Si lo que vamos a contar fuera una película de Marvel, estaríamos enfrentado a una “supervillana”: habilidosa, dañina, muy difícil de combatir… Pero no estamos mirando una pantalla, y “ella” nos pone a todos en riesgo potencial porque su ámbito favorito suelen ser los hospitales. Se llama Pseudomonas aeruginosa; es una bacteria, y no una cualquiera: se la considera uno de los patógenos más preocupantes en todo el mundo porque es capaz de adaptarse y de desarrollar resistencia a la mayoría de los antibióticos disponibles, lo que la hace altamente letal. De hecho, en 2024 la OMS la colocó (con su nombre completo -Pseudomonas aeruginosa resistente a carbapenémicos (PRAC)- entre los “patógenos de alta prioridad”.
La capacidad de hacer daño de nuestra “villana” se basa en una toxina llamada piocianina (PYO), que ataca y mata células del sistema inmune y trastoca la respuesta inflamatoria del organismo. Para intentar hacer frente a su habilidad para volver inútiles los “arsenales” clásicos (los antibióticos, vamos), científicos catalanes del Instituto de Química Avanzada de Cataluña (IQAC), del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), trabajan en una vía terapéutica alternativa: están haciendo pruebas con un anticuerpo monoclonal, “diseñado para unirse específicamente a la piocianina e impedir su acción”, según lo anuncia en una nota de prensa el IQAC. Cabe aclarar que por ahora han logrado avances in vitro, utilizando macrófagos (glóbulos blancos especializados en la fagocitosis, es decir, en ingesta de desechos y patógenos) de ratón.
El trabajo, publicado en la revista ACS Pharmacology and Translational Science, explica en la introducción por qué la “villana” es dura de pelar: tiene habilidades defensivas propias (como una membrana poco permeable y bombas que expulsan los antibióticos fuera de la célula), pero además desarrolla una “estrategia adaptativa”: “se basa principalmente en formar una densa comunidad bacteriana adherida a una superficie sólida que se denomina biopelícula, que actúa como escudo y protege a la bacteria de los antibióticos y del sistema inmune del huésped. Y de ese modo le permite inducir infecciones crónicas. “Todos estos cambios fenotípicos inducen RAM (sigla para Resistencia a los Antimicrobianos) y aumentala generación de células persistentes. Sin embargo, a pesar del aumento de cepas multirresistentes y de la ineficacia de los antimicrobianos actuales, la mayoría de las estrategias terapéuticas utilizadas para tratar cualquier caso sospechoso de P. aeruginosa todavía se basan en la administración de este tipo de fármacos”, destaca el paper. Y resalta: “Entre las nuevas estrategias emergentes, está cobrando importancia el uso de anticuerpos monoclonales terapéuticos (mAbs) dada su alta afinidad por el objetivo, disminuyendo posibles efectos adversos”.
“A diferencia de los antibióticos convencionales, esta estrategia no pretende eliminar directamente el microorganismo, sino neutralizar uno de sus principales mecanismos de virulencia. Con este tipo de terapias antivirulencia se consigue reducir la presión selectiva que favorece la aparición de resistencias”, especificó, en la nota la del IQAAC, la líder del equipo, María Pilar Marco, directora del grupo de Nanobiotecnología para el Diagnóstico de ese instituto.
Qué lograron |
El “héroe” de nuestra historia, es, entonces un anticuerpo monoclonal con un nombre que –si esto fuera la “peli”- sería digno de un “extraterrestre”: mAb122. Y su función no es matar la bacteria, sino dejarla casi sin herramientas de ataque. Pero no estamos en el cine, y el paper lo explica así: “La inhibición de la PYO puede reducir la patogénesis de P. aeruginosa y disminuir parcialmente la desregulación inmunitaria del huésped al afectar la producción de citocinas.” Lo que hicieron fue exponer –como contamos al principio- macrófagos de ratón a distintas concentraciones de PYO; luego midieron su efecto tóxico sobre las células y, a continuación, agregaron mAb122 para ver si podía contrarrestarlo. Los resultados fueron claros: “la adición de mAb122 aumentó significativamente el porcentaje de células viables”, señala el texto, en comparación con las que se habían enfrentado solas a la toxina; en algunos modelos celulares, la supervivencia aumentó entre 4 y 11 veces.
Por otro lado, analizaron el efecto de PYO en la respuesta inmnue midiendo diferentes tipos de citoquinas –que califican de “relevantes”. “Los resultados mostraron que el tratamiento con mAb122, en lugar de revertir el deterioro de PYO en la producción de citocinas, mantuvo los niveles o provocó un aumento, dependiendo de la citocina específica examinada”, informa el paper, y agrega: “… el aumento significativo en la viabilidad celular y el efecto no tóxico de mAb122 in vitro posicionan al mAb PYO como un candidato prometedor para pruebas in vivo como posible agente terapéutico. Sin embargo, sus efectos sobre el sistema inmunitario del huésped deben estudiarse cuidadosamente y minimizarse”.
Y la nota de prensa del IQAC lo resalta: “El siguiente paso será evaluar su efecto protector en modelos animales y determinar si se pueden evitar respuestas inflamatorias no deseadas”.
Casi al principio de esta nota hemos citado un comunicado de la OMS que había hincapié en la peligrosidad de nuestra “villana”. En esa misma nota, destacaba: “la inversión en I+D y otras estrategias de prevención y control de la PRAC sigue siendo importante, dada su importante carga en algunas regiones.” Así las cosas, bienvenido el avance catalán, ¿no les parece?