El recuerdo de las obreras textiles quemadas durante una huelga en pro de sus derechos no parece un buen motivo de festejo. Y es que el Día Internacional de la Mujer no fue instituído para realizar fiestas y regalar flores, sino para recordar el largo camino que le falta recorrer a la humanidad hasta alcanzar la igualdad de derechos (que se compadece perfectamente con las diferencias -obvias- entre hombres y mujeres).
Más de la mitad de la población mundial está constituida por mujeres. En muchos países todavía se les prohibe estudiar, trabajar, salir a la calle solas. En otros tienen dificultades para tomar decisiones sobre su propio cuerpo y para elegir con quién casarse.
Es cierto que las mujeres que viven en Occidente han conseguido avanzar muchísimo durante el último siglo. El derecho al voto, la posibilidad de estudiar y elegir -cada vez más- la opción profesional deseada; la libertad para relacionarse con quien deseen y el acceso a puestos de trabajo bien remunerados son posibilidades comunes que no hubieran tenido sus abuelas.
Sin embargo, queda mucho por hacer. Entre las millones de personas que viven bajo la línea de pobreza, la mayoría son mujeres. Son mujeres, también, las que siguen sufriendo por abortos ilegales y por violencia doméstica. Y también son mayoría de mujeres quienes -durante los últimos años- han contraído la infección por HIV.
Es por todo esto que el Día de la Mujer es un intento de hacer reflexionar tanto a hombres como a mujeres acerca de la importancia de sumarse a los cambios que favorezcan la integración de una sociedad más justa y mejor para todos sus habitantes.
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