientos, que a menudo conducen a una reducción de la ingesta de alimentos densos en energía a través de vías fisiológicas en lugar de depender únicamente de la adherencia dietética, será necesario comprender mejor la intersección entre la guía a nivel poblacional y los enfoques farmacológicos.
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Los responsables políticos deberían redoblar esfuerzos para reducir su prevalencia, estigma y disparidades. Garantizar que los avances en la ciencia y las prácticas clínicas lleguen a todo el mundo es un objetivo valioso a perseguir.
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Publicado el 3 de agosto de 2026
Progreso y trampas
La epidemia de la obesidad en una encrucijada
Se discuten tres caminos para que los responsables políticos y profesionales avancen en la prevención de la obesidad, evitando consecuencias no deseadas.
Autor/a: Parekh AK, Silvera SAN, Ard JD.
Fuente: JAMA. 2026; 335(23):2007–2008. La epidemia de obesidad en una encrucijada: progreso y obstáculos
Datos recientes sugieren un estancamiento en el aumento de la epidemia de obesidad en algunos países, como Estados Unidos. En octubre de 2025, se informó que, tras alcanzar un máximo del 39,9 % en 2022, la tasa de obesidad adulta en EE. UU. descendió al 37 % en 2025.
Aunque es demasiado pronto para saber si estos datos representan una nueva tendencia o simplemente un bache, es prudente hacer un balance de la epidemia de obesidad en este momento, dado su profundo impacto en los resultados de salud y los costos sanitarios.
1. Ciencia y reducción del estigma
Los avances científicos siguen confirmando que la obesidad es una enfermedad crónica que implica desequilibrios neurohormonales que conducen a la desregulación del apetito y a la acumulación de exceso de tejido adiposo disfuncional. Los determinantes de esta enfermedad crónica incluyen susceptibilidad genética, desequilibrio energético, disfunción del microbioma intestinal, estrés crónico, alteración del ritmo circadiano y sustancias químicas que alteran el sistema endocrino.
Los compuestos disruptores endocrinos, en particular, representan un determinante relativamente novedoso y se cree que alteran el desarrollo y la función del tejido adiposo y la cantidad de alimento necesario para mantener la homeostasis y el control del metabolismo. La compleja etiología ha llevado recientemente a varios organismos, incluyendo la Comisión de Diabetes y Endocrinología de Lancet y la Asociación Americana de Endocrinología Clínica, a recomendar dejar el uso del índice de masa corporal como única herramienta diagnóstica e incorporar indicadores de exceso de adiposidad, como la circunferencia de cintura o la relación cintura-altura.
Aunque estos avances deberían, en teoría, mitigar el sesgo por peso, sería incorrecto asumir que la sociedad ya no alberga actitudes negativas hacia las personas con mayor peso u obesidad. De hecho, el 42 % de los adultos reclutados para el estudio Eating in America informaron de estigma de peso basado en el maltrato o discriminación anticipados o experimentados diariamente.
Seguimos viendo a líderes y personalidades públicas recurrir a la percepción errónea de que la obesidad se debe principalmente a una falta de fuerza de voluntad. La investigación es clara en que, debido al estigma por el peso, muchos pacientes reportan evitar o retrasar la atención médica, poniendo en peligro la capacidad de los profesionales sanitarios para ganarse la confianza de las personas con obesidad. Aunque los avances en la ciencia son fundamentales para lograr la aceptación social de esta condición médica, no debe asumirse que este desafío haya sido superado.
Además, los tratamientos emergentes refuerzan las bases biológicas de la obesidad mediante la demostración de la regulación del peso a través de vías neurohormonales. Sin embargo, la creciente visibilidad de estos tratamientos también puede complicar la dinámica del estigma al reducir potencialmente la culpa y, al mismo tiempo, introducir nuevas formas de sesgo relacionadas con el acceso, el coste, la percepción de atajos médicos y los cambios en las normas culturales sobre el tamaño corporal.
2. Equidad en el tratamiento y exhaustividad
Los tratamientos con agonistas del receptor GLP-1 siguen asociándose con una pérdida de peso clínicamente significativa y demuestran beneficios en una amplia variedad de condiciones, incluyendo obesidad, diabetes, enfermedades cardiovasculares, fertilidad y apnea obstructiva del sueño.
La cartera de fármacos denominados GLP-1 es cada vez más amplia, con decenas de medicamentos en ensayos clínicos, muchos de los cuales buscan reducir los efectos adversos y aumentar la facilidad de uso y el impacto en la salud. La administración de EE. UU. anunció acuerdos con varias compañías farmacéuticas que reducirían el coste de los medicamentos vendidos directamente a los consumidores, así como aumentarían la disponibilidad de estos medicamentos a un precio más bajo.
Por ello, será importante seguir el acceso equitativo al tratamiento de la obesidad y abordar las disparidades existentes en la utilización entre grupos, incluyendo raza y etnia, estatus socioeconómico, ruralidad, sexo y género, y discapacidad. También es necesario comprender la eficacia a largo plazo de los enfoques basados solo en medicamentos, frente a los integrales, que también ofrecen apoyo en nutrición, actividad física y asesoramiento en salud mental.
Por último, también existen cuestiones abiertas sobre la adhesión a largo plazo a estos medicamentos, así como posibles vías de escape para quienes prefieren mantener la pérdida de peso con otros fármacos o modalidades (por ejemplo, asesoramiento conductual intensivo, programas de alimentación). Este último punto es especialmente importante, dado que investigaciones recientes han revelado que la cesación de los medicamentos para la obesidad va seguida de una rápida recuperación de peso y la reversión de los efectos beneficiosos sobre los marcadores cardiometabólicos.
3. Acceso a alimentos nutritivos
La mala calidad de la dieta juega un papel importante en el desequilibrio energético, un factor clave que determina la obesidad. Investigaciones recientes sugieren que los alimentos ultraprocesados aumentan el riesgo de obesidad al afectar los comportamientos alimenticios, la señalización de saciedad y los sistemas de recompensa alimentaria.
Aunque abordar los alimentos ultraprocesados podría ser un paso positivo para combatir la obesidad, el empeoramiento de la inseguridad alimentaria que se proyecta en varias regiones del mundo. Se estima que una combinación factores afectarán la situación, incluidas las posibilidades reales de guerras. Los estados tendrán que depender de alianzas con bancos de alimentos y otras organizaciones del sector privado para mitigar el impacto.
En Estados Unidos, la reciente publicación de las Directrices Dietéticas para Estadounidenses 2025-2030, probablemente no tendrá un impacto significativo en la prevalencia de la obesidad. Aunque las directrices establecen explícitamente que ninguna cantidad de azúcares añadidos debe considerarse parte de una dieta saludable, también abogan por varios alimentos ricos en grasas saturadas, incluyendo la carne roja y los lácteos enteros. En el contexto de los nuevos tratamientos, que a menudo conducen a una reducción de la ingesta de alimentos densos en energía a través de vías fisiológicas en lugar de depender únicamente de la adherencia dietética, será necesario comprender mejor la intersección entre la guía a nivel poblacional y los enfoques farmacológicos.
Los responsables políticos deberían redoblar esfuerzos para reducir su prevalencia, estigma y disparidades. Garantizar que los avances en la ciencia y las prácticas clínicas lleguen a todo el mundo es un objetivo valioso a perseguir.