
Este año se conmemora el 150° aniversario del nacimiento de Sigmund Freud. En muchos países se realizan actividades que evocan su vida y su fascinante obra. La bibliografía desenfrenada sobre su pensamiento es inabarcable, y los aspectos ligados con ella comprenden casi todos los rincones del laberinto humano.
En los Estados Unidos, sin embargo, se ha vacilado a partir de la segunda mitad del siglo XX entre una rendida admiración y el rechazo torpe. Freud visitó este país en 1909, por poco tiempo, y saludó a su público con una frase inolvidable: “Vengo a traerles la peste”. Después, su prestigio aumentó en forma sostenida y la Segunda Guerra Mundial determinó la llegada de notables discípulos, que se ocuparon de difundir y ampliar el campo del psicoanálisis.
Pero la aparición de terapias alternativas y de psicofármacos puso en cuestión su calidad y eficacia. En los años 90 parecía registrarse una caída irremediable, lo cual es ahora, de súbito, objeto de una revisión. Pocos años atrás se decía que Freud había muerto. Ahora se empieza a decir que está muy vivo, respaldado por disciplinas que hasta hace poco se consideraban sus sepultureros. La acusación de que fue más poeta que científico se diluyen al recordar que empezó sus trabajos en la ardua investigación histológica y que durante el resto de su existencia lo obsesionó verificar la certeza de sus descubrimientos, al extremo de que a veces mantenía versiones diferentes sobre una misma cuestión a la espera de poder resolverlas con fundamento más adelante, él mismo o sus continuadores.
El laboratorio de sus años iniciales se transformó en el laboratorio de su consultorio psicoanalítico. Al principio estudiaba con microscopio las células del sistema nervioso central y luego, con lupa de entomólogo (o de Sherlock Holmes), los mínimos detalles de las palabras de sus pacientes, para hacer visibles escandalosos secretos.
En una precoz carta a su novia Martha Bernays, le escribió: “Preciosa amada... en este momento estoy tentado por el deseo de descifrar el acertijo de la estructura cerebral. Creo que la anatomía es el único verdadero rival que tienes o tendrás en la vida”. Inventó un método de coloración que le permitía la observación más detallada de las células.
Algunos de sus dibujos, realizados con el arte de Leonardo (que después analizaría en un famoso escrito), serán exhibidos en un homenaje que le brindará la Academia de Medicina de Nueva York dentro de un mes. Prueban su calidad de observador su destreza para captar detalles y su imaginación conceptual. Publicó varios trabajos sobre la histología de los peces y un libro sobre la afasia, antes de empezar el prodigioso develamiento de la mente humana. Fue un profesional de damasquinado rigor que jamás deseó apartarse de la recta científica, pero que estaba bendecido, además, por un excepcional talento literario. Gracias a la seducción de sus textos, pudo vencer las espinosas resistencias que generaron hipótesis revolucionarias, destinadas a sedimentar un procedimiento novedoso de tratamiento, basado, sin embargo, en la herramienta más antigua, valiosa y despreciada del hombre: la palabra.
Hasta hace poco parecía que las neurociencias iban a matar el psicoanálisis. Ahora se multiplican las voces que reconocen el valor de las semillas sembradas por Freud. En la época victoriana, ocuparse de la mente era tarea de filósofos y especuladores. Cinco años antes de lanzar su fundamental Interpretación de los sueños (1900: inauguró el siglo), Freud escribió su arduo Proyecto para una psicología científica. Era un esfuerzo creador impresionante, porque en ese tiempo se carecía de suficiente información histológica y fisiológica y no había escáneres de resonancia magnética, potenciales evocados, ADN ni aportes de la química.
Freud nunca quiso publicar esa obra, que fue impresa después de su muerte. Allí aparecen los brotes de futuras ideas. Se trata de un modelo cohesivo entre la mente y el cerebro, cosa que ahora nos parece obvia, pero que entonces no lo era. Explora las raíces de las abstracciones y describe las células nerviosas que serían responsables de la conciencia, la memoria y la percepción. Eric Kandel, de la Universidad de Columbia, asegura que en ese libro Freud desarrolló el concepto de que la neurona es el elemento esencial del cerebro y de que el contacto entre las neuronas puede ser modificado mediante el aprendizaje.
Lo admirable es que las neurociencias duras admiten que muchos de sus avances se han realizado a partir de los conceptos que Sigmund Freud dejó inconclusos. El escaneo cerebral permite ver lo que Freud sólo pudo intuir con su genio. Las pruebas son numerosas y no asombrarán a los especialistas. Sólo citaré las que alcanzaron mayor difusión. Kandel y sus colaboradores, por ejemplo, han tratado de seguir pistas en los cerebros de estudiantes voluntarios, a los cuales se les mostraron fugaces imágenes de rostros temibles. Tan rápido corrían las imágenes que los voluntarios dijeron que no habían podido ver nada. Pero las imágenes mostraron otra cosa en el escáner: se había encendido la amígdala cerebral, donde se concentra el centro del miedo. Es decir, concluyeron los investigadores, el inconsciente existe.
También se estudió la represión. En la Universidad de Oregon han podido verificarla mediante el “olvido motivado”. Michael Anderson entrenó a personas para memorizar pares de palabras que no tuvieran relación entre sí, como “prueba” y “cucaracha”, por ejemplo. Después las sometió a una resonancia magnética y pidió que se concentraran en la primera palabra, sin prestar atención a la otra. El escáner mostró un complejo circuito: el hipocampo, responsable de recuperar la memoria, exhibía una actividad reducida, mientras que el córtex lateral prefrontal, que ayuda a inhibir las acciones reflejas (como, por ejemplo, retirar la mano de un plato caliente), mostró una actividad multiplicada. Por supuesto que hay mucha distancia entre suprimir una palabra suelta y enterrar en el inconsciente un trauma poderoso, pero, como afirma Anderson, “creo que Freud estaba sobre algo importante”.
Otros estudios utilizaron imágenes cerebrales para descubrir los circuitos que se activan cuando la mente es sometida a un fuerte conflicto; por ejemplo, entre un deseo y un impulso que tiende a inhibir ese deseo. También hay estudios sobre traumas precoces y sus efectos muchos años después. Entre los experimentos con drogas se ha tratado de establecer si es posible corregir un estrés traumático mediante la supresión de determinados recuerdos. En fin: la lista sería larga. Pero debemos saber que sólo se pisó el primer peldaño. En las próximas décadas seguro que tendremos un río de sorpresas adicionales en geométrica progresión.
Ya no es posible dudar de algunos descubrimientos realizados por Sigmund Freud como el mensaje cifrado de los sueños, la significación de los olvidos, la importancia de la sexualidad y su presencia en la infancia, las pulsiones agresivas, el conflicto edípico, la rivalidad fraterna, el poder de los afectos, las transferencias invisibles y otros temas que disecó en forma paciente y brillante. Entre tantas, la humanidad le debe reflexiones profundas sobre la guerra, las ilusiones, el fenómeno de masas, el malestar en la cultura, los orígenes de la religión y el conflicto humano interminable.
De su robusto tronco se han desprendido decenas de escuelas que introdujeron modificaciones, ajustes e inventiva. La psicoterapia se ha convertido en un instrumento imprescindible que puede asociarse con otros recursos, según los pacientes. Jamás olvidarse del antiguo principio que afirma: no existen enfermedades, sino enfermos. Cada individuo necesita y merece una atención específica, al margen de lo que indiquen las teorías o los rituales. En este sentido, debe mantenerse el modelo del sabio Sigmund, que nunca cesaba de prestar atención a sus propios errores, para corregirlos cuanto antes. En la práctica del psicoanálisis he observado que muchos colegas permanecen fijados a los textos como si se tratase de obras sacras y verdades reveladas, con arrogante desdén hacia los cuestionamientos que se realizan desde otras ópticas. Freud no ha creado una religión, sino una disciplina con ambiciones científicas. Como tal, debe ser objeto de estudios incesantes y descarnados y escuchar las críticas de los pacientes y de la sociedad, además de estudiar con interés los progresos de otros campos.
Al siglo y medio del nacimiento de Sigmund Freud, debemos manifestarle nuestra gratitud por haber insuflado al mundo el soplo maravilloso y fértil de su genialidad.
© La Nacion
Por Marcos Aguinis
Para LA NACION
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En Clarín 02.04.06
A 150 AÑOS DEL NACIMIENTO DE FREUD
Desafío al psicoanálisis: cada vez hay más oferta y demanda de terapias alternativas
Son cortas y apuntan a resolver problemas concretos. Los freudianos dicen que son "parches" y afirman que el psicoanálisis no está muerto ni vencido.
Graciela Gioberchio
Crisis económica y mucha ansiedad. En los últimos años, la falta de dinero y de tiempo comenzó a eclipsar la posibilidad de internarse en los laberínticos caminos del psicoanálisis. Y poco a poco empezó a abrirse un abanico de terapias alternativas que prometen resolver conflictos lo antes posible. Los nuevos enfoques terapéuticos, desprendidos de teorías cognitivas, de la práctica de la new age y hasta de movimientos espirituales, cada vez ganan más adeptos en los consultorios. En los últimos seis años, la demanda creció cerca de un 50%, según un relevamiento de Clarín.
Estas terapias sistémicas o transpersonales, que recurren a las visualizaciones o a la logoterapia, desafían cada vez más la teoría y la técnica desarrolladas por uno de los personajes más influyentes del siglo XX: el neurólogo, psiquiatra y escritor Sigmund Freud. El 6 de mayo, el mundo celebrará el 150º aniversario de su nacimiento.
Estos atajos prometedores se inscriben en la crisis social del nuevo milenio: la gente quiere soluciones rápidas y no soporta grandes esperas. "Por exigencias propias y del afuera busca algo mágico que resuelva sus conflictos; eso es una ilusión", advierte Susana Castro, de la Asociación Gestáltica de Buenos Aires.
Al debate se suman las voces que señalan que el auge de las terapias breves se debe a que la disciplina creada por Freud quedó desactualizada.
La piscoanalista Adriana Roa, docente de la UBA y directora de la institución La Tercera, echa por tierra esa idea: "Todas las teorías vigentes tienen algún pie en el pensamiento freudiano".
Y critica: "Las terapias que prometen soluciones rápidas son parches. Nunca el tema por el que se consulta tiene que ver con lo que uno cree; en todos los casos es necesario encontrar algo de la escena reprimida".
Para Castro, "la gestalt y otras líneas terapéuticas no surgen en contra del psicoanálisis: son sus hijas, aunque con diferencias técnicas y teóricas".
"Son terapias operativas —destaca Claudia Messing, psicoterapeuta vincular familiar, con enfoque sistémico— que apuntan al síntoma y resuelven problemas urgentes en un corto plazo. Tengo pacientes que hicieron años de psicoanálisis sin ver resultados y ahora buscan otra cosa".
"Somos más que mente: somos emociones y cuerpos espirituales", propone Silvia Kameniomotsky a quienes prueban con el abordaje transpersonal.
Los especialistas consultados por Clarín coinciden en que la debacle de 2001 hizo explotar la demanda y desde entonces, en los consultorios privados (la sesión cuesta entre $30 y $70, y hay hasta de $300), la cantidad de consultas no baja.
En parte, el fenómeno se apoya en que algunas obras sociales y prepagas comenzaron a cubrir terapias, pero cortas.
Además, hoy existen opciones gratuitas y varios lugares que trabajan con bonos contribución. En tanto, en los hospitales porteños atienden a más de 70.000 personas por año que hacen psicoterapia, musicoterapia y terapia grupal. ¿Los motivos de consultas? Fobias, ataques de pánico, depresión, crisis de pareja (y la angustia de no tenerla), adicciones y trastornos de aprendizaje en los chicos.
Javier Camacho, psicoterapeuta cognitivo —un enfoque terapéutico muy de moda en EE.UU.— asegura que "la ortodoxia está desapareciendo en todas las líneas: la tendencia es la integración de técnicas adaptadas a cada caso".
"Tras muchos años de hacer psicoanálisis sentí que la palabra sola no era suficiente. A una herramienta que aprecio y valoro le sumé el psicodrama y el trabajo grupal", explica Silvia Schverdfinger, coordinadora del Centro de Psicodrama y Creatividad.
"Ninguna terapia es la panacea", afirma Horacio Serebrinsky, codirector de la Escuela Sistémica Argentina. Y concluye: "Lo más importante no es el modelo de la terapia sino el terapeuta: es una relación básicamente humana".
Según los expertos, si Freud viviera analizaría otras patologías
Sus seguidores, continúan defendiendo la utilidad del psicoanálisis.
Ni muerto ni vencido. En vísperas de la celebración del 150 aniversario del nacimiento de Sigmund Freud, sus seguidores entienden al psicoanálisis como una herramienta vigente e indispensable, que siguió de cerca las mutaciones brutales entre aquel mundo de principios del siglo XX y éste del XXI.
"El psicoanálisis se fundó en el método de hacer consciente lo inconsciente y este principio es inalterable. Pero las sociedades cambiaron —desde la educación hasta la forma en que se hace la guerra—, entonces cambiaron las patologías y, se actualizaron los abordajes". La síntesis es de Raquel Rascovsky, hija de Arnaldo Rascovsky, iniciador de los estudios psicoanalíticos en el país. O como sintetiza ella: "En la Argentina, el psicoanálisis se fundó en mi casa".
Esas modificaciones de las patologías individuales y sociales, dice José Milmaniene, secretario Científico de la Asociación Psicoanalítica Argentina, es el desafío a enfrentar. Lo explica: "Cuando Freud inventó el psicoanálisis predominaban las neurosis mientras que en la actualidad prevalecen las patologías 'del goce o del vacío', como las adicciones, los trastornos alimenticios (anorexia-bulimia) y las actuaciones antisociales transgresivas, como la delincuencia juvenil y la violencia familiar y sexual. Todas estas problemáticas se inscriben en un marco social signado por una violencia feroz".
Los "cuadros histéricos" —otra 'marca en el orillo' del padre del psicoanálisis— tampoco son los mismos. "Antes se trataban por dificultades en concretar el acto y alcanzar la satisfacción sexual y hoy en día prevalecen los síntomas que provienen del sentimiento de no encontrar al objeto con el cual se pueda establecer el vínculo amar y ser amado", dice el psicoanalista Enrique Novelli.
Y más: hijos que ganaron libertades pero que enfrentan el tembladeral de hacerse cargo de sus elecciones propias o nuevos vínculos familiares para los que todavía no existen vocablos que los nombren. "Ayer estuve con la abuela de mi hermano, que no es mi abuela porque él tampoco es mi hermano", escuchó Rascovsky en su consultorio.
Las nuevas patologías son inabarcables pero se puede hacer síntesis de los cambios en el 'abordaje' para tratarlas. Sigue Rascovsky: "Hay más libertad de actuación. De acuerdo al paciente, se pueden tener sesiones frente a frente en contraposición al diván, que antes era unívoco. Las cuatro o cinco sesiones semanales de antes, ahora van de una a tres. Y son nuevos los tratamientos vinculares: padre-hijo, parejas, familia".
Al argumentar la vigencia del psicoanálisis, Milmaniene es categórico: "La práctica psicoanalítica actual resulta más imprescindible que nunca, porque le otorga al sujeto la posibilidad de recuperar su dignidad subjetiva a través de la palabra, y al permitirle la expresión verbal de sus angustias, conflictos y motivaciones inconscientes, le posibilita superar sus síntomas e inscribirse creativamente en el orden socio-cultural".
Novelli lo contrapone a las "terapias alternativas". Dice: "En ellas no se analiza la 'transferencia', la relación con el analista a partir de la cual el paciente revive lo que vivió en su infancia. Y este es el botón de muestra de cómo se comporta el paciente en la vida real".
El hombre de todos los sueños
Un día se sentó a escribir la primera línea de su gran obra. Decía: "Me propongo demostrar que los sueños son pasibles de ser interpretados." Colocó un punto y después se dedicó a sostener con un monumental trabajo científico esa afirmación frágil y demoledora.
Sigmund Freud había parido al psicoanálisis. Fue un hombre lúcido y desdichado, al que arrasó un cáncer de garganta por el que padeció como un gladiador treinta y seis operaciones. Pero su fortaleza estaba en su lucidez intelectual. Nació en Friburgo, una ciudad del entonces imperio austro—húngaro, el 6 de mayo de 1856, cuando la Constitución argentina apenas tenía tres años, y se instaló con su familia en Viena en 1859.
Empezó su carrera como médico neurólogo fascinado por la hipnosis, una técnica que luego alternaría con la de la libre asociación y el análisis de los sueños. Dijo que la investigación del inconsciente puede ser llevada a cabo sólo por la superación de las "resistencias" que se oponen siempre a ese objetivo. Una vez superadas, "el sujeto adquiere cierta visión de aspectos de su personalidad para los cuales antes era ciego".
Sus aportes al conocimiento de la personalidad y de sus conflictos tienen el sello de los grandes hallazgos históricos de la ciencia y del pensamiento. En 1886 se casó con Martha Bernays y se especializó en el tratamiento de la histeria y la neurosis con técnicas de hipnosis. Una de sus pacientes, Bertha Pappenheim, pasó a la historia como Anna O. y su caso es considerado como decisivo en en el desarrollo de la teoría freudiana, algunas de cuyas conclusiones aseguraban:
- La mente consciente es la punta del iceberg de la vida psíquica. La mayoría es inconsciente. El centro del inconsciente está formado por deseos sexuales.
- La base del inconsciente se forma durante la niñez.
- Los deseos del inconsciente aparecen en sueños, síntomas neuróticos y errores verbales.
El régimen nazi lo persiguió por su condición de judío y de pensador; lo confinó en Viena, quemó sus libros y lo empujó al exilio en Londres. Murió el 23 de setiembre de 1939, veinte días después de iniciada la Segunda Guerra Mundial.
Alberto Amato